domingo, julio 29, 2012

Una nueva realidad

No hay sino que poner un poco de atención para darse cuenta de que muchas cosas están cambiando. Medio Silicon Valley está en Bangalore y come curry en vez de sushi. El tribunal Internacional de Justicia acaba de condenar por primera vez a un ex jefe de Estado por crímenes contra la humanidad. España es casi Grecia en materia económica y casi Brasil en materia futbolística. Italia tiene un líder decentísimo y Escandinavia está pareciéndose demasiado a un libro de Stieg Larsson. Europa vuelve a ser un continente de emigrantes mientras varios países africanos tienen hoy economías emergentes, en franco crecimiento. Las orgullosas naciones del desierto lucen hoy caóticas y a la deriva en su mar de arena. En la cerrada Birmania se cuela un resquicio de libertad y de futuro. En Estados Unidos, Obama deja de estar de moda y los nuevos ídolos que millones quieren emular son puertorriqueños. En China, mientras los millonarios compran chateux en Francia para que no les falte el gran vino, la gente está aprendiendo a protestar y a echar atrás a un gobierno que no quiere que nadie recuerde lo que pasó, en 1989, en la plaza Tiananmen.
Nuestros vecinos también ponen lo suyo en este torbellino de transformaciones. En México volvió el PRI con una estética de telenovela; en el Perú el coco no result´ser tal y la economía no deja de crecer; en Cuba, que avanza milimétricamente hacia el siglo XXI, ya se pueden vender y comprar casas; en Uruguay avanza una prosperidad que no se conocía en casi una centuria, y no precisamente gracias a sus vacas; y Brasil sigue derechito hacia el puesto que su empuje parece garantizarle, el de una de las grandes potencias de este siglo.
La tecnología se ha convertido en un catalizador para potenciar cambios que se despliegan en cuestión de meses y a lo largo del ancho mundo. Los celulares se han vuelto mucho más asombrosos (y democráticos) que las computadoras. Los clubes de vídeo son intangibles, completamente digitales. Los músicos han vuelto a vivir de sus conciertos y no de sus discos. Una monja que tocaba piano en un convento de Etiopía puede hacerse famosa en YouTube medio siglo después de poner sus dedos sobre las teclas. A un gato le hicieron un tórax, hay impresoras que producen objetos tridimensionales y desde el cielo merodean robots blancos que matan a distancia. Pero el BlackBerry ha dejado de ser cool y han regresado, como objetos ceremoniales, los discos de vinil.
El mundo parece estar por fin enterándose de que Canadá es fantástica, de que el desastre del clima tiene mucho que ver con el modo en que producimos y consumimos, de que nos estamos quedando sin pescado, de que la obesidad es un problema de salud pública y de que a la democracia hay que defenderla. En una súper máquina europea descubrieron la partícula de Dios. Tenemos una galería de close ups de Marte. Un maracucho está a cargo del MIT. Un mexicano es el hombre más rico del mundo y no es un narcotraficante. Woody Allen recordó cómo hacer buenas películas mientras lo olvidaba a su vez Francis Ford Coppola. Madonna finalmente perdió su mojo, desplazada por una mezcla de cantante pop y museo de arte contemporáneo llamada Lady Gaga. Gustavo Dudamel está llevando a la música clásica la experiencia del best seller global.
Y aquí en Venezuela, donde tanta gente dice que no pasa nada y que todo sigue igual, estamos entrando en un nuevo periodo histórico casi sin darnos cuenta.

miércoles, julio 18, 2012

Juan Bimba con gorra de reguetonero


La llamada viveza criolla es la versión local de un arquetipo presente en todas las culturas y que aquí expresa la triple polaridad entre una ley absurdamente rígida (velocidad máxima: 60 km/h), un poderoso ilimitadamente autoritario y un individuo que sólo cuenta con su ingenio para sobrevivir ante esas fuerzas.
La vida en este país está severamente intervenida por unos cuantos mitos que, a lo largo de una pila de generaciones, hemos tenido velándonos el raciocinio. 
Somos presas de una suerte de pensamiento que ayudan a entender por qué este país es esencialmente la misma guarandinga desde la Colonia. Son el mito de El Dorado, que nos dice que el país ya es rico y que la riqueza no necesita ser producida sino bien distribuida por un jefe compasivo y justo; el mito del indígena vengativo que alimenta el arquetipo del alzao; el de la bruja benévola que vela por nosotros; el que somos irreductiblemente bonchones; y el mito de Juan Bimba: aquel campesino analfabeta que emigró a la ciudad y fue salvado de la inanición por un partido que le dijo cómo pensar, cómo sentir, cómo vestirse, cómo comportarse. Un personaje que asociamos a los costumbristas y al AD de hace medio siglo, pero que sigue existiendo el imaginario del poder, aunque hoy use una gorra de reguetonero en lugar de un sombrero de paja.
O sea, las ideas fijas a las que nos hemos aferrado para hacernos un resumen rápido y funcional de quiénes somos, y que nos han alejado de una reflexión profunda sobre lo que deberíamos ser, así como de una vida independiente como individuos libres. Se ha forjado y difundido esas concepciones de nuestra identidad, cómo se manifiestan en la conducta de muchísimas personas, tanto anónimas como famosas, y cómo inciden en la economía, las relaciones interpersonales, el mundo del trabajo, el estado en el que Venezuela llegó al siglo XXI sin tomar de éste no mucho más que los smartphones, las redes sociales y la noticia de que a Gaddafi lo sacaron a patadas de una cloaca.
Creo que la mejor lección que da este libro es un cuento de los hermanos Grimm, en el que una muchacha con fama de inteligente se vuelve loca por pensar si es quien cree ser, en lugar de hacer el trabajo que le encomendaron. Es lo que concluye: en lugar de estar pegados década tras década en preguntarnos quiénes somos y en vincularnos de acuerdo con una u otra respuesta a esa pregunta, debemos relacionarnos en torno a lo que hacemos, lo que logramos, los problemas reales, tangibles. que nos dediquemos, de verdad, a resolver.

martes, julio 03, 2012

Repensar el consumo

http://www.thezigzagger.com/2012/02/17/plastic/

Los geólogos clasifican la historia del planeta en varios periodos, cada uno de los cuales ha dejado una capa característica de restos en la corteza del planeta. Los dinosaurios vivieron en la Era Mesozoica; nosotros, los Homo Sapiens, que andamos por aquí desde hace unos 200.000 años aunque apenas comenzamos a desarrollar agricultura y lenguaje hace 8.000, hemos vivido hasta ahora en la Era Cenozoica. Pero ahora hay científicos que dicen que el impacto que hemos dejado sobre este mundo es tan grande que hemos creado una nueva era geológica, por la magnitud de la capa de residuos que le hemos ido tatuando al suelo. A este nuevo periodo geológico lo llaman Antropocénico: el producido por la gente.
Estamos rodeados de objetos. Ni el más pobre de entre nosotros carece por completo de ellos. Desde el momento que nuestros antepasados formaron tribus, no hemos hecho sino pensar y trabajar para tener más y más cosas. Cosas que nos han permitido llegar hasta donde estamos, con lo malo y lo bueno que eso implica: cosas que han servido para construir Siena, para tocar "Natalia" y para facilitar el parto seguro de un bebé, pero también para arrasar una ciudad. Gracias a la capacidad de nuestra especie para diseñar y construir artefactos hemos adquirido un gran poder sobre este mundo; poder que, sin embargo, está lejos de ser absoluto y con el que sin duda se nos ha pasado la mano. Para dar un ejemplo, entre muchísimos disponibles, de esto último: en una zona del Océano Pacífico hay una mancha de basura plástica flotante que tiene más o menos el tamaño de Venezuela. 
Pero este ausnto de nuestra descontrolada afición por producir y acumular objetos también tiene una dimensión intangible. Una que algunos podrían llamar moral, otros ética; otros más, dirían que es asunto espiritual. Nuestra adicción a comprar y poseer cosas es común a todas las sociedades, pero en Venezuela la cosa es bastante grave. Dirán ustedes que ningún país consume más que Estados Unidos, y es verdad; pero nuestro problema no es Estados Unidos, somos nosotros.
No estoy en absoluto proponiendo que nos metamos a comunistas - líbreme el cielo - ni a nada parecido. De hecho, estos años de "socialismo" no han hecho sino incrementar el consumismo entre nosotros. Lo que digo es que tenemos que usar un poco más la cabeza antes de llevarnos la mano a la cartera para gastar lo que no nos sobra en algo que no necesitamos. Tenemos que pensar qué significa para nosotros el consumo. Pensar, por ejemplo, que no son los objetos los que nos definen como personas, sobre todo los que no necesitamos. 
Sé que es un tema viejo y complicado pero hoy en el 2012 esta a penas comenzando a aparecer el impacto de nuestro consumismo, e irá empeorando a medida que pasen los años. Sólo quiero invitar a pensar sobre eso aunque sea un poquito. Los objetos no son malos ni buenos por sí mismos. En unos cuantos casos, nos resultan hermosos y son expresión de sensibilidad, de trabajo, de progreso, de cosas buenas. Pero creo que podemos comprarlos mejor, escogerlos, poniendo la atención sobre la acumulación, el placer interno sobre el placer externo, la individualidad sobre la masificación.
Hay muchos entre nosotros, de distintos ingresos, cubiertos de marcas como un carro de Fórmula Uno y un gran negocio delincuencial ocupado en satisfacer un mercado de adictos.

