lunes, marzo 30, 2015

La teoría de la ventana rota

En los años 80, había unos 2.000 homicidios por año en la ciudad de Nueva York y su sistema de transporte subterráneo, el subway, estaba sumido en el caos, con incendios casi a diario, descarrilamientos frecuentes, retrasos permanentes, un intenso vandalismo y un montón de gente saltándose los torniquetes para usar el Metro sin pagar. 

El sistema estaba sucio, brindaba un servicio de pésima calidad y era más un escenario para la indigencia y el delito (y un tema para el abundante cine de denuncia de los 70 y 80) que una solución para la ciudad. Cada uno de los 6.000 vagones que tenía el subway en 1984 estaba cubierto de graffitti. 

Había una epidemia de crimen en Nueva York y el subway era reflejo del estado en que el que estaba la metrópolis. Hasta que en 1990 la criminalidad subió a los mayores niveles en décadas y justo después comenzó a decaer rápidamente. Para finales de la última década del siglo XX, los asesinatos en “la capital del mundo” habían descendido en 75% y en la misma proporción lo hicieron los delitos en el subway. ¿Cómo lo lograron? 

Pues con medidas caracterizadas por la inteligencia, la baja violencia policial y la transformación del entorno urbano, algo que comenzó bajo tierra y luego se extendió por la superficie, y que popularizó la llamada teoría de la ventana rota. 

Dos criminólogos, James Q. Wilson y George Kelling, llegaron a la conclusión de que el abandono del paisaje citadino, el ambiente de anarquía y deterioro físico que produce el mal gobierno de una ciudad, inducen a que más gente cometa crímenes: si en una calle una ventana se rompe y nadie la repara, muchos de los que pasen por ahí asumirán que nadie está a cargo, que nadie es responsable de que las cosas estén en orden, y que un hurto o algo peor pueden entonces cometerse sin que haya una sanción. 

Esa primera ventana rota puede causar una epidemia: más ventanas rotas, más vehículos inservibles varados en las aceras, más ascensores que no funcionan, más parcelas en las que se refugian los indigentes o se consumen drogas. Por tanto, más criminalidad y una drástica reducción de la calidad de vida de quienes viven, trabajan, estudian o circulan por la zona. La desidia llama al vandalismo y éste al delito, primero al de menor gravedad, luego al más pernicioso. 

Un nuevo jefe del subway nombrado en 1984, David Gunn, recibió el mandato de llevar a la realidad la teoría de la ventana rota, y lo hizo en principio con una guerra al graffitti vandálico. Durante seis años organizó un método para limpiar y repintar cada vagón, sin descanso, con el objetivo no sólo de tener los trenes impecables, sino de desalentar a los tenaces y rápidos muchachos de los aerosoles. Y en 1990 la autoridad del tránsito contrató a William Bratton, otro creyente en la teoría de la ventana rota, para que dirigiera la policía del subway. Así como Gunn atacó primero al graffitti, Bratton lo hizo primero con el hábito de entrar al sistema sin pagar. Puso policías de civil en las estaciones donde más gente saltaba los torniquetes y adaptó un autobús como comisaría ambulante. Los agentes empezaron a arrestar a cientos de personas que pretendían usar el metro gratis, y entre ellos había muchos con armas, drogas, antecedentes penales. Hizo saber que no habría más impunidad para saltarse el torniquete y así empezó a transmitir orden y a reducir, dramáticamente, el delito en el subterráneo. El torniquete gratis era la ventana rota. 

Bratton fue nombrado jefe de policía de la ciudad en 1994, por el nuevo alcalde, el polémico Rudolph Giuliani, y extendió a la metrópoli la filosofía que aplicó en el subway. La policía fue liberada de las medidas que le impedían castigar a quienes orinaban en la vía, circulaban entre los automovilistas pidiendo dinero o rompían mobiliario urbano. Atacar al delito menor, el que daña la ciudad cotidianamente y el que practican más personas, invirtió la espiral de deterioro. La lección de esta historia es clara. Un entorno urbano bien gestionado, cuidado por su gobierno y por sus usuarios, inhibe la inseguridad. Una ventana rota que no se repara deja entrar el viento de las malas noticias.

sábado, marzo 28, 2015

Percebes o lechugas o taburetes

El titular no podía ser más triste para quienes pasamos ratos magníficos en esos establecimientos: “Cada día cierran dos librerías en España”. El reportaje de Winston Manrique incrementaba la desolación: en 2014 se abrieron 226, pero se cerraron 912, sobre todo de pequeño y mediano tamaño. Las ventas han descendido un 18% en tres años, pasándose de una facturación global de 870 millones a una de 707. La primera reacción, optimista por necesidad, es pensar que bueno, que quizá la gente compra los libros en las grandes superficies, o en formato electrónico, aunque aquí ya sabemos que los españoles son adictos a la piratería, es decir, al robo. Nadie que piratee contenidos culturales debería tener derecho a indignarse ni escandalizarse por el latrocinio a gran escala de políticos y empresarios. “¡Chorizos de mierda!”, exclaman muchos individuos al leer o ver las noticias, mientras con un dedo hacen clic para choricear su serie favorita, o una película, o una canción, o una novela. “Quiero leerla sin pagar un céntimo”, se dicen. O a veces ni eso: “Quiero tenerla, aunque no vaya a leerla; quiero tenerla sin soltar una perra: la cultura debería ser gratis”.

Pero el reportaje recordaba otro dato: el 55% no lee nunca o sólo a veces. Y un buen porcentaje de esa gente no buscaba pretextos (“Me falta tiempo”), sino que admitía con desparpajo: “No me gusta o no me interesa”. Alguien a quien no le gusta o no le interesa leer es alguien, por fuerza, a quien le trae sin cuidado saber por qué está en el mundo y por qué diablos hay mundo; por qué hay algo en vez de nada, que sería lo más lógico y sencillo; qué ha pasado en la tierra antes de que él llegara y qué puede pasar tras su desaparición; cómo es que él ha nacido mientras tantos otros no lo hicieron o se malograron antes de poder leer nada; por qué, si vive, ha de morir algún día; qué han creído los hombres que puede haber tras la muerte, si es que hay algo; cómo se formó el universo y por qué la raza humana ha perdurado pese a las guerras, hambrunas y plagas; por qué pensamos, por qué sentimos y somos capaces de analizar y describir esos sentimientos, en vez de limitarnos a experimentarlos.

El que no lee acepta estar en el mundo que le ha tocado en suerte como un animal.

A ese individuo no le provoca la menor curiosidad que exista el lenguaje y haya alcanzado una precisión y una sutileza tan extraordinarias como para poder nombrarlo todo, desde la pieza más minúscula de un instrumento hasta el más volátil estado de ánimo; tampoco que haya innumerables lenguas en lugar de una sola, común a todos, como sería también lo más lógico y sencillo; no le importa en absoluto la historia, es decir, por qué las cosas y los países son como son y no de otro modo; ni la ciencia, ni los descubrimientos, ni las exploraciones y la infinita variedad del planeta; no le interesa la geografía, ni siquiera saber dónde está cada continente; si es creyente, le trae al fresco enterarse de por qué cree en el dios en que cree, o por qué obedece determinadas leyes y mandamientos, y no otros distintos. Es un primitivo en todos los sentidos de la palabra: acepta estar en el mundo que le ha tocado en suerte como un animal –tipo gallina–, y pasar por la tierra como un leño, sin intentar comprender nada de nada. Come, juega y folla si puede, más o menos es todo.

Tal vez haya hoy muchas personas que crean que cualquier cosa la averiguarán en Internet, que ahí están los datos. Pero “ahí” están equivocados a menudo, y además sólo suele haber eso, datos someros y superficiales. Es en los libros donde los misterios se cuentan, se muestran, se explican en la medida de lo posible, donde uno los ve desarrollarse e iluminarse, se trate de un hallazgo científico, del curso de una batalla o de las especulaciones de las mentes más sabias. Es en ellos donde uno encuentra la prosa y el verso más elevados y perfeccionados, son ellos los que ayudan a comprender, o a vislumbrar lo incomprensible. Son los que permiten vivir lo que está sepultado por siglos, como La caída de Constantinopla 1453 del historiador Steven Runciman, que nos hace seguir con apasionamiento y zozobra unos hechos cuyo final ya conocemos y que además no nos conciernen. Y son los que nos dan a conocer no sólo lo que ha sucedido, sino también lo que no, que con frecuencia se nos aparece como más vívido y verdadero que lo acaecido. Al que no le gusta o interesa leer jamás le llegará la emoción de enfrascarse en El Conde de Montecristo o en Historia de dos ciudades, por mencionar dos obras que no serán las mejores, pero se cuentan entre las más absorbentes desde hace más de siglo y medio. Tampoco sabrá qué pensaron y dijeron Montaigne y Shakespeare, Platón y Proust, Eliot, Rilke y tantos otros. No sentirá ninguna curiosidad por tantos acontecimientos que la provocan en cuanto uno se entera de ellos, como los relatados por Simon Leys en Los náufragos del “Batavia”, allá en el lejanísimo 1629. De hecho ignora que casi todo resulta interesante y aun hipnotizante, cuando se sumerge uno en las páginas afortunadas. Es sorprendente –y también muy deprimente– que un 55% de nuestros compatriotas estén dispuestos a pasar por la vida como si fueran percebes; o quizá ni eso: una lechuga; o ni siquiera: un taburete.

viernes, marzo 20, 2015

Contra la superación

Los medios de comunicación mundiales se dedican a alentar que la gente se ponga gratuitamente en peligro


Nos sirvieron las imágenes hasta en la sopa, una y otra vez, en todos los canales de televisión, y, con su habitual manía retrospectiva, las acompañaron de otras escenas similares del pasado, de archivo. Todo ello con grandes elogios hacia los pobres desgraciados que las protagonizaban. Una cosa es que haya individuos tercos y masoquistas, que atentan indefectiblemente contra su salud (son muy libres), que buscan procurarse un infarto o una ataxia, jaleados además por una multitud sádica que goza con su sufrimiento, que gusta de ver reventar a un semejante sobre una pista, en un estadio. Otra cosa es que todos los locutores y periodistas habidos y por haber ensalcen la “gesta” y fomenten que los espectadores se sometan a destrozos semejantes; que los inciten a imitar a los desdichados (tirando a descerebrados) y a echar en público los higadillos, eso en el más benigno de los casos. 

