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miércoles, julio 18, 2012

Juan Bimba con gorra de reguetonero


La llamada viveza criolla es la versión local de un arquetipo presente en todas las culturas y que aquí expresa la triple polaridad entre una ley absurdamente rígida (velocidad máxima: 60 km/h), un poderoso ilimitadamente autoritario y un individuo que sólo cuenta con su ingenio para sobrevivir ante esas fuerzas.
La vida en este país está severamente intervenida por unos cuantos mitos que, a lo largo de una pila de generaciones, hemos tenido velándonos el raciocinio. 
Somos presas de una suerte de pensamiento que ayudan a entender por qué este país es esencialmente la misma guarandinga desde la Colonia. Son el mito de El Dorado, que nos dice que el país ya es rico y que la riqueza no necesita ser producida sino bien distribuida por un jefe compasivo y justo; el mito del indígena vengativo que alimenta el arquetipo del alzao; el de la bruja benévola que vela por nosotros; el que somos irreductiblemente bonchones; y el mito de Juan Bimba: aquel campesino analfabeta que emigró a la ciudad y fue salvado de la inanición por un partido que le dijo cómo pensar, cómo sentir, cómo vestirse, cómo comportarse. Un personaje que asociamos a los costumbristas y al AD de hace medio siglo, pero que sigue existiendo el imaginario del poder, aunque hoy use una gorra de reguetonero en lugar de un sombrero de paja.
O sea, las ideas fijas a las que nos hemos aferrado para hacernos un resumen rápido y funcional de quiénes somos, y que nos han alejado de una reflexión profunda sobre lo que deberíamos ser, así como de una vida independiente como individuos libres. Se ha forjado y difundido esas concepciones de nuestra identidad, cómo se manifiestan en la conducta de muchísimas personas, tanto anónimas como famosas, y cómo inciden en la economía, las relaciones interpersonales, el mundo del trabajo, el estado en el que Venezuela llegó al siglo XXI sin tomar de éste no mucho más que los smartphones, las redes sociales y la noticia de que a Gaddafi lo sacaron a patadas de una cloaca.
Creo que la mejor lección que da este libro es un cuento de los hermanos Grimm, en el que una muchacha con fama de inteligente se vuelve loca por pensar si es quien cree ser, en lugar de hacer el trabajo que le encomendaron. Es lo que concluye: en lugar de estar pegados década tras década en preguntarnos quiénes somos y en vincularnos de acuerdo con una u otra respuesta a esa pregunta, debemos relacionarnos en torno a lo que hacemos, lo que logramos, los problemas reales, tangibles. que nos dediquemos, de verdad, a resolver.

jueves, febrero 24, 2011

Desprecio al conocimiento


Acabo de culminar una parte importante de mi vida. Me gradúe de Odontólogo y fue una semana muy especial, disfrutando un sinfines de celebraciones que tomaban diferentes formas (almuerzos, cenas, misas y fiestas), tuve un acto de grado majestuoso y el rector pronunció un discurso que me hizo llorar. Luego, entre abrazos y felicitaciones, lo primero que la gente (familia, amigos, conocidos) me preguntaba es ¿y qué piensas hacer? Lo único que les podía decir y que sé que podía contestar es que quisiera irme del país. Lejos de Chávez, lejos de la inseguridad que se respira.

Viajar siempre me ha gustado, y me faltan muchos países por conocer, pero entre lo que conozco y lo que he leído, definitivamente mi próximo destino, es un lugar que ya conozco pero que podría vivir muy feliz, y ese país sería EEUU. Es un país mágico, y claro que tiene sus miles de defectos, pero es un país que aprecia el valor de estudiar, que constantemente te motiva para aprender cosas, que tiene las mejores universidad del mundo con un tipo de enseñanza eficiente y que es, a pesar de su economía no tan estable últimamente, un país que te ofrece certitud. Certitud en que trabajando honestamente, constantemente y sin despistarse serás exitosa. Más de lo que puedes decir de Venezuela.