domingo, abril 29, 2012

Apostando a un mejor país


Cuando llegue el momento de comenzar a reconstruir Venezuela, que está por cierto acercándose, momento en el que de paso tendremos que aprovechar para fajarnos porque el país empiece a ser todo lo bueno que debería ser, habrá que hacer una apuesta personal. No la harán todos, porque hay que gente que nunca entenderá, que nunca pondrá de su parte. Pero definitivamente muchos de nosotros tendremos que pasar del deseo a la propuesta y de la propuesta a la acción. Tendremos que hacer un abono cotidiano e individual porque las cosas sean mejores, aunque al principio no veamos un resultado de eso, aunque nadie nos lo agradezca y aunque una voz interior nos diga que todos los demás están comportándose como si lo colectivo no valiera la pena. 
 Es una cosa de tener fe, o mejor dicho de invertir en fe. Digo que hay que invertir en ella porque es como cuando uno quiere montar un negocio: uno no puede tener la certeza sobre si le va a ir bien o no, pero se arriesga con esos reales porque sabe que sin ellos el proyecto nunca podría arrancar. Lo mismo pasa con la vida en este país. Hay que hacer una inversión de confianza. Sobre todo, de confianza en los demás. Moderada, cautelosa, está bien, pero más confianza que la que hoy tenemos. 
Ésta es una sociedad de bajísima confianza. Hay que mejorar eso, y mucho. Casi nadie confía en los demás o confía demasiado poco. Esa desconfianza paraliza o inhibe que se hagan cosas pensando en el largo plazo y genera numerosos costos y obstáculos. El Estado desconfía de la población, la población del Estado, los padres de los hijos, las esposas de los esposos. Cunde la sospecha entre los compañeros de trabajo o de estudio, el “yo no quiero tener problemas contigo así que no te me acerques”, el “a mí el que me busca me encuentra”. Una sociedad a la defensiva difícilmente puede progresar. Y no es que no haya razones para estar alerta, pero hay que bajar las defensas para poder mirar alrededor. Con los sentidos acorazados y las armas en ristre no se puede convivir. 
Esa apuesta implicará, en ciertas ocasiones, dar un paso atrás. Cortar la espiral del insulto, la espiral de la agresión, la que se forma cuando uno responde al otro y éste a su vez debe superar la nueva afrenta con una peor, hasta que desaparece toda posibilidad de diálogo y sólo queda el combate. Acallar a última hora esa injuria que nos provoca soltarle al motorizado o al empleado del banco. Desactivar la bomba de tiempo que se nos despierta por dentro cuando creemos ver una provocación. Esto no es un campo de batalla, aunque a veces los parezca. Es un país. 
También tiene que ver con cumplir las normas, porque muchas veces no lo hacemos porque asumimos que más nadie lo hará y no queremos ser el único bolsa que se porta bien. Pero bueno, para reactivar los valores de la vida en común habrá que ser, ni modo, el único bolsa que se porta bien. Si los demás se saltan la luz del semáforo, no lo hagas tú. Si los demás no dicen buenos días cuando entran al ascensor, hazlo tú. En eso consiste esa inversión: pon lo tuyo y trabaja. Con toda seguridad, seguirá habiendo gente que pretenda vivir del esfuerzo de los demás. Pero quien es decente -¿se acuerdan de ese valor, la decencia?- hace lo que considera correcto al margen de lo que decidan los demás. 
Mientras más venezolanos hagan esa inversión, mientras más de nosotros nos atrevamos con esa apuesta, más rápido mejorará el ambiente de crispación y de agresividad en el que nos hemos acostumbrado a sobrevivir.

martes, febrero 14, 2012

Aprender a cocinar


A algunos les parecerá una tontería. Otros, estarán de acuerdo. A otros más les sonará a algo que tiene algún sentido pero que no es para ellos. Todo eso lo tengo claro, pero igual lo voy a soltar aquí: una de las mejores cosas que uno puede aprender en la vida -como los idiomas, como administrar bien el dinero, como amar- es a comer y a cocinar. El que aprende a cocinar adquiere numerosas ventajas para vivir mejor. Comerá más sano, comerá mejor, estará más cómodo en su casa, tendrá una vida afectiva más provechosa y, en el caso de Venezuela, estará un poco más protegido de los sinsabores del entorno que está más allá de la puerta de su hogar. 
Piénsenlo: si uno sabe cocinar, podrá manejar mejor los siempre limitados recursos en uno de los países donde la comida es más cara y donde hay tanta especulación a lo largo de la cadena, desde el mercado hasta el restaurante. Por mucho que hacer mercado es también muy costoso para nosotros, es mucho más barato que comer afuera. Segundo argumento: si uno sabe cocinar, comerá mejor con la pareja, la familia y los amigos, pasará más y mejor tiempo con ellos, tendrá una dimensión afectiva más rica porque pocas cosas son mejores vehículos para los buenos sentimientos que la buena comida. Tercer argumento: si un cuenta con una casa en la que pueda cocinar y comer con comodidad, pues mejor todavía: esa casa será un mejor refugio del tráfico, la inseguridad. la hostilidad, la mala atención y la vulgaridad.
No siempre se puede, claro. Es muy difícil para quien vive alquilado en un cuarto o vive solo. O para quien tiene limitaciones alimenticias. A veces uno trabaja todo el día en la calle o muy lejos de casa, y simplemente no hay manera de escaparse de eso. A veces toca todas esas situaciones a la vez.
Pero en el caso de la cocina, mientras más se se sabe más de posibilidades hay de encontrar soluciones para la circunstancia personal. Por supuesto, siempre llegará el momento en que uno quiera salir, y en nuestras ciudades hay unos cuantos lugares de distinto presupuesto donde vale la pena comer. Venezuela es, en general, un país donde se puede comer muy bien. No se trata de aislarse del todo, de abandonar el espacio público, de renunciar a convivir con los demás. Pero de que el entorno es hostil, lo es, por la delincuencia, por la inflación, por las dificultades de la movilidad, por la mala atención y las muchas posibilidades de pasar un mal rato con otro conciudadano.
Creo que es un esfuerzo que vale la pena. No sólo por lo que uno se ahorra o se evita, sino por lo que gana. Porque hay pocas cosas mejores que un desayuno venezolano los domingos, con caraotas, queso, aguacate, arepa y huevos. Comer bien en casa induce a la conversación, a conocerse, a compartir la existencia con la gente que más quieres. Si se ejerce un trabajo que implica pasar demasiado tiempo en la computadora, cocinar sirve además como terapia. Es conectarse un poco más intensamente con las cosas sencillas y buenas de la vida, con la sal que hay en el cilantro, con el milagro de la levadura en el agua tibia, con la luz dorada del aceite de oliva. Si uno aprende a cocinar, vive mejor. De eso sí estoy segura. Como de que vale la pena el esfuerzo que haya que hacer para volverlo posible.