Lo que provocaba la admiración de estos comentaristas daba verdaderas lástima y angustia, resultaba patético a más no poder. Una atleta groggy, que no podía con su alma ni con sus piernas ni con sus pulmones, se arrastraba desorientada, a cuatro patas y con lentitud de tortuga, para recorrer los últimos metros de una maratón o “media maratón” y alcanzar la meta por su propio pie (es un decir). Se la veía extenuada, deshecha, enajenada, con la mirada turbia e ida, los músculos sin respuesta alguna, parecía una paralítica que se hubiera caído de su silla de ruedas. Y, claro, no sólo nadie le aconsejaba lo lógico (“Déjalo ya, muchacha, que te va a dar algo serio, que estás fatal; túmbate, toma un poco de agua y al hospital”), sino que sus compañeras, los jueces, la masa –y a posteriori los locutores– miraban cómo manoteaba y gateaba penosamente y la animaban a prolongar su agonía, con gritos de “¡Vamos, machácate, tú puedes! ¡Déjate la vida ahí si hace falta, continúa reptando y temblando hasta el síncope, supérate!” Y ya digo, a continuación rescataban “proezas” equivalentes: corredores mareados, que no sabían ni dónde estaban, vomitando o con espumarajos, las rodillas castañeteándoles, el cuerpo entero hecho papilla, víctimas de insolación, sin sentido del equilibrio ni entendimiento ni control de su musculatura, desmadejados y lastimosos, todos haciendo un esfuerzo inhumano ¿para qué? Para avanzar un poco más y luego poder decir y decirse: “Llegué al final, crucé la meta, pude terminar la carrera”. 

Y no, ni siquiera eso es verdad. Alguien que va a rastras no ha terminado una carrera, es obvio que no ha podido llegar, que no aguanta los kilómetros de que se trate en cada ocasión. Su “hazaña” es sólo producto del empecinamiento y la testarudez, como si completar la distancia a cuatro patas o dando tumbos tuviera algo de admirable o heroico. Y no, es sólo lastimoso y consecuencia de la estupidez que aqueja a estos tiempos. Como tantas otras necedades, la mística de la “superación” me temo que nos viene de los Estados Unidos, y ha incitado a demostrarse, cada uno a sí mismo –y si es posible, a los demás–, que se es capaz de majaderías sin cuento: que con noventa años se puede uno descolgar por un barranco aunque con ello se rompa unos cuantos huesos; que se puede batir el récord más peregrino, qué sé yo, de comerse ochocientas hamburguesas seguidas, o de permanecer seis minutos sin respirar (y palmar casi seguro), o de esquiar sin freno en zona de aludes, o de levantar monstruosos pesos que descuajeringarían a un campeón de halterofilia. Yo entiendo que alguien intente esos disparates en caso de extrema necesidad. Si uno es perseguido por asesinos y está a pocos metros de una frontera salvadora, me parece normal que, al límite de sus fuerzas, se arrastre para alcanzar una alambrada; o se sumerja en el agua seis minutos –o los que resista– para despistar a sus captores, ese tipo de situaciones que en el cine hemos visto mil veces. Pero ¿así porque sí? ¿Para “superarse”? ¿Para demostrarse algo a uno mismo? Francamente, no le veo el sentido, aún menos la utilidad. Ni siquiera la satisfacción. 

Lo peor es que, mientras los médicos ordenan nuestra salud, los medios de comunicación mundiales se dediquen a alentar que la gente se ponga gratuitamente en peligro, se fuerce a hacer barbaridades, se someta a torturas innecesarias y desmedidas, sea deportista profesional o no. Y la gente se presta a toda suerte de riesgos con docilidad. “Vale, con noventa y cinco años ha atravesado a nado el Amazonas en su desembocadura y ha quedado hecho una piltrafa, está listo para estirar la pata. ¿Y? ¿Es usted mejor por eso? ¿Más machote o más hembrota?” Es más bien eso lo que habría que decirle a la muy mimética población. O bien: “De acuerdo, ha entrado en el Libro Guinness de los Récords por haberse bebido cien litros de cerveza en menos tiempo que nadie. ¿Y? ¿No se percató de que lo pasó fatal –si es que salió vivo de la prueba– y de que es una enorme gilipollez?” O bien: “Bueno, alcanzó usted la meta, pero como un reptil y con la primera papilla esparcida en la pista. ¿No le parece que sería mejor que no lo hubiéramos visto?”.

lunes, septiembre 23, 2013

Mis dias en Brooklyn


Marcado por nostalgia y por amor, Pedro decide visitarme en Nueva York, y con la sorpresa de que se quedaria hasta el 8 de diciembre. Que viva el amor!