Hay países (son unos cuantos, pero no muchos) que tienen el respeto al conocimiento como una norma. También tienen gente que reniega de los científicos y de los intelectuales, por supuesto, a todo nivel: Silvio Berlusconi en la cultísima Italia, por ejemplo, o el reaccionario movimiento Tea Party en esa inmensa fábrica de investigación en innovación que es Estados Unidos. En todos lados hay personas poco educadas que desconfían de quien tiene títulos universitarios y los usa. O de quien no los tiene, pero sabe su oficio, mantiene viva su curiosidad, se afana para resolver problemas. Estos países, algunos de ellos con mucha historia y otros con tanta como puede tener el nuestro, producen ciencia y cultura y las exportan, defienden una idea de progreso. Cuidan sus universidades y sus laboratorios, protegen la propiedad intelectual. Cuando sufren una crisis política o económica, o una catástrofe natural, tienen más posibilidades de defenderse, como lo hizo Chile con el terremoto del año pasado, o como lo hace Japón con el tsunami/terremoto/crisis nuclear desde el pasado viernes.

Y hay países (que sí son muchos más, me temo) donde una historia de exclusión, pobreza y precaria construcción de instituciones ha mantenido a anchos sectores de la población ajenos a los incuestionables beneficios de la buena educación (digo buena, porque no basta con alimentar las estadísticas oficiales: hay que proveer a esos millones de estudiantes una educación que verdaderamente les sirva para vivir mejor). Y en estos últimos, sobre todo cuando no hay una relación directa entre el nivel educativo y el éxito económico como es el caso de Venezuela, pasa que abunda la gente que no sólo no se preocupa por aprender y por pensar, sino que se enorgullece de no hacerlo. Que manifiesta una verdadera aversión a meterse información en la cabeza. Y también, repulsión hacia quienes sí quieren hacerlo. Repulsión que se manifiesta en la escuela, en la casa, en la calle, en los medios, en la industria, en el comercio, en el gobierno.

Se apoyan en la mayoría. Se apoyan en que, aquí, la ignorancia es aparentemente el paradigma, aunque suelan predicar lo contrario. Dicen que los que piensan son amargados, o amanerados, o inútiles, o cobardes. Aquí, la inteligencia ha sido insultada, siempre, por la izquierda y la derecha, por los gobiernos y por las oposiciones, por los civiles y por los militares, por los pobres y por los ricos. El antiintelectualismo, núcleo de los regímenes totalitarios, alimento de las dictaduras, ha estado aquí siempre. Claro, hoy vive una época dorada. Pero el uso que de esa fobia al conocimiento hacen en el presente el mercado y la política, ha existido aquí desde la Independencia.

Es algo que ha validado nuestra condición de país petrolero - y eso que sacar petróleo y venderlo bien requiere mucho conocimiento - porque el país ha vivido de eso, mal que bien, sin sentir mayor necesidad de ser competitivo ni verdaderamente productivo. Nos encanta decir que la educación es lo primero, pero luego, siempre nos oponemos a que construyan una escuela en la calle de enfrente.

La situación atraviesa los siglos y los gobiernos. Y mientras tanto, asfixian a las universidades y a instituciones como el IVIC. Y la gente que sí está preparada para manejar el país, o para levantar nuestra economía, o para mejorar nuestra calidad de vida, se harta y se va.

miércoles, agosto 01, 2007

Tranquilita en Barcelona

Llegamos el lunes a las 2 pm por tren a la capital de la Comunidad de Cataluña, situada a orillas del mar Mediterráneo, al sur de los Pirineos y de la frontera con Francia.

Mis amigas y yo nos separamos durante toda la visita en Barcelona. Ellas se quedaron en el apartamento del amigo de Marco (primo de Maigua), y yo me quede, en casa de una de las hermanas de Edu con su hermano Andres y su novia Elisa. Solo ví a mis amigas en la noche, cuando ellas finalizaban de hacer sus cosas turísticas. Las fotos lo cuentan todo.

Entre tanto, estuve disfrutando de comidas, de paseos con Camarón y sin el, de juegos de mesa y de musiquita con Andresete y Elisa. Y por los calores que pegaban en Barcelona tuvimos que pasar una tarde riquísima de piscina invitados por Ana (la hermana mayor de Edu), su marido y su precioso Luc.