jueves, diciembre 29, 2011

2012: fin del mundo según los Mayas


Un cuento de Augusto Monterroso relata el triste final de un misionero español que intenta salvarse de la muerte diciéndole a sus captores mayas que, si lo sueltan, él hará que el sol se oculte por unos minutos. El misionero sabía que ese día habría un eclipse. Pero mucho más lo sabían los mayas que terminaron ejecutándolo mientras recitaban la lista de todos los eclipses parciales y totales de sol y de luna que habían ocurrido y que ocurrirían luego. 
Los mayas eran unos tipos muy avispados. No lo suficiente para evitar el colapso de su brillante civilización, pero sí como para calcular el tiempo y observar el cielo. Crearon un calendario en el que algunos han querido ver una profecía: que el 21 de diciembre de este año termina la cuenta del tiempo en este planeta y que el mundo se va a acabar. La Humanidad tiene una larga historia de anuncios fallidos del fin del mundo, pero en esta época de noticias “virales” e interconectividad global una profecía débil pero pintoresca como esa puede extenderse mucho y convertirse en una industria. El mundo no se va a acabar en diciembre próximo, pero en el camino se habrán ganado algunos dólares unos cuantos productores de películas y documentales, varios charlatanes del libro y los dueños de los hoteles y restaurantes cercanos a las magníficas ruinas mayas en Guatemala y México. 
No, 2012 no será nuestro último año. Pero tampoco será un año cualquiera, aunque la verdad es que no hemos tenido en Venezuela un “año cualquiera” en muchísimo tiempo, a menos que consideremos esto como un país normal o como una manera normal de vivir. Luego de ese tremendo 2011 que tuvimos y del que me estoy despidiendo, con tantas noticias inquietantes, todo indica que lo que nos viene es un año electoral con esteroides: dinero corriendo por la calle junto con violencia, con mentira, con locura y con uno que otro gesto de cierto heroísmo mientras la calidad de nuestra vida cotidiana sigue deteriorándose y nuestra salud mental colectiva, me temo, sigue retrocediendo. 
 Lamento no poder ofrecer un consuelo que sirva de algo; por muchos buenos deseos que pueda uno tener, las cosas son como son y no como a uno le gustaría que fueran. Y la verdad es que Venezuela no está nada bien, principalmente por las pésimas decisiones que unos cuantos entre nosotros tienden a tomar como si estuvieran condenados a hacerlo. El país está como está porque las condiciones que tiene lo determinan así. A veces parece que no pasara nada y a veces, como aquella semana de los incidentes en los aeropuertos, es como si todo hubiera comenzado a derrumbarse. La realidad eclosiona, se revienta: cosas que han estado preparándose durante años finalmente se manifiestan, cosas buenas y malas. El cambio es discontinuo, se esconde, corre por debajo de las capas que podemos ver de una realidad que parece paralizada, como el agua de un río que sigue fluyendo bajo su corteza congelada. 
Y el cambio viene. Simplemente las cosas no pueden seguir como van. Yo no sé cuán profundo será, pero no veo cómo vaya a ser fácil y complaciente para todos. Creo que muchas fantasías que nos hemos hecho sobre el futuro demostrarán justamente que sólo eran eso, fantasías. Pero creo que 2012 será un año para recordar. De vértigos, de incertidumbre, de riesgo en todos los ámbitos: más vértigo, incertidumbre y riesgo incluso de lo que nos hemos acostumbrado a vivir. No tendremos un apocalipsis maya, pero sí un año histórico.

domingo, octubre 09, 2011

El arte con actitud graffiti propone una ciudad distinta

Hace décadas, la pareja de artistas Christo Javacheff y Jeanne-Claude de Guillebon comenzaron a envolver edificios públicos o árboles como instalaciones temporales, violentas y felices irrupciones en la normalidad de la ciudad. Su trabajo servía para que los berlineses vieran el solemne palacio del Reichstag desde otra perspectiva, con más conciencia de sus volúmenes y menos de sus oscuros símbolos, o para que los neoyorquinos pasearan por varios tramos de Central Park como si lo hicieran dentro de un extraño sueño crepuscular. 

A diferencia del arte urbano tradicional en espacio público, como la esfera de Soto en Caracas, las esculturas de Ramírez Villamizar en Bogotá o las estatuas de Bellini en las fuentes de Roma, el de Christo y Jeanne-Claude era temporal y transformaba, mientras duraba, sitios públicos. Ellos estaban en un punto medio entre el arte que los gobernantes de una ciudad contratan con motivos de ornato o de propaganda desde la Antigüedad, y la incursión en el paisaje cotidiano que representa el graffiti (también muy viejo, pues comenzó, por lo menos, en la Roma de la República). Pero dentro del graffitti, que es un tema aparte, hay muchas cosas, desde el simple vandalismo, el más común, hasta el arte verdadero, ejercido con un cierto romanticismo del anonimato que han replicado ahora otros curiosos artistas de la ciudad y quienes se acercan a la zona intermedia de gente como Christo y Jeanne-Claude. Lo que hacen no es legal pero tampoco es vandálico, y nadie les paga para que lo hagan porque a veces ni siquiera se sabe quiénes son. 

En este mundo hay varias modalidades. Una es la de yarnbombing: grupos como KnittaPlease se organizan para intervenir (espontáneamente o por encargo de una institución) árboles, vehículos o piezas del mobiliario urbano con tejido de muchos colores. Esta tendencia se ha ido extendiendo por varios países. La artista polaca Agata Olek no va por el lado del anonimato sino que incluso invita al público a presenciar cómo forra de tejido algo como el famoso toro de Wall Street. Juliana Santa Cruz Herrera optó por un camino que la llenaría de trabajo en América Latina: tejer cobijas multicolores para los baches de las calles de París. En su obra, como en la de otros creadores de este movimiento en extensión, hay una vena indiscutible de activismo: otro rasgo en común con el ambiente del graffiti, que tan patente es en el grafitero más célebre de la Tierra, el británico Banksy. 

En él la intención no es tanto agregar contenido o belleza a la ciudad sino ingenio y sátira, e incluso protesta política, evidentemente; de ingenio y sátira se alimentan (y alimentan a los transeúntes) Obey Giant e Invader. El primero es un personaje difundido en medio mundo desde 1989 por Shepard Fairey, con un mensaje que alude a la sumisión a los grandes poderes de la modernidad. Fairey lo ha pegado en espacios urbanos y se ha ganado unas cuantas horas de detención a manos de las policías de distintos países… mientras trabaja a la vez como un exitoso diseñador gráfico, cuya obra más conocida es el retrato pop art de Barack Obama que el actual presidente de EEUU usó en su campaña. graffitiInvader, por su parte, es un artista parisino que oculta su identidad mientras “invade” espacio público o incluso privado con las imágenes que ha desarrollado a partir del videojuego Space Invaders. Sus obras también están en las galerías, pero sobre todo aparecen en los lugares más insospechados de ciudades en todo el mundo. 