domingo, marzo 10, 2013

Diez lecciones de principios de marzo de 2013, por Rafael Osío Cabrices

Mientras esperamos certezas y seguimos recibiendo, en cambio, más misterios; mientras nos hacemos y nos volvemos a hacer dolorosas preguntas sobre el pasado, el presente y el futuro, van estos diez apuntes escritos con más angustia que certidumbre, con la esperanza de que sirvan de algo. Todos discutibles, todos provenientes de una perspectiva estrictamente personal. No llevan orden de importancia ni pretenden ser más que, con suerte, catalizadores de más discusión.
1
40 años de gobiernos de AD y Copei dejaron a demasiada gente fuera del ideario de la modernidad republicana. Y no me refiero solo a la muchedumbre chavista que recoge en sus celulares del siglo XXI un ceremonial luctuoso que parece del siglo XIX pero que tiene muchos ejemplos en el XX. Si AD y Copei no hubieran dejado a medias –por decir lo menos- el trabajo de convertir Juan Bimbas en ciudadanos demócratas, no estuviéramos presenciando el espectáculo de una multitud de gente llorando a un militar como si hubiera sido un rey. Sé que 40 años es poco tiempo para una tarea de esa envergadura, pero creo que no podemos atribuir solo a 14 años de chavismo la intensidad y magnitud del fervor de esos millones de dolientes.
2
Habrán despreciado hace años al difunto Ceresole, pero el funeral de Chávez se rigió por su ecuación caudillo-ejército-pueblo. Del Hospital Militar a las calles del oeste de Caracas y de ahí al Paseo de la Nacionalidad. No hay en la ciudad una instalación mayor para albergar un evento solemne de esas características, pero eso tampoco es casualidad: la privilegiada infraestructura que el Estado les construyó a los militares nos recuerda cada día cuán vivo estuvo siempre el militarismo. El hombre que trajo a los uniformados de regreso al poder fue velado en su templo mayor, rodeado de una iconografía que en unos cuantos casos es indudablemente fascista (las estatuas de próceres entre los monolitos son de dos escultores que trabajaron para Mussolini), y en esos minutos que pasaron antes del inicio de la capilla ardiente, la imagen de la bandera en la transmisión televisiva se fundía con fotos de Chávez y tomas de soldados desfilando, o de botas sobre los pasillos de la academia. Venezuela = Chávez = Ejército.
3
La prolongación del funeral de Chávez maneja el dolor y, por el momento al menos, calma las cosas. Al país no le conviene el régimen chavista, culpable –aunque aún no juzgado, y tampoco culpable único- del deterioro económico e institucional en los últimos 14 años de lo que pudo haber sido una república funcional y mucho más próspera, aunque muy lejos de la fantasía nostálgica que cierta oposición cultiva todavía. Pero tampoco le conviene un cambio brusco, saludado por una oleada de saqueos.
4
Si bien el régimen de los herederos ha prevenido desórdenes, al menos hasta la tarde del 9 de marzo, también ha desplegado el discurso que los justificaría si estallan en contra de personas y espacios considerados opositores. Con esa reunión del “directorio político-militar” que sirvió como amenazante antesala al anuncio del deceso, el régimen de los herederos entregó a su gente la interpretación de la causa de la caída de su caudillo, para que la utilizara cuando llegara la noticia: a Chávez lo mataron sus enemigos, o sea, el abstracto imperio y la más tangible oposición. No es una bomba de tiempo, pero sí una mina antipersonal, que puede explotar si la oposición la pisa en el camino hacia el poder.
5
No veo ningún indicio para esperar algo positivo del régimen de los herederos. Al contrario: creo que será más agresivo que el de Chávez. Sin el carisma del caudillo, tendrán más cerca la tentación represiva; si en efecto los recursos del Estado chavista han menguado, pues con más razón. No encuentro elementos, ante el actual orden de cosas, para esperar de ellos un gobierno más moderado. En lo que sí puede distinguirse es en su ambición ideológica: sospecho que será un gobierno más concentrado en una agenda populista y autoritaria de preservación del status quo interno, que en la propagación de la revolución mundial o en la construcción del “Estado comunal”. Mantendrán su retórica, pero se ocuparán, sobre todo, de defender lo que tienen en vez de buscar lo que todavía no han conseguido.
6
Ni veo ningún indicio para avizorar algún cisma próximo entre Cabello y Maduro; hasta ahora, la presunta intención de Cabello de hacer tienda aparte ha sido una especulación. Ojalá me equivoque, pero leo cada profecía de una escisión a instancias de Cabello como un gesto dewishful thinking del lado opositor, sin suficiente asidero en la realidad comprobable. Veo a Maduro y a Cabello cómodos trabajando juntos. ¿Por qué se emprendió todo este enredo con la Constitución y no terminó Cabello asumiendo la presidencia interina, con Maduro tranquilo en su rol de candidato? Presumo que para que Maduro hiciera su campaña del mismo modo en que las hizo todas Chávez: desde la Presidencia, entregando casas, créditos, misiones. Cabello luce cómodo, entre tanto, en su rol de bully mayor.
7
También tengo claro que el alto chavismo está desesperado por transmitir cohesión. No diría que porque tiene miedo, sino porque hoy, como siempre, trabaja duro por el mantenimiento del poder. De ahí los continuos saludos a los militares y el mostrarse con ellos en todo momento, llevándolos incluso a la Asamblea Nacional a presenciar la juramentación de Maduro. El alto chavismo civil y el alto chavismo militar nos dicen todo el tiempo, tanto a su gente como a los demás, que están unidos, y que la FANB sigue siendo chavista. ¿Cuán cierto es eso? El tiempo lo dirá, pero en este momento no veo indicios para pensar que estén lejos de la verdad.
8
La masa chavista sigue insultando a quienes percibe como enemigos y parece creer, por el momento, en Maduro. Es una masa grande y poderosa: es difícil pensar en un momento en el que los pobres, en tanto electorado y base política, hayan tenido tanta influencia sobre el rumbo del país. Creo que lo saben y creo que eso es parte del agradecimiento que entre ellos existe hacia Chávez.
9
La masa antichavista, entre tanto, se mantiene en su enorme inseguridad sobre qué hacer y a quién seguir. Prosperan dentro de ella las voces que alientan el arrepentimiento en cuanto a haber dado a Capriles y los moderados como Aveledo la oportunidad de liderar la oposición; los radicales, que nunca han logrado nada, trabajan duro para recuperar su influencia. El alto chavismo lee todo esto con claridad y sigue aplicando el método que tan buenos resultados le ha dado desde 2002: hacer escandalosamente visible la inexistencia de la separación de poderes para que el electorado opositor regrese al abstencionismo.
10
El país está entrampado. Entrampado el régimen de los herederos en la retórica que construyó y en el esquema de la polarización: tendrá que ser más radical que Chávez, porque cualquier signo de moderación será visto como amenazante por una multitud que debe estar preguntándose si, muerto el caudillo, las cosas cambiarán para ella. Entrampada la oposición en la obligación de seguir luchando sin tener cómo ganar, por el momento, nada, o casi nada. Y entrampada la sociedad en un pantano de sobornos –desde las misiones hasta el dólar a 6,30- , amenazas –de persecución judicial, de ataques del malandraje, de saqueo, de expropiación y un inmenso etcétera- y fanatismos –de lado y lado- , que mantiene muy lejos el fin, o siquiera el atenuamiento, de la polarización, la conflictividad, la incertidumbre y la baja gobernabilidad. Es un juego trancado. ¿Cómo se destranca? ¿Cómo salimos de la trampa? Puede que la economía lo haga, a un costo que pagaremos todos. O que lo hagan elementos de la ecuación que no son visibles en el presente. Es obvio que el liderazgo político democrático debe proveer esas respuestas. Las personas comunes no tenemos por el momento otro camino que sobrevivir, esperar, y ver las cosas como son, no como nos gustaría que fueran.

martes, marzo 05, 2013

El final de Chávez


Era cuestión de fechas, de elegir un día en el calendario para anunciar lo que ya muchos imaginábamos. La noticia de la muerte de Hugo Chávez se ha producido en la tarde del pasado martes, pero desde hacía meses era predecible su pronto final. Los medios oficiales cubanos habían mantenido la versión de su lenta pero ascendente recuperación, para deslizar sólo en las últimas semanas los detalles de algunas complicaciones. Como un guión bien cuidado fue manejado el asunto, como un guión escrito en la Plaza de la Revolución de La Habana, por dos hermanos a los que el fallecimiento de su discípulo de Miraflores, los ha dejado en una situación muy delicada.
Sin embargo, no han podido demorar más el obituario, pues la información es tan difícil de guardar por estos días, como el agua en el cuenco formado por dos manos. Así que finalmente han encontrado un día para contarle al mundo el secreto mejor guardado de Cuba, sólo comparable en hermetismo con la propia enfermedad de Fidel Castro. Ahora vendrá el duelo, los crespones negros, los panegíricos sobre el difunto, pero también comenzarán a ventilarse las incongruencias entre los partes médicos que se publicaron y el fatal desenlace que ha tenido la situación clínica del Comandante. Las mentiras quedarán más en evidencia, las exageraciones se percibirán más burdas y la verdad le pasará factura a los líderes del chavismo dentro de Venezuela. También a los ancianos dirigentes cubanos les tocará su cuota de responsabilidad por la falta de transparencia con que manejaron la convalecencia de un presidente extranjero tratado en nuestro territorio nacional. Los ciudadanos venezolanos tienen derecho a exigir una explicación de cómo y cuándo fue realmente el deceso de su líder, habrá que ver si Raúl Castro está dispuesto a darla.

lunes, agosto 06, 2012

Los verbos falsos: un mata pasión


No quiero caribear a nadie su forma de hablar. Yo misma he sido caribeada y acepto que utilizo palabras inusuales (ej. Financiación en vez de financiamientos), pero me justifico porque al fin y a cabo he tenido una vida multicultural comenzando por mi familia y las estadías prolongadas en una cultura particular que cambió una que otra cosa inconsciente de mi forma de hablar.
Ahora, harina de otro costal, es hablar mal. Un verbo falso es como un billete falso, o como un alimento vencido, o como un objeto dañado. Es un fraude a pequeña escala, una estafa a cuenta gotas. Cuando el lenguaje se llena de verbos falsos y de falsos adjetivos, de falsos sustantivos, de falsos adverbios, se llena de trampas y de mentiras. Porque las palabras verdaderas, las que dicen lo que quieren decir, las que son transparentes, son las que mantienen una lengua viva y permiten que una cultura se comunique dentro de sí misma, y que una sociedad pueda hablar, pueda hacer fluir las ideas sin equívocos, sin malos entendidos. Es igualito que cuando decimos que cuentas claras conservan amistades: palabras claras conservan también las amistades al impedir la confusión. Reemplazar un verbo viejo, sólido, claro y transparente como abrir por un verbo falso como aperturar es como sustituir una célula sana por una contaminada: sólo puede conducir a que ese inmenso organismo común que es el lengua se enferme y empiece a fallar. Como de hecho lo está haciendo. Aquí nos acostumbramos a decir por lo menos cuando debemos decir por ejemplo y a convertir todo en un exceso, poniendo demasiado y super por todas partes.
No es un asunto de ser cascarrabias o maniática. Que el lenguaje se use correctamente tiene que ver con todos nosotros. Es mucho más que dar una buena impresión, o que ser elegante y cortés. La cosa es más compleja y más trascendente. Afecta nuestras posibilidades de entendernos con los demás, de aprender del mundo, de trabajar y estudiar de manera productiva. Reduce el chance para el conflicto, incomunicación y la soledad. Saber qué significan las palabras y cuidar esos significados, aferrarse a las palabras verdades, es preservar las ideas que transmiten. Cuando dejamos de hacerlo. aparece quien nos quiere meter gato por liebre, quien tuerce o invierte los significados para hacernos comprar algo que no nos conviene o hacerlos obedecer a alguien. Por algo existen la censura y la propaganda, porque las palabras cuenta, impactan en la realidad, cuando se usan bien y cuando se usan mal. Hay que tener mucho cuidado con las palabras porque siempre, aquí y en cualquier parte, hoy y siempre, están los que llaman necesidad a lo que no es sino un costoso capricho que no nos hace falta, y democracia a lo que es dictadura.