Y cuando uno se lo encuentra, se siente muy bien esa irrupción de humor y guiño generacional en una pared cualquiera. De verdad agrega otros sentimientos a la experiencia del transeúnte, otros contenidos a la cotidianidad urbana. Igual que el arte más convencional, firmado con nombre y apellido, pero con un espíritu graffitero que se ejerce a favor de la sorpresa y del juego (aunque a las autoridades y unos cuantos vecinos esto le parezca que es digno de persecución). Usa varias técnicas, como el mosaico que reproduce los píxeles del juego, y reta a sus seguidores a encontrar sus personajes en lugares recónditos, lo que induce a determinados recorridos de la ciudad elegida. El colectivo estadounidense Monster Project produce lecturas también humorísticas de espacios deteriorados, al agregarles bocas, garras, dientes; el influyente artista callejero italiano Blu produce animaciones a partir de sus polémicos graffiti; en Brasil, donde hay verdaderos genios de esta forma de arte, Os Gemeos han hecho su propia escuela, que roza el expresionismo abstracto. Hay también un importante movimiento del stencil en Argentina y unos cuantos graffiteros serios en países como Venezuela, Colombia, México, Perú. Lo cierto es que este arte que tan a menudo incurre en el vandalismo activa una relación más intensa con la ciudad y en no pocas ocasiones mejora el entorno con destellos de indiscutible talento. No todo el arte urbano que merecemos y necesitamos tiene que ser objeto de una licitación o de un concurso.

jueves, agosto 18, 2011

Respetar gustos, respetar derechos...

El otro día conversando con un instalador de "sistemas de car audio" le planteaba la agresión que significa para los demás el hábito predominantemente masculino de pasearse por la calle, de día y de noche, con una música a volumen extremadamente alto reproducida en el sistema de sonido de un carro, el instalador le dijo ­en un tono muy respetuoso y obviamente al decir las cosas y que respetara los gustos de quienes quieren escuchar música a alto volumen. He pasado varios días pensando en ese reclamo del instalador, en cuanto a que yo debo respetar los gustos de quienes quieren escuchar música a alto volumen en sus vehículos, y obligarnos a los demás a escucharla también cuando se pasean con ellos con las ventanillas abiertas o se instalan bajo un edificio, en la orilla de una playa, en un espacio público cualquiera. Según él, soy yo el que está vulnerando los derechos de esas personas al cuestionar ese hábito, y no ellos los que se han tomado la atribución de despertar a quien sea en medio de la noche, o impedir el disfrute de un espacio público, o simplemente estar en el ámbito doméstico haciendo cualquier cosa o haciendo nada, sin que la música de otra persona nos invada.

Según ese señor, al parecer, debería yo respetar ­o sea, hacer silencio, no pronunciarme públicamente contra eso­ los gustos de los demás aunque constituyan una agresión. Porque para mí lo es, y no soy el único que lo piensa. Es un ataque a los derechos a la tranquilidad. Pero para él yo estoy equivocada, y siguiendo ese argumento suyo, debo yo respetar también el gusto de quien quiere beber en medio de la calle, porque es su gusto. U orinar en ella, también, porque le gusta. O, no sé, comer perro asado, martillar en medio de la noche, cualquier cosa que quepa en la casi infinita variedad de los gustos individuales.

Éstos están, en su visión de las cosas, encima de los derechos de los demás. Así que como a mí me gustan las playas solitarias, tendría, según él, el derecho de impedir por el medio que se me ocurra, violencia incluida, que otras personas usen la misma playa que yo mientras esté yo ahí.

Definitivamente, nuestra democracia falló al enseñarnos qué son los deberes y los derechos, qué hace que una sociedad funcione. Y lo que vino después de ella no parece haber hecho mucho por corregir esa falla histórica. ¿Soy yo la equivocada por hacer ver que sobre el gusto de un individuo por volverse sordo están los derechos a la tranquilidad de muchísimas personas más? No; lo que es un logro de la civilización moderna, la cultura de los derechos y los deberes en los que se basa la convivencia democrática, no es un error, sino que es nada menos que el cemento que mantiene unida a una sociedad e impide que degenere en el salvajismo de todos contra todos.

No, respetado instalador: los gustos individuales no están por encima de los derechos colectivos. Su expresión es válida hasta donde vulneran aquellos derechos. La libertad del individuo es otra cosa.

No es la libertad para agredir a los demás.

miércoles, agosto 03, 2011

La emboscada


A veces sobreviene ese ataque súbito, violento, de los buenos recuerdos, de una sensación de plenitud que antes teníamos. Emboscadas de la nostalgia, feroces, entrañables. Nostalgia de la inocencia, del desconocimiento, que ahora parecen tener otros con mucho más ruido y más sustancias, con mucho menos sensibilidad y belleza, con velocidad y placeres instantáneos. Algo que sólo la música y el alcohol nos devuelven como un querido fantasma que queremos abrazar y atar a este presente, pero que inevitablemente se desvanece.
¿Apego excesivo al pasado? Puede ser, pero ciertas condiciones del presente son las que producen esa conexión con el pasado, del mismo modo en que ciertas condiciones de aquel pasado producían unas conexiones con un futuro imaginado que no resultó, que vino a ser bien distinto.
Y qué importa que no sea real, ni racional en absoluto. Suelo predicar sobre que se debe hacer contacto con la realidad, que hay que poner atención al presente y poner los pies sobre la tierra. Pero a veces cómo provoca huir de ella, refugiarse en la fantasía del paraíso perdido, adentrarse en el delicado laberinto de espejos que es la memoria depurada, la que ha preservado los mejores recuerdos y ha guardad en el sótano más oscuro lo que no queremos revivir.
Con esa nitidez que habla de épocas en las que las reglas eran más claras y la realidad más predecible, con ese brillo que nos remonta a los mejores años de la infancia cuando creíamos en que las cosas tenían siempre detrás una sombra mágica, la luz de enero promueve esas fantasías, esos vértices, esos vértigos. A mí me hace recordar esa escena de una película e Bernardo Betolucci en que un viejo poeta, al entrar a una fiesta crepuscular en una maravillosa villa toscana, dice "beauty wounds the heart".
Porque para muchos de nosotros hubo años en los que pensábamos que todo era posible. El país y la edad nos desmintieron, claro, y no nos quedó otra que aceptarlo (otros, sin embargo, no lo hacen , no lo admiten: parecen aferrarse a esas y otras quimeras mientras aturden las calles con la música de sus carros, mientras pasan la noche entera bebiendo y gritando en una triste parodia de inmortalidad).
Esas emboscadas de la nostalgia nos inyectan mercurio en el pecho, una cosa plateada e inaprensible que se nos vierte por dentro y tarda algún rato en diluirse. Es algo que en ese momento no podemos transmitir a los demás y que se atraviesa en la percepción: entonces escucho las voces de los otros como una sordina, como si estuvieran del otro lado de una ventana.
Es una intoxicación temporal, que luego pasa, para dejar que la realidad del presente recupere su prosaica precisión espacial, sus alarmas y sus ruidos, sus presagios, sus temores y rumores, sus gritos en medio de la noche. Son momentos fugaces, esporádicos, pero hacen parte de tu vida, parte de ti, de tu visión del mundo. Están ahí, esperando la siguiente oportunidad, y ojalá regresen siempre. Ojalá no llegue uno a un momento en que ni eso pueda tener y la aridez de la realidad tangible lo reseque todo. Sobre todo, ojalá que uno pueda recuperar la serenidad que no permitía percibir el ritmo hondo de las cosas, que las angustias puedan quedarse al menos por unas horas tras la puerta para que sintamos al cielo girar sobre nosotros, y nada más.