domingo, julio 29, 2012

Una nueva realidad

No hay sino que poner un poco de atención para darse cuenta de que muchas cosas están cambiando. Medio Silicon Valley está en Bangalore y come curry en vez de sushi. El tribunal Internacional de Justicia acaba de condenar por primera vez a un ex jefe de Estado por crímenes contra la humanidad. España es casi Grecia en materia económica y casi Brasil en materia futbolística. Italia tiene un líder decentísimo y Escandinavia está pareciéndose demasiado a un libro de Stieg Larsson. Europa vuelve a ser un continente de emigrantes mientras varios países africanos tienen hoy economías emergentes, en franco crecimiento. Las orgullosas naciones del desierto lucen hoy caóticas y a la deriva en su mar de arena. En la cerrada Birmania se cuela un resquicio de libertad y de futuro. En Estados Unidos, Obama deja de estar de moda y los nuevos ídolos que millones quieren emular son puertorriqueños. En China, mientras los millonarios compran chateux en Francia para que no les falte el gran vino, la gente está aprendiendo a protestar y a echar atrás a un gobierno que no quiere que nadie recuerde lo que pasó, en 1989, en la plaza Tiananmen.
Nuestros vecinos también ponen lo suyo en este torbellino de transformaciones. En México volvió el PRI con una estética de telenovela; en el Perú el coco no result´ser tal y la economía no deja de crecer; en Cuba, que avanza milimétricamente hacia el siglo XXI, ya se pueden vender y comprar casas; en Uruguay avanza una prosperidad que no se conocía en casi una centuria, y no precisamente gracias a sus vacas; y Brasil sigue derechito hacia el puesto que su empuje parece garantizarle, el de una de las grandes potencias de este siglo.
La tecnología se ha convertido en un catalizador para potenciar cambios que se despliegan en cuestión de meses y a lo largo del ancho mundo. Los celulares se han vuelto mucho más asombrosos (y democráticos) que las computadoras. Los clubes de vídeo son intangibles, completamente digitales. Los músicos han vuelto a vivir de sus conciertos y no de sus discos. Una monja que tocaba piano en un convento de Etiopía puede hacerse famosa en YouTube medio siglo después de poner sus dedos sobre las teclas. A un gato le hicieron un tórax, hay impresoras que producen objetos tridimensionales y desde el cielo merodean robots blancos que matan a distancia. Pero el BlackBerry ha dejado de ser cool y han regresado, como objetos ceremoniales, los discos de vinil.
El mundo parece estar por fin enterándose de que Canadá es fantástica, de que el desastre del clima tiene mucho que ver con el modo en que producimos y consumimos, de que nos estamos quedando sin pescado, de que la obesidad es un problema de salud pública y de que a la democracia hay que defenderla. En una súper máquina europea descubrieron la partícula de Dios. Tenemos una galería de close ups de Marte. Un maracucho está a cargo del MIT. Un mexicano es el hombre más rico del mundo y no es un narcotraficante. Woody Allen recordó cómo hacer buenas películas mientras lo olvidaba a su vez Francis Ford Coppola. Madonna finalmente perdió su mojo, desplazada por una mezcla de cantante pop y museo de arte contemporáneo llamada Lady Gaga. Gustavo Dudamel está llevando a la música clásica la experiencia del best seller global.
Y aquí en Venezuela, donde tanta gente dice que no pasa nada y que todo sigue igual, estamos entrando en un nuevo periodo histórico casi sin darnos cuenta.

miércoles, julio 18, 2012

Juan Bimba con gorra de reguetonero


La llamada viveza criolla es la versión local de un arquetipo presente en todas las culturas y que aquí expresa la triple polaridad entre una ley absurdamente rígida (velocidad máxima: 60 km/h), un poderoso ilimitadamente autoritario y un individuo que sólo cuenta con su ingenio para sobrevivir ante esas fuerzas.
La vida en este país está severamente intervenida por unos cuantos mitos que, a lo largo de una pila de generaciones, hemos tenido velándonos el raciocinio. 
Somos presas de una suerte de pensamiento que ayudan a entender por qué este país es esencialmente la misma guarandinga desde la Colonia. Son el mito de El Dorado, que nos dice que el país ya es rico y que la riqueza no necesita ser producida sino bien distribuida por un jefe compasivo y justo; el mito del indígena vengativo que alimenta el arquetipo del alzao; el de la bruja benévola que vela por nosotros; el que somos irreductiblemente bonchones; y el mito de Juan Bimba: aquel campesino analfabeta que emigró a la ciudad y fue salvado de la inanición por un partido que le dijo cómo pensar, cómo sentir, cómo vestirse, cómo comportarse. Un personaje que asociamos a los costumbristas y al AD de hace medio siglo, pero que sigue existiendo el imaginario del poder, aunque hoy use una gorra de reguetonero en lugar de un sombrero de paja.
O sea, las ideas fijas a las que nos hemos aferrado para hacernos un resumen rápido y funcional de quiénes somos, y que nos han alejado de una reflexión profunda sobre lo que deberíamos ser, así como de una vida independiente como individuos libres. Se ha forjado y difundido esas concepciones de nuestra identidad, cómo se manifiestan en la conducta de muchísimas personas, tanto anónimas como famosas, y cómo inciden en la economía, las relaciones interpersonales, el mundo del trabajo, el estado en el que Venezuela llegó al siglo XXI sin tomar de éste no mucho más que los smartphones, las redes sociales y la noticia de que a Gaddafi lo sacaron a patadas de una cloaca.
Creo que la mejor lección que da este libro es un cuento de los hermanos Grimm, en el que una muchacha con fama de inteligente se vuelve loca por pensar si es quien cree ser, en lugar de hacer el trabajo que le encomendaron. Es lo que concluye: en lugar de estar pegados década tras década en preguntarnos quiénes somos y en vincularnos de acuerdo con una u otra respuesta a esa pregunta, debemos relacionarnos en torno a lo que hacemos, lo que logramos, los problemas reales, tangibles. que nos dediquemos, de verdad, a resolver.

martes, julio 03, 2012

Repensar el consumo

http://www.thezigzagger.com/2012/02/17/plastic/

Los geólogos clasifican la historia del planeta en varios periodos, cada uno de los cuales ha dejado una capa característica de restos en la corteza del planeta. Los dinosaurios vivieron en la Era Mesozoica; nosotros, los Homo Sapiens, que andamos por aquí desde hace unos 200.000 años aunque apenas comenzamos a desarrollar agricultura y lenguaje hace 8.000, hemos vivido hasta ahora en la Era Cenozoica. Pero ahora hay científicos que dicen que el impacto que hemos dejado sobre este mundo es tan grande que hemos creado una nueva era geológica, por la magnitud de la capa de residuos que le hemos ido tatuando al suelo. A este nuevo periodo geológico lo llaman Antropocénico: el producido por la gente.
Estamos rodeados de objetos. Ni el más pobre de entre nosotros carece por completo de ellos. Desde el momento que nuestros antepasados formaron tribus, no hemos hecho sino pensar y trabajar para tener más y más cosas. Cosas que nos han permitido llegar hasta donde estamos, con lo malo y lo bueno que eso implica: cosas que han servido para construir Siena, para tocar "Natalia" y para facilitar el parto seguro de un bebé, pero también para arrasar una ciudad. Gracias a la capacidad de nuestra especie para diseñar y construir artefactos hemos adquirido un gran poder sobre este mundo; poder que, sin embargo, está lejos de ser absoluto y con el que sin duda se nos ha pasado la mano. Para dar un ejemplo, entre muchísimos disponibles, de esto último: en una zona del Océano Pacífico hay una mancha de basura plástica flotante que tiene más o menos el tamaño de Venezuela. 
Pero este ausnto de nuestra descontrolada afición por producir y acumular objetos también tiene una dimensión intangible. Una que algunos podrían llamar moral, otros ética; otros más, dirían que es asunto espiritual. Nuestra adicción a comprar y poseer cosas es común a todas las sociedades, pero en Venezuela la cosa es bastante grave. Dirán ustedes que ningún país consume más que Estados Unidos, y es verdad; pero nuestro problema no es Estados Unidos, somos nosotros.
No estoy en absoluto proponiendo que nos metamos a comunistas - líbreme el cielo - ni a nada parecido. De hecho, estos años de "socialismo" no han hecho sino incrementar el consumismo entre nosotros. Lo que digo es que tenemos que usar un poco más la cabeza antes de llevarnos la mano a la cartera para gastar lo que no nos sobra en algo que no necesitamos. Tenemos que pensar qué significa para nosotros el consumo. Pensar, por ejemplo, que no son los objetos los que nos definen como personas, sobre todo los que no necesitamos. 
Sé que es un tema viejo y complicado pero hoy en el 2012 esta a penas comenzando a aparecer el impacto de nuestro consumismo, e irá empeorando a medida que pasen los años. Sólo quiero invitar a pensar sobre eso aunque sea un poquito. Los objetos no son malos ni buenos por sí mismos. En unos cuantos casos, nos resultan hermosos y son expresión de sensibilidad, de trabajo, de progreso, de cosas buenas. Pero creo que podemos comprarlos mejor, escogerlos, poniendo la atención sobre la acumulación, el placer interno sobre el placer externo, la individualidad sobre la masificación.
Hay muchos entre nosotros, de distintos ingresos, cubiertos de marcas como un carro de Fórmula Uno y un gran negocio delincuencial ocupado en satisfacer un mercado de adictos.

domingo, abril 29, 2012

Apostando a un mejor país


Cuando llegue el momento de comenzar a reconstruir Venezuela, que está por cierto acercándose, momento en el que de paso tendremos que aprovechar para fajarnos porque el país empiece a ser todo lo bueno que debería ser, habrá que hacer una apuesta personal. No la harán todos, porque hay que gente que nunca entenderá, que nunca pondrá de su parte. Pero definitivamente muchos de nosotros tendremos que pasar del deseo a la propuesta y de la propuesta a la acción. Tendremos que hacer un abono cotidiano e individual porque las cosas sean mejores, aunque al principio no veamos un resultado de eso, aunque nadie nos lo agradezca y aunque una voz interior nos diga que todos los demás están comportándose como si lo colectivo no valiera la pena. 
 Es una cosa de tener fe, o mejor dicho de invertir en fe. Digo que hay que invertir en ella porque es como cuando uno quiere montar un negocio: uno no puede tener la certeza sobre si le va a ir bien o no, pero se arriesga con esos reales porque sabe que sin ellos el proyecto nunca podría arrancar. Lo mismo pasa con la vida en este país. Hay que hacer una inversión de confianza. Sobre todo, de confianza en los demás. Moderada, cautelosa, está bien, pero más confianza que la que hoy tenemos. 
Ésta es una sociedad de bajísima confianza. Hay que mejorar eso, y mucho. Casi nadie confía en los demás o confía demasiado poco. Esa desconfianza paraliza o inhibe que se hagan cosas pensando en el largo plazo y genera numerosos costos y obstáculos. El Estado desconfía de la población, la población del Estado, los padres de los hijos, las esposas de los esposos. Cunde la sospecha entre los compañeros de trabajo o de estudio, el “yo no quiero tener problemas contigo así que no te me acerques”, el “a mí el que me busca me encuentra”. Una sociedad a la defensiva difícilmente puede progresar. Y no es que no haya razones para estar alerta, pero hay que bajar las defensas para poder mirar alrededor. Con los sentidos acorazados y las armas en ristre no se puede convivir. 
Esa apuesta implicará, en ciertas ocasiones, dar un paso atrás. Cortar la espiral del insulto, la espiral de la agresión, la que se forma cuando uno responde al otro y éste a su vez debe superar la nueva afrenta con una peor, hasta que desaparece toda posibilidad de diálogo y sólo queda el combate. Acallar a última hora esa injuria que nos provoca soltarle al motorizado o al empleado del banco. Desactivar la bomba de tiempo que se nos despierta por dentro cuando creemos ver una provocación. Esto no es un campo de batalla, aunque a veces los parezca. Es un país. 
También tiene que ver con cumplir las normas, porque muchas veces no lo hacemos porque asumimos que más nadie lo hará y no queremos ser el único bolsa que se porta bien. Pero bueno, para reactivar los valores de la vida en común habrá que ser, ni modo, el único bolsa que se porta bien. Si los demás se saltan la luz del semáforo, no lo hagas tú. Si los demás no dicen buenos días cuando entran al ascensor, hazlo tú. En eso consiste esa inversión: pon lo tuyo y trabaja. Con toda seguridad, seguirá habiendo gente que pretenda vivir del esfuerzo de los demás. Pero quien es decente -¿se acuerdan de ese valor, la decencia?- hace lo que considera correcto al margen de lo que decidan los demás. 
Mientras más venezolanos hagan esa inversión, mientras más de nosotros nos atrevamos con esa apuesta, más rápido mejorará el ambiente de crispación y de agresividad en el que nos hemos acostumbrado a sobrevivir.

martes, febrero 14, 2012

Aprender a cocinar


A algunos les parecerá una tontería. Otros, estarán de acuerdo. A otros más les sonará a algo que tiene algún sentido pero que no es para ellos. Todo eso lo tengo claro, pero igual lo voy a soltar aquí: una de las mejores cosas que uno puede aprender en la vida -como los idiomas, como administrar bien el dinero, como amar- es a comer y a cocinar. El que aprende a cocinar adquiere numerosas ventajas para vivir mejor. Comerá más sano, comerá mejor, estará más cómodo en su casa, tendrá una vida afectiva más provechosa y, en el caso de Venezuela, estará un poco más protegido de los sinsabores del entorno que está más allá de la puerta de su hogar. 
Piénsenlo: si uno sabe cocinar, podrá manejar mejor los siempre limitados recursos en uno de los países donde la comida es más cara y donde hay tanta especulación a lo largo de la cadena, desde el mercado hasta el restaurante. Por mucho que hacer mercado es también muy costoso para nosotros, es mucho más barato que comer afuera. Segundo argumento: si uno sabe cocinar, comerá mejor con la pareja, la familia y los amigos, pasará más y mejor tiempo con ellos, tendrá una dimensión afectiva más rica porque pocas cosas son mejores vehículos para los buenos sentimientos que la buena comida. Tercer argumento: si un cuenta con una casa en la que pueda cocinar y comer con comodidad, pues mejor todavía: esa casa será un mejor refugio del tráfico, la inseguridad. la hostilidad, la mala atención y la vulgaridad.
No siempre se puede, claro. Es muy difícil para quien vive alquilado en un cuarto o vive solo. O para quien tiene limitaciones alimenticias. A veces uno trabaja todo el día en la calle o muy lejos de casa, y simplemente no hay manera de escaparse de eso. A veces toca todas esas situaciones a la vez.
Pero en el caso de la cocina, mientras más se se sabe más de posibilidades hay de encontrar soluciones para la circunstancia personal. Por supuesto, siempre llegará el momento en que uno quiera salir, y en nuestras ciudades hay unos cuantos lugares de distinto presupuesto donde vale la pena comer. Venezuela es, en general, un país donde se puede comer muy bien. No se trata de aislarse del todo, de abandonar el espacio público, de renunciar a convivir con los demás. Pero de que el entorno es hostil, lo es, por la delincuencia, por la inflación, por las dificultades de la movilidad, por la mala atención y las muchas posibilidades de pasar un mal rato con otro conciudadano.
Creo que es un esfuerzo que vale la pena. No sólo por lo que uno se ahorra o se evita, sino por lo que gana. Porque hay pocas cosas mejores que un desayuno venezolano los domingos, con caraotas, queso, aguacate, arepa y huevos. Comer bien en casa induce a la conversación, a conocerse, a compartir la existencia con la gente que más quieres. Si se ejerce un trabajo que implica pasar demasiado tiempo en la computadora, cocinar sirve además como terapia. Es conectarse un poco más intensamente con las cosas sencillas y buenas de la vida, con la sal que hay en el cilantro, con el milagro de la levadura en el agua tibia, con la luz dorada del aceite de oliva. Si uno aprende a cocinar, vive mejor. De eso sí estoy segura. Como de que vale la pena el esfuerzo que haya que hacer para volverlo posible.

jueves, diciembre 29, 2011

2012: fin del mundo según los Mayas


Un cuento de Augusto Monterroso relata el triste final de un misionero español que intenta salvarse de la muerte diciéndole a sus captores mayas que, si lo sueltan, él hará que el sol se oculte por unos minutos. El misionero sabía que ese día habría un eclipse. Pero mucho más lo sabían los mayas que terminaron ejecutándolo mientras recitaban la lista de todos los eclipses parciales y totales de sol y de luna que habían ocurrido y que ocurrirían luego. 
Los mayas eran unos tipos muy avispados. No lo suficiente para evitar el colapso de su brillante civilización, pero sí como para calcular el tiempo y observar el cielo. Crearon un calendario en el que algunos han querido ver una profecía: que el 21 de diciembre de este año termina la cuenta del tiempo en este planeta y que el mundo se va a acabar. La Humanidad tiene una larga historia de anuncios fallidos del fin del mundo, pero en esta época de noticias “virales” e interconectividad global una profecía débil pero pintoresca como esa puede extenderse mucho y convertirse en una industria. El mundo no se va a acabar en diciembre próximo, pero en el camino se habrán ganado algunos dólares unos cuantos productores de películas y documentales, varios charlatanes del libro y los dueños de los hoteles y restaurantes cercanos a las magníficas ruinas mayas en Guatemala y México. 
No, 2012 no será nuestro último año. Pero tampoco será un año cualquiera, aunque la verdad es que no hemos tenido en Venezuela un “año cualquiera” en muchísimo tiempo, a menos que consideremos esto como un país normal o como una manera normal de vivir. Luego de ese tremendo 2011 que tuvimos y del que me estoy despidiendo, con tantas noticias inquietantes, todo indica que lo que nos viene es un año electoral con esteroides: dinero corriendo por la calle junto con violencia, con mentira, con locura y con uno que otro gesto de cierto heroísmo mientras la calidad de nuestra vida cotidiana sigue deteriorándose y nuestra salud mental colectiva, me temo, sigue retrocediendo. 
 Lamento no poder ofrecer un consuelo que sirva de algo; por muchos buenos deseos que pueda uno tener, las cosas son como son y no como a uno le gustaría que fueran. Y la verdad es que Venezuela no está nada bien, principalmente por las pésimas decisiones que unos cuantos entre nosotros tienden a tomar como si estuvieran condenados a hacerlo. El país está como está porque las condiciones que tiene lo determinan así. A veces parece que no pasara nada y a veces, como aquella semana de los incidentes en los aeropuertos, es como si todo hubiera comenzado a derrumbarse. La realidad eclosiona, se revienta: cosas que han estado preparándose durante años finalmente se manifiestan, cosas buenas y malas. El cambio es discontinuo, se esconde, corre por debajo de las capas que podemos ver de una realidad que parece paralizada, como el agua de un río que sigue fluyendo bajo su corteza congelada. 
Y el cambio viene. Simplemente las cosas no pueden seguir como van. Yo no sé cuán profundo será, pero no veo cómo vaya a ser fácil y complaciente para todos. Creo que muchas fantasías que nos hemos hecho sobre el futuro demostrarán justamente que sólo eran eso, fantasías. Pero creo que 2012 será un año para recordar. De vértigos, de incertidumbre, de riesgo en todos los ámbitos: más vértigo, incertidumbre y riesgo incluso de lo que nos hemos acostumbrado a vivir. No tendremos un apocalipsis maya, pero sí un año histórico.

domingo, octubre 09, 2011

El arte con actitud graffiti propone una ciudad distinta

Hace décadas, la pareja de artistas Christo Javacheff y Jeanne-Claude de Guillebon comenzaron a envolver edificios públicos o árboles como instalaciones temporales, violentas y felices irrupciones en la normalidad de la ciudad. Su trabajo servía para que los berlineses vieran el solemne palacio del Reichstag desde otra perspectiva, con más conciencia de sus volúmenes y menos de sus oscuros símbolos, o para que los neoyorquinos pasearan por varios tramos de Central Park como si lo hicieran dentro de un extraño sueño crepuscular. 