sábado, marzo 12, 2011

Una noche más oscura


Llovió mucho. Demasiado. Y en medio de eso, la noche que cubría el país se hizo más profunda. Había una amenaza de luz a principios de este año, así que los administradores de la penumbra se apresuraron a rematar ese terrible 2010 con unos buenos disparos a los faroles. 
La noche había llegado ya, pero muchos prefirieron ignorarla, creyendo que la oscuridad era para los demás y no también para ellos, o que contaban con buenas linternas. Pero no: cuando una nube como ésta sepulta una nación entera, lo ensombrece todo y a todos, aunque haya quienes se beneficien de ella vendiendo luces que apenas alumbran o comerciando con la amenaza de más oscuridad. La Historia es enormemente abundante en las crónicas sobre la noche, sólo había que asomarse, aunque fuera un poquito a ella. Sólo había que atreverse a pensar. Pero no lo hicieron. Y los que sí habíamos previsto que todo se estaba tiznando como si lloviera carbón no fuimos suficientes para proteger las ventanas. Siempre había algo más importante para quienes seguían aturdiendo los cristales con el reguetón que salía de sus carros, sin darse cuenta de que la ceniza iba tapando las huellas de sus cauchos nuevos. 
Para muchos de nosotros, es la noche más profunda que hemos conocido. Los mayores recuerdan otra, pero a veces con increíble nostalgia, como si ciertas bondades de aquella época no hubieran sido producto de determinados factores económicos, sociales y hasta geográficos, sino obra de quienes habían apagado la luz. Para los que no vivimos aquellas sombras, las que ahora nos ocultan el cielo nos generan muchas preguntas, porque no sabemos vivir así, aunque nuestro paisaje nunca haya sido plenamente luminoso. Pese a que crecimos en una especie de tenue libertad atravesada por el riesgo, carecemos de experiencia propia sobre una existencia nocturna. Como las plantas, necesitamos el día. Pero ahora no nos queda otra que invertir la fotosíntesis. Cómo respirar en un espacio que a pesar de que tiene casi un millón de kilómetros cuadrados se vuelve cada vez más claustrofóbico, por ejemplo. Cómo salir adelante si uno no puede ver el camino. Cómo resguardar las velas de lo más sagrado cuando hay que apagarlo todo como si se esperara un bombardeo. 
 Las respuestas a esas preguntas serán lentas y difíciles. Pero debe haberlas. Debe haber el modo de sobrevivir a esto sin abrirle las puertas del espíritu a la negra inundación, sin hacerse cómplice. Líbreme el cielo de pedirle el martirio a los demás: sí puedo pedir que pongan atención, que abran bien los ojos, que como los de los gatos aprenderán a ver en las tinieblas. Mejorar el tacto para no dejar de percibir el contorno y la magnitud de las cosas. Afinar el oído para escuchar cómo se susurra la verdad bajo la gritería del ruido de lo permitido. Aprovechar la riqueza de la lengua para introducir cuñas de ironía en las pocas grietas que todavía quedan en las murallas de silencio, para que se resquebrajen. 
 Lo importante es que la vida siga. Aunque siga con los signos al mínimo, en espera de que vuelva a amanecer, porque algún día lo hará. Aunque siga en otra parte.

jueves, febrero 24, 2011

Desprecio al conocimiento


Acabo de culminar una parte importante de mi vida. Me gradúe de Odontólogo y fue una semana muy especial, disfrutando un sinfines de celebraciones que tomaban diferentes formas (almuerzos, cenas, misas y fiestas), tuve un acto de grado majestuoso y el rector pronunció un discurso que me hizo llorar. Luego, entre abrazos y felicitaciones, lo primero que la gente (familia, amigos, conocidos) me preguntaba es ¿y qué piensas hacer? Lo único que les podía decir y que sé que podía contestar es que quisiera irme del país. Lejos de Chávez, lejos de la inseguridad que se respira.

Viajar siempre me ha gustado, y me faltan muchos países por conocer, pero entre lo que conozco y lo que he leído, definitivamente mi próximo destino, es un lugar que ya conozco pero que podría vivir muy feliz, y ese país sería EEUU. Es un país mágico, y claro que tiene sus miles de defectos, pero es un país que aprecia el valor de estudiar, que constantemente te motiva para aprender cosas, que tiene las mejores universidad del mundo con un tipo de enseñanza eficiente y que es, a pesar de su economía no tan estable últimamente, un país que te ofrece certitud. Certitud en que trabajando honestamente, constantemente y sin despistarse serás exitosa. Más de lo que puedes decir de Venezuela.

Hay países (son unos cuantos, pero no muchos) que tienen el respeto al conocimiento como una norma. También tienen gente que reniega de los científicos y de los intelectuales, por supuesto, a todo nivel: Silvio Berlusconi en la cultísima Italia, por ejemplo, o el reaccionario movimiento Tea Party en esa inmensa fábrica de investigación en innovación que es Estados Unidos. En todos lados hay personas poco educadas que desconfían de quien tiene títulos universitarios y los usa. O de quien no los tiene, pero sabe su oficio, mantiene viva su curiosidad, se afana para resolver problemas. Estos países, algunos de ellos con mucha historia y otros con tanta como puede tener el nuestro, producen ciencia y cultura y las exportan, defienden una idea de progreso. Cuidan sus universidades y sus laboratorios, protegen la propiedad intelectual. Cuando sufren una crisis política o económica, o una catástrofe natural, tienen más posibilidades de defenderse, como lo hizo Chile con el terremoto del año pasado, o como lo hace Japón con el tsunami/terremoto/crisis nuclear desde el pasado viernes.

Y hay países (que sí son muchos más, me temo) donde una historia de exclusión, pobreza y precaria construcción de instituciones ha mantenido a anchos sectores de la población ajenos a los incuestionables beneficios de la buena educación (digo buena, porque no basta con alimentar las estadísticas oficiales: hay que proveer a esos millones de estudiantes una educación que verdaderamente les sirva para vivir mejor). Y en estos últimos, sobre todo cuando no hay una relación directa entre el nivel educativo y el éxito económico como es el caso de Venezuela, pasa que abunda la gente que no sólo no se preocupa por aprender y por pensar, sino que se enorgullece de no hacerlo. Que manifiesta una verdadera aversión a meterse información en la cabeza. Y también, repulsión hacia quienes sí quieren hacerlo. Repulsión que se manifiesta en la escuela, en la casa, en la calle, en los medios, en la industria, en el comercio, en el gobierno.

Se apoyan en la mayoría. Se apoyan en que, aquí, la ignorancia es aparentemente el paradigma, aunque suelan predicar lo contrario. Dicen que los que piensan son amargados, o amanerados, o inútiles, o cobardes. Aquí, la inteligencia ha sido insultada, siempre, por la izquierda y la derecha, por los gobiernos y por las oposiciones, por los civiles y por los militares, por los pobres y por los ricos. El antiintelectualismo, núcleo de los regímenes totalitarios, alimento de las dictaduras, ha estado aquí siempre. Claro, hoy vive una época dorada. Pero el uso que de esa fobia al conocimiento hacen en el presente el mercado y la política, ha existido aquí desde la Independencia.

Es algo que ha validado nuestra condición de país petrolero - y eso que sacar petróleo y venderlo bien requiere mucho conocimiento - porque el país ha vivido de eso, mal que bien, sin sentir mayor necesidad de ser competitivo ni verdaderamente productivo. Nos encanta decir que la educación es lo primero, pero luego, siempre nos oponemos a que construyan una escuela en la calle de enfrente.

La situación atraviesa los siglos y los gobiernos. Y mientras tanto, asfixian a las universidades y a instituciones como el IVIC. Y la gente que sí está preparada para manejar el país, o para levantar nuestra economía, o para mejorar nuestra calidad de vida, se harta y se va.

viernes, julio 02, 2010

Esa pantalla omnipresente


Hace poco leí un artículo viejo de 1995 sobre las estadísticas de consumo cultural y medios de comunicación en América Látina. Me llama  la atención que se medía la cantidad de habitantes por equipo de radio o por equipo de televisión, igual que cuántos educadores o médicos había por cada 1.000 ó 100.000 personas. No sé cuál es la relación entre equipos de televisión y número de habitantes hoy en Venezuela, pero debe haber aumentado considerablemente a favor de los televisores.
En este país no sólo hay uno o más televisores en cada casa, por lo general, incluso en las muy humildes, sino también abundan en restaurantes, cafés, clínicas, agencias bancarias, laboratorios, bares, aeropuertos, terminales. Con cada mundial de fútbol o campeonato de béisbol, se multiplican. No importa que cuesten una fortuna o que gasten mucha electricidad: al parecer, tiene que haber una pantalla ahí, en esa pared, porque si no los clientes no se detendrán en el local o los usuarios se pondrán histéricos.
Cada vez que me toca recalar en una sala de espera donde hay televisores, cosa que me pasa con enorme frecuencia, siento que esa pantalla está puesta ahí para que los pasajeros, ususarios, clientes o ciudadanos no nos pongamos fastidiosos. O sea, para que nos mantengamos distraídos, absortos, y no se nos ocurra pararnos a preguntar cuándo carrizo nos van a atender, por qué no hay más personal trabajando, por qué un proceso en apariencia simple tiene que quitarnos medio día. Siento que nos están tratando como a esos niños hiperactivos -o simplemente niños- a quienes plantan frente a un televisor para que no anden por ahí haciendo preguntas, paseando por la casa, viviendo. Lo menos que siento es que esa pantalla es una consideración para con nosotrs, sino una versión moderna y a la escala del "pan y circo" de los emperadores romanos, un populismo en miniatura.
Será porque éste es un país que gira en torno al televisor. Su política, su publicidad, su mercado de la fama está ahí. Claro que es un rasgo de la modernidad presente en casi todas las naciones de de la tierra, pero da la impresión de que Venezuela es particularmente afecta a pensar que sólo lo que sale en la tele es la que vale. Ahí está la estética reguetonera de la gorrita terciada, los grandes lentes de sol y los carros envenenados que definen la juventud y la virilidad en un nuestras ciudades. Ahí están la masiva exhibición de piel y la anatomía de la voluptuosidad obligatoria que ordena cómo debemos ser las mujeres. Ahí están la grosería, la gritería, los placeres instantáneos y el dinero fácil que caracterizan la única ideología que de verdad parece conquistar a las mayorías.
Mi problema no es con la televisión por sí misma. Es un medio que respeto y que también disfruto cuando encuentro en él cosas de calidad, que las hay. Mi problema es con la dependencia de ella, con su omnipresencia, con su bombardeo de saturación. Con su papel en nuestra cultura del ruido, en nuestra historia contemporánea y en nuestro desdén por el conocimiento. Nos obligan a ver televisión, todo el tiempo, en casi todas partes. A que nos pongamos atención en lo que ocurre a nuestro alrededor y nos atemos a lo que ofrece la pantalla. Como muchachitos fastidiosos.

viernes, mayo 28, 2010

Tú me entendiste


Trata de corregir a alguien que dijo algo mal. Te saldrá, muy probablemente, con un arma defensiva rabiosamente venezolana: "Bueno, tú me entendiste". Te está diciendo con eso que igual te hiciste una idea general de lo que quería comunicarte, y que decirlo bien o mal, con faltas graves a las normas de la lengua o usando palabras con pleno desconocimiento de su significado, no es lo que importa.
Pero parte de una premisa falsa: que se ha llegado al objetivo de comunicarse aunque las palabras no hayan sido las mejores. Y eso no está en absoluto garantizado. Puede haber dicho algo bien diferente de lo que quería decir. Mi profesora de teatro del bachillerato llamaba a eso "vomitar el parlamento".
Fuera de esa manía nacional porque uno diga "buenas tardes" y no diga "buenos días" despues de las doce del mediodía, el qué digamos y cómo lo digamos no parece tener mayor relevancia entre nosotros. Usamos las palabras como billetes de valor variable, que en un momento quieren decir una cosa y al siguiente otra. Todo el tiempo se llama aquí "exóticas" a las mujeres morenas con rasgos africanos o indígenas, cuando son justamente las menos exóticas, la más comunes, y todo el mundo parece haberlo aceptado así: que una palabra haya sido invertida por completo en su significado porque a las mayorías les suena bien. Y es un caso entre cientos.
Es muy cómodo para algunos que manejamos el lenguaje con tanto descuido, como sino fuera en absoluto importante. Es muy cómodo para los mediocres y los necios, y también para los pillos. En la ambigüedad, se puede colar siempre la mala intención. Por eso el lenguaje legal es tan obsesivo con dejar las cosas claras-aunque en una jerga cargada de siglos de tradición, y por lo común oscura para los legos-, porque si no, se pueden cometer injusticias. Por eso es tan importante, también, escribir muy bien una Constitución Nacional.
Es típico de las mala épocas de una sociedad, de sus épocas de decadencia y de atraso, que las cosas pierdan su significado. Toda nuestra cultura parece haberse impregnado del síndrome del "bueno, tú me entendiste", desde la publicidad comercial hasta la propaganda política, desde los noticieros hasta los salones de clase. Nos aferramos a verbos que no existe, a malas traducciones de palabras en otros idiomas, a absurdas interpretaciones recientes de palabras que nos eran familiares. Todo por lucir más modernos, más cosmopolitas, qué sé yo. Como decían los andinos de hace un siglo, mas "fiznos".
No se trata de que todos seamos lingüistas. Se trata de que adquiramos el valor de pensar, hablar y escribir con la misma precisión con que debemos manejar los cubiertos o el volante del carro, con la misma atención con que sacamos cuentas en la calculadora o nos aprendemos las funciones de un smartphone. Sin precisión, no seguimos instrucciones y no resolvemos los problemas con la eficiencia que merecen. O sea, no progresamos. Mientras esté tan extendido entre nosotros ese desgano por un mínimo de exactitud al relacionarnos, gobierne quien gobierne, cueste lo que cueste el barril de petróleo, estaremos pegados en el mismo hueco. Si nos conformamos con que "exótica" signifique lo contrario, también puede hacerse lo mismo con "democracia" o con "justicia".

domingo, abril 04, 2010

El trabajo como valor


Lo que ha pasado en torno a nuestra relación con el trabajo en los últimos 10 años forma parte del núcleo de nuestros problemas no sólo económicos, sino también sociales, políticos y hasta psicológicos. En un proceso de decadencia nacional que bien podría describirse como la profundización sistemática y constante de todos nuestros defectos colectivos, muchísima gente se ha ido acercando más al negrito de El Batey que a las folklóricas imágenes de pescadores, arrieros y oficinistas de los típicos videoclips del Himno Nacional. Aquel viejo merengue dice que el trabajo, para él, es un enemigo, que se lo deja todo al buey. Pues bien, en una sociedad urbana donde casi no quedan bueyes, ese buey es el Estado, que ha tendido a intercambiar iniciativa individual por dependencia crónica; es el compañero que debe trabajar doble; o es el cliente, el usuario, el ciudadano al que se supone que se debe atender y servir, que termina haciéndose justicia por su propia mano, buscando algún "camino verde" o yéndose para no volver.

El trabajo es mucho más que una actividad que hay que emprender para obtener recursos con los que sobrevivir o progresar materialmente. Es una enorme fuente de relaciones con los demás: en el trabajo uno encuentra grandes amigos y, con suerte, hasta su gran amor. Es una poderosa herramienta de crecimiento personal, que te ofrece la invaluable oportunidad de aprender más, de ser abierto y flexible, de entender qué es la ética, de conocerte a ti mismo y de ser mejor persona. Y por eso, aunque nuestra idiosincrasia nos induce a identificarlo con la esclavitud, como una humillación, es en realidad una vía de libertad individual: sólo puede ser libre para vivir como quiere quien decide esforzarse por ganarse las cosas a punta de conocimiento y de tenacidad, respetando a los demás y a sí mismo. No se puede ganar libertad si se depende de la limosna de otros, si se carece de una fuente de ingresos propios. Eso que llamaban antes "realizarse" se consigue con trabajo, y éste no debe depender del capricho de otros que te venden empleo a cambio de que les des siempre la razón, como es tan común entre nosotros. Por eso es tan importante que el Estado no secuestre la iniciativa personal, ni que lo hagan tampoco esas corporaciones que apuestan a que todos sus empleados sean iguales, una masa uniformada que repite eslóganes y debe conformarse con obedecer.