A diferencia del arte urbano tradicional en espacio público, como la esfera de Soto en Caracas, las esculturas de Ramírez Villamizar en Bogotá o las estatuas de Bellini en las fuentes de Roma, el de Christo y Jeanne-Claude era temporal y transformaba, mientras duraba, sitios públicos. Ellos estaban en un punto medio entre el arte que los gobernantes de una ciudad contratan con motivos de ornato o de propaganda desde la Antigüedad, y la incursión en el paisaje cotidiano que representa el graffiti (también muy viejo, pues comenzó, por lo menos, en la Roma de la República). Pero dentro del graffitti, que es un tema aparte, hay muchas cosas, desde el simple vandalismo, el más común, hasta el arte verdadero, ejercido con un cierto romanticismo del anonimato que han replicado ahora otros curiosos artistas de la ciudad y quienes se acercan a la zona intermedia de gente como Christo y Jeanne-Claude. Lo que hacen no es legal pero tampoco es vandálico, y nadie les paga para que lo hagan porque a veces ni siquiera se sabe quiénes son. 

En este mundo hay varias modalidades. Una es la de yarnbombing: grupos como KnittaPlease se organizan para intervenir (espontáneamente o por encargo de una institución) árboles, vehículos o piezas del mobiliario urbano con tejido de muchos colores. Esta tendencia se ha ido extendiendo por varios países. La artista polaca Agata Olek no va por el lado del anonimato sino que incluso invita al público a presenciar cómo forra de tejido algo como el famoso toro de Wall Street. Juliana Santa Cruz Herrera optó por un camino que la llenaría de trabajo en América Latina: tejer cobijas multicolores para los baches de las calles de París. En su obra, como en la de otros creadores de este movimiento en extensión, hay una vena indiscutible de activismo: otro rasgo en común con el ambiente del graffiti, que tan patente es en el grafitero más célebre de la Tierra, el británico Banksy. 

En él la intención no es tanto agregar contenido o belleza a la ciudad sino ingenio y sátira, e incluso protesta política, evidentemente; de ingenio y sátira se alimentan (y alimentan a los transeúntes) Obey Giant e Invader. El primero es un personaje difundido en medio mundo desde 1989 por Shepard Fairey, con un mensaje que alude a la sumisión a los grandes poderes de la modernidad. Fairey lo ha pegado en espacios urbanos y se ha ganado unas cuantas horas de detención a manos de las policías de distintos países… mientras trabaja a la vez como un exitoso diseñador gráfico, cuya obra más conocida es el retrato pop art de Barack Obama que el actual presidente de EEUU usó en su campaña. graffitiInvader, por su parte, es un artista parisino que oculta su identidad mientras “invade” espacio público o incluso privado con las imágenes que ha desarrollado a partir del videojuego Space Invaders. Sus obras también están en las galerías, pero sobre todo aparecen en los lugares más insospechados de ciudades en todo el mundo. 

Y cuando uno se lo encuentra, se siente muy bien esa irrupción de humor y guiño generacional en una pared cualquiera. De verdad agrega otros sentimientos a la experiencia del transeúnte, otros contenidos a la cotidianidad urbana. Igual que el arte más convencional, firmado con nombre y apellido, pero con un espíritu graffitero que se ejerce a favor de la sorpresa y del juego (aunque a las autoridades y unos cuantos vecinos esto le parezca que es digno de persecución). Usa varias técnicas, como el mosaico que reproduce los píxeles del juego, y reta a sus seguidores a encontrar sus personajes en lugares recónditos, lo que induce a determinados recorridos de la ciudad elegida. El colectivo estadounidense Monster Project produce lecturas también humorísticas de espacios deteriorados, al agregarles bocas, garras, dientes; el influyente artista callejero italiano Blu produce animaciones a partir de sus polémicos graffiti; en Brasil, donde hay verdaderos genios de esta forma de arte, Os Gemeos han hecho su propia escuela, que roza el expresionismo abstracto. Hay también un importante movimiento del stencil en Argentina y unos cuantos graffiteros serios en países como Venezuela, Colombia, México, Perú. Lo cierto es que este arte que tan a menudo incurre en el vandalismo activa una relación más intensa con la ciudad y en no pocas ocasiones mejora el entorno con destellos de indiscutible talento. No todo el arte urbano que merecemos y necesitamos tiene que ser objeto de una licitación o de un concurso.

jueves, agosto 18, 2011

Respetar gustos, respetar derechos...

El otro día conversando con un instalador de "sistemas de car audio" le planteaba la agresión que significa para los demás el hábito predominantemente masculino de pasearse por la calle, de día y de noche, con una música a volumen extremadamente alto reproducida en el sistema de sonido de un carro, el instalador le dijo ­en un tono muy respetuoso y obviamente al decir las cosas y que respetara los gustos de quienes quieren escuchar música a alto volumen. He pasado varios días pensando en ese reclamo del instalador, en cuanto a que yo debo respetar los gustos de quienes quieren escuchar música a alto volumen en sus vehículos, y obligarnos a los demás a escucharla también cuando se pasean con ellos con las ventanillas abiertas o se instalan bajo un edificio, en la orilla de una playa, en un espacio público cualquiera. Según él, soy yo el que está vulnerando los derechos de esas personas al cuestionar ese hábito, y no ellos los que se han tomado la atribución de despertar a quien sea en medio de la noche, o impedir el disfrute de un espacio público, o simplemente estar en el ámbito doméstico haciendo cualquier cosa o haciendo nada, sin que la música de otra persona nos invada.

Según ese señor, al parecer, debería yo respetar ­o sea, hacer silencio, no pronunciarme públicamente contra eso­ los gustos de los demás aunque constituyan una agresión. Porque para mí lo es, y no soy el único que lo piensa. Es un ataque a los derechos a la tranquilidad. Pero para él yo estoy equivocada, y siguiendo ese argumento suyo, debo yo respetar también el gusto de quien quiere beber en medio de la calle, porque es su gusto. U orinar en ella, también, porque le gusta. O, no sé, comer perro asado, martillar en medio de la noche, cualquier cosa que quepa en la casi infinita variedad de los gustos individuales.

Éstos están, en su visión de las cosas, encima de los derechos de los demás. Así que como a mí me gustan las playas solitarias, tendría, según él, el derecho de impedir por el medio que se me ocurra, violencia incluida, que otras personas usen la misma playa que yo mientras esté yo ahí.

Definitivamente, nuestra democracia falló al enseñarnos qué son los deberes y los derechos, qué hace que una sociedad funcione. Y lo que vino después de ella no parece haber hecho mucho por corregir esa falla histórica. ¿Soy yo la equivocada por hacer ver que sobre el gusto de un individuo por volverse sordo están los derechos a la tranquilidad de muchísimas personas más? No; lo que es un logro de la civilización moderna, la cultura de los derechos y los deberes en los que se basa la convivencia democrática, no es un error, sino que es nada menos que el cemento que mantiene unida a una sociedad e impide que degenere en el salvajismo de todos contra todos.

No, respetado instalador: los gustos individuales no están por encima de los derechos colectivos. Su expresión es válida hasta donde vulneran aquellos derechos. La libertad del individuo es otra cosa.

No es la libertad para agredir a los demás.

miércoles, agosto 03, 2011

La emboscada


A veces sobreviene ese ataque súbito, violento, de los buenos recuerdos, de una sensación de plenitud que antes teníamos. Emboscadas de la nostalgia, feroces, entrañables. Nostalgia de la inocencia, del desconocimiento, que ahora parecen tener otros con mucho más ruido y más sustancias, con mucho menos sensibilidad y belleza, con velocidad y placeres instantáneos. Algo que sólo la música y el alcohol nos devuelven como un querido fantasma que queremos abrazar y atar a este presente, pero que inevitablemente se desvanece.
¿Apego excesivo al pasado? Puede ser, pero ciertas condiciones del presente son las que producen esa conexión con el pasado, del mismo modo en que ciertas condiciones de aquel pasado producían unas conexiones con un futuro imaginado que no resultó, que vino a ser bien distinto.
Y qué importa que no sea real, ni racional en absoluto. Suelo predicar sobre que se debe hacer contacto con la realidad, que hay que poner atención al presente y poner los pies sobre la tierra. Pero a veces cómo provoca huir de ella, refugiarse en la fantasía del paraíso perdido, adentrarse en el delicado laberinto de espejos que es la memoria depurada, la que ha preservado los mejores recuerdos y ha guardad en el sótano más oscuro lo que no queremos revivir.
Con esa nitidez que habla de épocas en las que las reglas eran más claras y la realidad más predecible, con ese brillo que nos remonta a los mejores años de la infancia cuando creíamos en que las cosas tenían siempre detrás una sombra mágica, la luz de enero promueve esas fantasías, esos vértices, esos vértigos. A mí me hace recordar esa escena de una película e Bernardo Betolucci en que un viejo poeta, al entrar a una fiesta crepuscular en una maravillosa villa toscana, dice "beauty wounds the heart".
Porque para muchos de nosotros hubo años en los que pensábamos que todo era posible. El país y la edad nos desmintieron, claro, y no nos quedó otra que aceptarlo (otros, sin embargo, no lo hacen , no lo admiten: parecen aferrarse a esas y otras quimeras mientras aturden las calles con la música de sus carros, mientras pasan la noche entera bebiendo y gritando en una triste parodia de inmortalidad).
Esas emboscadas de la nostalgia nos inyectan mercurio en el pecho, una cosa plateada e inaprensible que se nos vierte por dentro y tarda algún rato en diluirse. Es algo que en ese momento no podemos transmitir a los demás y que se atraviesa en la percepción: entonces escucho las voces de los otros como una sordina, como si estuvieran del otro lado de una ventana.
Es una intoxicación temporal, que luego pasa, para dejar que la realidad del presente recupere su prosaica precisión espacial, sus alarmas y sus ruidos, sus presagios, sus temores y rumores, sus gritos en medio de la noche. Son momentos fugaces, esporádicos, pero hacen parte de tu vida, parte de ti, de tu visión del mundo. Están ahí, esperando la siguiente oportunidad, y ojalá regresen siempre. Ojalá no llegue uno a un momento en que ni eso pueda tener y la aridez de la realidad tangible lo reseque todo. Sobre todo, ojalá que uno pueda recuperar la serenidad que no permitía percibir el ritmo hondo de las cosas, que las angustias puedan quedarse al menos por unas horas tras la puerta para que sintamos al cielo girar sobre nosotros, y nada más.