Nunca como en estos años se ha hecho tan evidente el modo en que nuestra manera de ver el país como si fuera una mina, o más bien un pozo petrolero, impide que éste progrese. Porque el que mira el lugar donde vive como un sitio al que hay que extraerle toda la riqueza de la tierra y luego levantar campamento, no ahorra, no estudia, no construye. El trabajo es disfrute del presente y levantamiento de futuro, es fortalecimiento del espíritu y energía intelectual, es negociación con los demás, búsqueda de normas que nos sirvan a todos y producción de libertad, de ciudadanía y de paz. Mientras sigamos viéndolo como una condena por la expulsión del paraíso, como algo que nos somete a la voluntad de otros o como una tarea insoportable a la que hay que boicotear con innumerables recesos y postergaciones, no saldremos adelante. Hay mucho que hacer en esta sociedad para alejarla del abismo. Y hay que empezar por trabajar mejor, con gusto y con inteligencia.

viernes, abril 02, 2010

Desarraigándonos


La severa dislocación , el descoyuntamiento de Venezuela de los últimos años la cuenta de cuándo comenzó la fractura es personal, al igual que la evaluación de esos daños, si los hubo ha comenzado a producir en algunos de nosotros una sensación de exilio, de yo no soy de aquí, de yo no pertenezco a esto.

Una sensación que se nos clava en el pecho y que nos hace preguntarnos, mirando a nuestro alrededor, qué es ser venezolano. Y si ser venezolano es eso que uno ve en la calle, o en la televisión, o en la prensa. Si ser venezolano es lo que el "gobierno" llama ser patriota o ser bolivariano. O es burlarse de toda norma. O es negarse a toda reflexión, a toda duda, a todo enfrentamiento con los muchos enigmas que nos tira la realidad a la cara, aunque tratemos de ver hacia otro lado. Si ser venezolano es sumergirse en el creciente río de gente que ha aceptado formar parte de la gran complicidad en cuanto a profundizar nuestros defectos colectivos.

Es algo más que la reclusión voluntaria, por cansancio del mundo exterior o por miedo a la inseguridad. Es la dolorosa vivencia de quien ha tenido que dejar su tierra y ha empezado a vivir entre extraños, ante un idioma que apenas comprende, ante un montón de reglas y de códigos que todavía no domina. Es comenzar a sentirse un exiliado sin haber salido de aquí, sin haber dado el paso que otros están dando: encaramarse en un vuelo internacional sin pasaje de regreso.

Sé que una vez más me insultarán los nacionalistas de escapulario y los que se creyeron Venezuela heroica, pero lo que me importa es que ustedes me entiendan. Intentaré explicarme: no es que a nosotros, los que nos estamos desarraigando, nos estén dejando de gustar las arepas o el queso Palmizulia. Nada que ver con eso. Ni que hayamos botado nuestros discos del Ensamble Gurrufío o nos haya cambiado el acento.

El problema va por otro lado: los valores. El conservarlos, el no poder convivir con los miles de tipos que los amenazan y que se burlan de ellos. Va por el lado del paisaje: parte del entorno físico de nuestra infancia o adolescencia ha sido demolido o contaminado hasta lo irreconocible. Nos cuesta mucho tomar la decisión de ir a una playa para verla en el estado en que está y someternos al clima de violencia que impera en la cola y en la arena. El problema es que nos criaron para una Venezuela que ya casi no encontramos por ninguna parte, salvo en nuestra memoria. Y esa Venezuela anterior, ese pequeño país nuestro, no estaba exento de mentiras ni de injusticias, no era ninguna Dinamarca, pero sin duda era preferible a este interminable reguetón, a esta siniestra adivinanza, a esta ruleta rusa.

Nos cambiaron todo, desde el escudo hasta la cédula, desde el billete de cinco hasta el reloj de La Previsora, el presupuesto personal, el simple hecho de tomarse un café con azúcar y leche. De paso, nos insultan, cada día, sin falta, en todos los periódicos, en los semáforos, en la cola del banco.

Y nos dicen, oficialmente: "Si no les gusta, que se vayan". Pero resulta que si ya no somos de aquí, tampoco somos de ninguna otra parte. No tenemos otra nacionalidad ni otro léxico. El país que al parecer perdimos era el único que teníamos. Ya no tenemos raíces: se las comieron las termitas, las cercenó una inundación. Estamos desarraigados, o en trance de serlo.

martes, febrero 02, 2010

apoyo a nerds


No todo es reguetonero machista y anoréxica orgullosa de su estupidez. No todo puede ser Daddy Yankee y Paris Hilton. La gente enormemente inteligente, aunque torpe y poco sexy, también está de moda. Sobre todo en Estados Unidos, donde el concepto de nerd tomó su forma, donde la nerdería la nerdness es una cultura y un mercado, y donde la producción de conocimiento que hace a ese país tan poderoso corre por cuenta, en muchos casos, de los nerds. The Big Bang Theory, una de las comedias televisivas más populares del mundo en este momento y que se ve mucho en Venezuela, es una celebración del universo nerd; uno de sus personajes principales, por cierto, viene de un país que está cambiando muchísimo gracias a un crecimiento económico basado en gran parte en producir miles de nerds en sus universidades cada año, India. Una historia agridulce y divertidísima sobre un nerd incorregible, La maravillosa vida breve de Oscar Wao, de Junot Díaz, ganó el premio Pulitzer en 2008. Películas de culto como Juno y Napoleon Dynamite o muy comerciales como Superbad reivindican no sólo la posibilidad que tienen los adolescentes tímidos y estudiosos de encontrar el amor o de salir de la soledad, sino también su derecho a ser diferentes, a no dejarse aplastar por el conformismo o la brutalidad de las mayorías.

Claro, eso es allá. Aquí, la verdad, es difícil decir que se premie al conocimiento o se respete la inteligencia, y menos ahora. Los distintos autoritarismos necesitan tener enfrente a cerebros débiles y manejables, no a mentes críticas e independientes que insisten en tener criterio propio sobre las cosas y en aprender continuamente para ser mejores. Los nerds no van mucho a los malls ni se alistan en las milicias. A ellos les gusta que los dejen en paz con sus juegos de rol, sus computadoras, sus libros y sus películas. Un nerd, pese a lo pedante que puede ser, es un libertario que quiere vivir y dejar vivir a los demás, que intenta proteger su habitación para que no se le meta la bulla de la bailoterapia o los insultos del tráfico. Un nerd quiere poder ver una película y vestirse como le parezca sin que nadie se meta en su vida. Cuida su libertad tanto como abarrota su cerebro de información que a los otros puede parecerles inútil. Por tanto, en un país como el nuestro, también el nerd tiene las cosas difíciles.

Pero cómo serían las cosas de distintas si aquí no sólo se les respetara más sino que se les apreciara y convocara, si se les escuchara. Si aquí hubiera también una gran rebelión nerd, una "venganza de los nerds", para invocar aquella tonta pero entrañable película de los años 80. Creo que no nos haría nada mal tener un poquito de nerdería, como sociedad. Sólo con grandes sonrisas, con chistes de doble sentido y con bailar bien no se progresa demasiado, ¿verdad? La pobreza no se resuelve con sex appeal. La economía no va a avanzar porque vayamos a sacar "papa" en un gimnasio o ponernos curvas en un quirófano. Ganar concursos de belleza no incide en el PIB ni en el Índice de Desarrollo Humano de la UNESCO. Podremos ser los más populares de la clase, pero si seguimos sacando tan malas notas nos vamos a quedar repitiendo el mismo curso por siempre. Persiguiendo la inteligencia una generación tras otra, una bonanza petrolera tras otra, sólo conseguimos hundirnos más.

¡Nerds de Venezuela, uníos!

domingo, enero 31, 2010

incertidumbre


¿En qué consiste esta incertidumbre? Parece ser tan omnipresente que uno no puede ni determinar dónde empieza y dónde termina. Ni siquiera es fácil explicarla, no digamos escribir sobre ella.

Pero es una característica central de la vida en Venezuela en este momento, aunque podría decirse con razón que todo el mundo está sumido en ella.