sábado, marzo 12, 2011

Una noche más oscura


Llovió mucho. Demasiado. Y en medio de eso, la noche que cubría el país se hizo más profunda. Había una amenaza de luz a principios de este año, así que los administradores de la penumbra se apresuraron a rematar ese terrible 2010 con unos buenos disparos a los faroles. 
La noche había llegado ya, pero muchos prefirieron ignorarla, creyendo que la oscuridad era para los demás y no también para ellos, o que contaban con buenas linternas. Pero no: cuando una nube como ésta sepulta una nación entera, lo ensombrece todo y a todos, aunque haya quienes se beneficien de ella vendiendo luces que apenas alumbran o comerciando con la amenaza de más oscuridad. La Historia es enormemente abundante en las crónicas sobre la noche, sólo había que asomarse, aunque fuera un poquito a ella. Sólo había que atreverse a pensar. Pero no lo hicieron. Y los que sí habíamos previsto que todo se estaba tiznando como si lloviera carbón no fuimos suficientes para proteger las ventanas. Siempre había algo más importante para quienes seguían aturdiendo los cristales con el reguetón que salía de sus carros, sin darse cuenta de que la ceniza iba tapando las huellas de sus cauchos nuevos. 
Para muchos de nosotros, es la noche más profunda que hemos conocido. Los mayores recuerdan otra, pero a veces con increíble nostalgia, como si ciertas bondades de aquella época no hubieran sido producto de determinados factores económicos, sociales y hasta geográficos, sino obra de quienes habían apagado la luz. Para los que no vivimos aquellas sombras, las que ahora nos ocultan el cielo nos generan muchas preguntas, porque no sabemos vivir así, aunque nuestro paisaje nunca haya sido plenamente luminoso. Pese a que crecimos en una especie de tenue libertad atravesada por el riesgo, carecemos de experiencia propia sobre una existencia nocturna. Como las plantas, necesitamos el día. Pero ahora no nos queda otra que invertir la fotosíntesis. Cómo respirar en un espacio que a pesar de que tiene casi un millón de kilómetros cuadrados se vuelve cada vez más claustrofóbico, por ejemplo. Cómo salir adelante si uno no puede ver el camino. Cómo resguardar las velas de lo más sagrado cuando hay que apagarlo todo como si se esperara un bombardeo. 
 Las respuestas a esas preguntas serán lentas y difíciles. Pero debe haberlas. Debe haber el modo de sobrevivir a esto sin abrirle las puertas del espíritu a la negra inundación, sin hacerse cómplice. Líbreme el cielo de pedirle el martirio a los demás: sí puedo pedir que pongan atención, que abran bien los ojos, que como los de los gatos aprenderán a ver en las tinieblas. Mejorar el tacto para no dejar de percibir el contorno y la magnitud de las cosas. Afinar el oído para escuchar cómo se susurra la verdad bajo la gritería del ruido de lo permitido. Aprovechar la riqueza de la lengua para introducir cuñas de ironía en las pocas grietas que todavía quedan en las murallas de silencio, para que se resquebrajen. 
 Lo importante es que la vida siga. Aunque siga con los signos al mínimo, en espera de que vuelva a amanecer, porque algún día lo hará. Aunque siga en otra parte.

jueves, febrero 24, 2011

Desprecio al conocimiento


Acabo de culminar una parte importante de mi vida. Me gradúe de Odontólogo y fue una semana muy especial, disfrutando un sinfines de celebraciones que tomaban diferentes formas (almuerzos, cenas, misas y fiestas), tuve un acto de grado majestuoso y el rector pronunció un discurso que me hizo llorar. Luego, entre abrazos y felicitaciones, lo primero que la gente (familia, amigos, conocidos) me preguntaba es ¿y qué piensas hacer? Lo único que les podía decir y que sé que podía contestar es que quisiera irme del país. Lejos de Chávez, lejos de la inseguridad que se respira.

Viajar siempre me ha gustado, y me faltan muchos países por conocer, pero entre lo que conozco y lo que he leído, definitivamente mi próximo destino, es un lugar que ya conozco pero que podría vivir muy feliz, y ese país sería EEUU. Es un país mágico, y claro que tiene sus miles de defectos, pero es un país que aprecia el valor de estudiar, que constantemente te motiva para aprender cosas, que tiene las mejores universidad del mundo con un tipo de enseñanza eficiente y que es, a pesar de su economía no tan estable últimamente, un país que te ofrece certitud. Certitud en que trabajando honestamente, constantemente y sin despistarse serás exitosa. Más de lo que puedes decir de Venezuela.

Hay países (son unos cuantos, pero no muchos) que tienen el respeto al conocimiento como una norma. También tienen gente que reniega de los científicos y de los intelectuales, por supuesto, a todo nivel: Silvio Berlusconi en la cultísima Italia, por ejemplo, o el reaccionario movimiento Tea Party en esa inmensa fábrica de investigación en innovación que es Estados Unidos. En todos lados hay personas poco educadas que desconfían de quien tiene títulos universitarios y los usa. O de quien no los tiene, pero sabe su oficio, mantiene viva su curiosidad, se afana para resolver problemas. Estos países, algunos de ellos con mucha historia y otros con tanta como puede tener el nuestro, producen ciencia y cultura y las exportan, defienden una idea de progreso. Cuidan sus universidades y sus laboratorios, protegen la propiedad intelectual. Cuando sufren una crisis política o económica, o una catástrofe natural, tienen más posibilidades de defenderse, como lo hizo Chile con el terremoto del año pasado, o como lo hace Japón con el tsunami/terremoto/crisis nuclear desde el pasado viernes.

Y hay países (que sí son muchos más, me temo) donde una historia de exclusión, pobreza y precaria construcción de instituciones ha mantenido a anchos sectores de la población ajenos a los incuestionables beneficios de la buena educación (digo buena, porque no basta con alimentar las estadísticas oficiales: hay que proveer a esos millones de estudiantes una educación que verdaderamente les sirva para vivir mejor). Y en estos últimos, sobre todo cuando no hay una relación directa entre el nivel educativo y el éxito económico como es el caso de Venezuela, pasa que abunda la gente que no sólo no se preocupa por aprender y por pensar, sino que se enorgullece de no hacerlo. Que manifiesta una verdadera aversión a meterse información en la cabeza. Y también, repulsión hacia quienes sí quieren hacerlo. Repulsión que se manifiesta en la escuela, en la casa, en la calle, en los medios, en la industria, en el comercio, en el gobierno.

Se apoyan en la mayoría. Se apoyan en que, aquí, la ignorancia es aparentemente el paradigma, aunque suelan predicar lo contrario. Dicen que los que piensan son amargados, o amanerados, o inútiles, o cobardes. Aquí, la inteligencia ha sido insultada, siempre, por la izquierda y la derecha, por los gobiernos y por las oposiciones, por los civiles y por los militares, por los pobres y por los ricos. El antiintelectualismo, núcleo de los regímenes totalitarios, alimento de las dictaduras, ha estado aquí siempre. Claro, hoy vive una época dorada. Pero el uso que de esa fobia al conocimiento hacen en el presente el mercado y la política, ha existido aquí desde la Independencia.

Es algo que ha validado nuestra condición de país petrolero - y eso que sacar petróleo y venderlo bien requiere mucho conocimiento - porque el país ha vivido de eso, mal que bien, sin sentir mayor necesidad de ser competitivo ni verdaderamente productivo. Nos encanta decir que la educación es lo primero, pero luego, siempre nos oponemos a que construyan una escuela en la calle de enfrente.

La situación atraviesa los siglos y los gobiernos. Y mientras tanto, asfixian a las universidades y a instituciones como el IVIC. Y la gente que sí está preparada para manejar el país, o para levantar nuestra economía, o para mejorar nuestra calidad de vida, se harta y se va.

viernes, julio 02, 2010

Esa pantalla omnipresente


Hace poco leí un artículo viejo de 1995 sobre las estadísticas de consumo cultural y medios de comunicación en América Látina. Me llama  la atención que se medía la cantidad de habitantes por equipo de radio o por equipo de televisión, igual que cuántos educadores o médicos había por cada 1.000 ó 100.000 personas. No sé cuál es la relación entre equipos de televisión y número de habitantes hoy en Venezuela, pero debe haber aumentado considerablemente a favor de los televisores.
En este país no sólo hay uno o más televisores en cada casa, por lo general, incluso en las muy humildes, sino también abundan en restaurantes, cafés, clínicas, agencias bancarias, laboratorios, bares, aeropuertos, terminales. Con cada mundial de fútbol o campeonato de béisbol, se multiplican. No importa que cuesten una fortuna o que gasten mucha electricidad: al parecer, tiene que haber una pantalla ahí, en esa pared, porque si no los clientes no se detendrán en el local o los usuarios se pondrán histéricos.
Cada vez que me toca recalar en una sala de espera donde hay televisores, cosa que me pasa con enorme frecuencia, siento que esa pantalla está puesta ahí para que los pasajeros, ususarios, clientes o ciudadanos no nos pongamos fastidiosos. O sea, para que nos mantengamos distraídos, absortos, y no se nos ocurra pararnos a preguntar cuándo carrizo nos van a atender, por qué no hay más personal trabajando, por qué un proceso en apariencia simple tiene que quitarnos medio día. Siento que nos están tratando como a esos niños hiperactivos -o simplemente niños- a quienes plantan frente a un televisor para que no anden por ahí haciendo preguntas, paseando por la casa, viviendo. Lo menos que siento es que esa pantalla es una consideración para con nosotrs, sino una versión moderna y a la escala del "pan y circo" de los emperadores romanos, un populismo en miniatura.
Será porque éste es un país que gira en torno al televisor. Su política, su publicidad, su mercado de la fama está ahí. Claro que es un rasgo de la modernidad presente en casi todas las naciones de de la tierra, pero da la impresión de que Venezuela es particularmente afecta a pensar que sólo lo que sale en la tele es la que vale. Ahí está la estética reguetonera de la gorrita terciada, los grandes lentes de sol y los carros envenenados que definen la juventud y la virilidad en un nuestras ciudades. Ahí están la masiva exhibición de piel y la anatomía de la voluptuosidad obligatoria que ordena cómo debemos ser las mujeres. Ahí están la grosería, la gritería, los placeres instantáneos y el dinero fácil que caracterizan la única ideología que de verdad parece conquistar a las mayorías.
Mi problema no es con la televisión por sí misma. Es un medio que respeto y que también disfruto cuando encuentro en él cosas de calidad, que las hay. Mi problema es con la dependencia de ella, con su omnipresencia, con su bombardeo de saturación. Con su papel en nuestra cultura del ruido, en nuestra historia contemporánea y en nuestro desdén por el conocimiento. Nos obligan a ver televisión, todo el tiempo, en casi todas partes. A que nos pongamos atención en lo que ocurre a nuestro alrededor y nos atemos a lo que ofrece la pantalla. Como muchachitos fastidiosos.

viernes, mayo 28, 2010

Tú me entendiste


Trata de corregir a alguien que dijo algo mal. Te saldrá, muy probablemente, con un arma defensiva rabiosamente venezolana: "Bueno, tú me entendiste". Te está diciendo con eso que igual te hiciste una idea general de lo que quería comunicarte, y que decirlo bien o mal, con faltas graves a las normas de la lengua o usando palabras con pleno desconocimiento de su significado, no es lo que importa.
Pero parte de una premisa falsa: que se ha llegado al objetivo de comunicarse aunque las palabras no hayan sido las mejores. Y eso no está en absoluto garantizado. Puede haber dicho algo bien diferente de lo que quería decir. Mi profesora de teatro del bachillerato llamaba a eso "vomitar el parlamento".
Fuera de esa manía nacional porque uno diga "buenas tardes" y no diga "buenos días" despues de las doce del mediodía, el qué digamos y cómo lo digamos no parece tener mayor relevancia entre nosotros. Usamos las palabras como billetes de valor variable, que en un momento quieren decir una cosa y al siguiente otra. Todo el tiempo se llama aquí "exóticas" a las mujeres morenas con rasgos africanos o indígenas, cuando son justamente las menos exóticas, la más comunes, y todo el mundo parece haberlo aceptado así: que una palabra haya sido invertida por completo en su significado porque a las mayorías les suena bien. Y es un caso entre cientos.
Es muy cómodo para algunos que manejamos el lenguaje con tanto descuido, como sino fuera en absoluto importante. Es muy cómodo para los mediocres y los necios, y también para los pillos. En la ambigüedad, se puede colar siempre la mala intención. Por eso el lenguaje legal es tan obsesivo con dejar las cosas claras-aunque en una jerga cargada de siglos de tradición, y por lo común oscura para los legos-, porque si no, se pueden cometer injusticias. Por eso es tan importante, también, escribir muy bien una Constitución Nacional.
Es típico de las mala épocas de una sociedad, de sus épocas de decadencia y de atraso, que las cosas pierdan su significado. Toda nuestra cultura parece haberse impregnado del síndrome del "bueno, tú me entendiste", desde la publicidad comercial hasta la propaganda política, desde los noticieros hasta los salones de clase. Nos aferramos a verbos que no existe, a malas traducciones de palabras en otros idiomas, a absurdas interpretaciones recientes de palabras que nos eran familiares. Todo por lucir más modernos, más cosmopolitas, qué sé yo. Como decían los andinos de hace un siglo, mas "fiznos".
No se trata de que todos seamos lingüistas. Se trata de que adquiramos el valor de pensar, hablar y escribir con la misma precisión con que debemos manejar los cubiertos o el volante del carro, con la misma atención con que sacamos cuentas en la calculadora o nos aprendemos las funciones de un smartphone. Sin precisión, no seguimos instrucciones y no resolvemos los problemas con la eficiencia que merecen. O sea, no progresamos. Mientras esté tan extendido entre nosotros ese desgano por un mínimo de exactitud al relacionarnos, gobierne quien gobierne, cueste lo que cueste el barril de petróleo, estaremos pegados en el mismo hueco. Si nos conformamos con que "exótica" signifique lo contrario, también puede hacerse lo mismo con "democracia" o con "justicia".

domingo, abril 04, 2010

El trabajo como valor


Lo que ha pasado en torno a nuestra relación con el trabajo en los últimos 10 años forma parte del núcleo de nuestros problemas no sólo económicos, sino también sociales, políticos y hasta psicológicos. En un proceso de decadencia nacional que bien podría describirse como la profundización sistemática y constante de todos nuestros defectos colectivos, muchísima gente se ha ido acercando más al negrito de El Batey que a las folklóricas imágenes de pescadores, arrieros y oficinistas de los típicos videoclips del Himno Nacional. Aquel viejo merengue dice que el trabajo, para él, es un enemigo, que se lo deja todo al buey. Pues bien, en una sociedad urbana donde casi no quedan bueyes, ese buey es el Estado, que ha tendido a intercambiar iniciativa individual por dependencia crónica; es el compañero que debe trabajar doble; o es el cliente, el usuario, el ciudadano al que se supone que se debe atender y servir, que termina haciéndose justicia por su propia mano, buscando algún "camino verde" o yéndose para no volver.

El trabajo es mucho más que una actividad que hay que emprender para obtener recursos con los que sobrevivir o progresar materialmente. Es una enorme fuente de relaciones con los demás: en el trabajo uno encuentra grandes amigos y, con suerte, hasta su gran amor. Es una poderosa herramienta de crecimiento personal, que te ofrece la invaluable oportunidad de aprender más, de ser abierto y flexible, de entender qué es la ética, de conocerte a ti mismo y de ser mejor persona. Y por eso, aunque nuestra idiosincrasia nos induce a identificarlo con la esclavitud, como una humillación, es en realidad una vía de libertad individual: sólo puede ser libre para vivir como quiere quien decide esforzarse por ganarse las cosas a punta de conocimiento y de tenacidad, respetando a los demás y a sí mismo. No se puede ganar libertad si se depende de la limosna de otros, si se carece de una fuente de ingresos propios. Eso que llamaban antes "realizarse" se consigue con trabajo, y éste no debe depender del capricho de otros que te venden empleo a cambio de que les des siempre la razón, como es tan común entre nosotros. Por eso es tan importante que el Estado no secuestre la iniciativa personal, ni que lo hagan tampoco esas corporaciones que apuestan a que todos sus empleados sean iguales, una masa uniformada que repite eslóganes y debe conformarse con obedecer.

Nunca como en estos años se ha hecho tan evidente el modo en que nuestra manera de ver el país como si fuera una mina, o más bien un pozo petrolero, impide que éste progrese. Porque el que mira el lugar donde vive como un sitio al que hay que extraerle toda la riqueza de la tierra y luego levantar campamento, no ahorra, no estudia, no construye. El trabajo es disfrute del presente y levantamiento de futuro, es fortalecimiento del espíritu y energía intelectual, es negociación con los demás, búsqueda de normas que nos sirvan a todos y producción de libertad, de ciudadanía y de paz. Mientras sigamos viéndolo como una condena por la expulsión del paraíso, como algo que nos somete a la voluntad de otros o como una tarea insoportable a la que hay que boicotear con innumerables recesos y postergaciones, no saldremos adelante. Hay mucho que hacer en esta sociedad para alejarla del abismo. Y hay que empezar por trabajar mejor, con gusto y con inteligencia.