Sin embargo, éste debe ser ahora uno de los países más inciertos del planeta: no sabemos exactamente cuántos somos, cuánto petróleo vendemos ni qué se hace con esa plata. No sabemos cómo hacer para ahorrar, para invertir, para pensar a mediano o largo plazo. No sabemos cómo convertirnos en independientes, en emprendedores, en dar el siguiente paso del progreso; ni cómo crear un entorno verdaderamente seguro para nuestros seres queridos; ni cómo hallar el modo de vivir sin conseguirse problemas con un Estado que nos considera enemigos o con un sector privado al que la psicosis de supervivencia ha vuelto en muchos casos más agresivo y avaricioso.

Todo horizonte se nos ha enturbiado, ensombrecido, tanto el del futuro como el del pasado.

Tenemos sobre nosotros tantas mentiras y rumores que no alcanzamos ni a ver con claridad el mismísimo presente. De hecho, la misma incertidumbre nos ha volcado a medidas desesperadas, como a creer en especies sin ningún fundamento que nos llegan por e-mail en lugar de a una pieza periodística bien sustentada. O nos dejamos llevar por la fantasía infantil de que el pasado ­al que por otra parte hemos idealizado, olvidando deliberadamente lo malo que también tenía­ puede en un buen día restaurarse intacto; esa ensoñación late bajo esa frase común de que vivimos una pesadilla, tras la cual despertaremos para seguir viviendo como si nada. Pero no; tristemente, como en el famoso minicuento de Monterroso, cuando despertemos el dinosaurio todavía estará allí. El país cambió, irremediablemente, aunque no podemos todavía saber cuánto.

Llegará, porque siempre llega, una época en la que se despeje la humareda y podamos distinguir con nitidez el paisaje que tenemos por delante.

Podremos entonces diseñar un presupuesto familiar, abrir una empresa, estudiar con ganas, planificar algo, cualquier cosa, a cualquier nivel.

Hasta entonces, hasta que arriben esos días en que tendremos que pagar la certeza con las malas noticias que significará darse cuenta del estado en que quedó Venezuela tras estos largos años de más pérdidas que ganancias, no nos queda sino vivir en la incertidumbre. Ser como esas monedas chinas, cuadradas por dentro (el mandato taoísta de la rigidez moral) y redondas por fuera, capaces de adaptarse y de rodar en cualquier condición. Tendremos que ser flexibles e inteligentes, pacientes y despiertos, enormemente cautelosos. De nada nos servirá empeñarnos en creer que las cosas no están cada vez peor. Pero sí nos hará bien tener presente que nada dura para siempre, que algunos misterios al final se resuelven, que los grandes mentirosos eventualmente pierden la voz y que, si uno ha podido resguardar dentro de sí lo más valioso de la sensibilidad y la cordura, podrá contar con que será capaz de prosperar en cualquier entorno ­o lugar­ mejor que éste.

viernes, enero 29, 2010

sans espoir



Lo han notado nuestros padres, parientes y profesores universitarios: esa masiva desesperación que manifestamos los jóvenes por dejar el país apenas nos gradúemos. Desesperación que en muchos casos es compartida por nuestros padres, hartos de la inseguridad. Y pueden entender las razones que tenemos para sentirnos así. Pero no deja de ser alarmante que precisamente nosotros, en esta edad en que solemos creer que cualquier cosa es posible y que el mundo nos pertenece, que tenemos tanta energía y menos responsabilidades que los que somos mayores, hayamos decretado el fin de este país.

Claro, no somos todos. Deben haber unos cuantos que no piensan en eso, que en realidad no piensan mucho. Y conocemos también a los luchadores del movimiento estudiantil que han intentado inyectarle al resto de la sociedad la idea de que sí se pueden mejorar las cosas. No obstante, el número de venezolanos entre 18 y 25 años que consideramos que Venezuela no va para ningún lado, o para ningún lado bueno, y que en lo que a nosotros nos concierne lo único que se nos ocurre es tratar de emigrar, debe ser bastante alto. No tengo una cifra que publicar aquí, pero no creo estar exagerando. Sean cuantos sean, al parecer son muchísimos.

Algo muy hondo se debe haber roto en esta sociedad para que se nos esté ocurriendo eso. Porque unos cuantos de nosotros sumidos en la desesperanza precoz somos talentosos, aplicados e ingeniosos. Somos gente con valores, obligada a madurar por la fuerza ante la violencia y el miedo, que no dejo de pensar en las ideas de qué puedo hacer una vez tenga mi título en la mano, y que muchas veces trasmito repugnancia por todo lo que me rodea, en casa, en el aula de clases, en la calle, en la televisión.

He visto ancianos a los que no les queda mucha vida con más optimismo que nosotros. En las colas de votación, por ejemplo. Hasta en la generación alrededor de mis papás, traumatizada por el intenso declive nacional que ha podido atestiguar desde los años 80 para acá, tiende a tratar de matizar el alcance de los daños.

Pero mis panas y yo no conocimos el país anterior a 1989, y ya tenemos demasiadas ganas de tirar la toalla por esto. No doy ni medio. Mis papas, los que llegaron antes, pueden al menos recordar un país mejor y confiar en que no se haya perdido del todo; yo no confío.

Así que renuncio a seguir esperando. No quisiera desperdiciar mi juventud aquí.

Y mientras tanto, hay quien nos dice que, bueno, si no nos gusta esto, que nos larguemos, que aquí nadie nos quiere. Quien se nos ríe en la cara, que no sabemos nada, que este país está lleno de oportunidades para quien las sabe aprovechar. Hay quienes nos escuchan como las únicas voces intáctas, las únicas conciencias puras e incontaminadas, y nos asignan un papel de oráculos que no queremos, pero mientras estémos en Venezuela lo asumimos. Y hay quienes nos persigue y nos caza.

Pero qué duro es oír a mis panitas hablar así. Verlos ir a clases con ese desgano, o trabajar de mala gana. Qué duro es verlos desarraigados. Una generación de desesperanzados. Una generación que ya renunció. Aunque estén haciendo música o graffiti, aunque estén aprendiendo lo que quieren aprender y viendo cómo hacer salir sus talentos. En una nación demográficamente joven, hay demasiados jóvenes que queremos crecer en otra parte. Algo muy malo debe estar ocurriendo aquí. Algo que no se puede ocultar.

jueves, enero 07, 2010

31 en Tucacas


"Recibí" 2010, como solemos decir, en la posada de Rene en Tucacas, oyendo con parte de mi gente viejos números de La Sonora Matancera y explosiones de pólvora, sin ponernos de acuerdo sobre cuál de nuestros relojes debíamos seguir.
Alrededor de esa posada sabemos que estamos en un pueblo violentamente contradictorio, todo una representación física y social de lo que es Venezuela.
Entre las calles - que cuando no son de tierra son de asfalto quebrado y descolorido - se alzaban frente al mar edificios en los que abundan apartamentos de un cuarto de millón de dólares, de gente que sólo se mete al pueblo a comprar hielo y empanadas, antes de abordar sus yates en las marinas cercanas, embarcaciones que en los cayos compiten no sólo en tamaño, sino también con el volumen del reguetón que sale de sus cornetas.
Esas viviendas vacacionales se comprar y se venden en un pueblo donde prácticamente no hay policía y donde hay asesinatos cada semana. Un pueblo con mucha gente refugiada en lo que fueron prósperos hoteles para la clase media y donde los negocios de comida son asaltados, a plena luz del día, con una frecuencia exasperante. Tucacas tiene sus médicos cubanos, sus malandros, sus pequeños empresarios y sus dramas sanitarios como cualquier barrio de Caracas. Sólo que todo esto está a metros del lujo y del despilfarro, a orillas de un mar que trae brisa como trae contaminación, la que le vierten a él desde las costas cercanas. Hay mucho dinero en Tucacas, pero casi ningún desarrollo. La electricidad va y viene, las inundaciones lo han aislado del país y lo han sumergido en agua maloliente, la inseguridad lo tiene aterrado. 
Pero junto a todo eso, estaba también la belleza. Esa ligazón entre injusticia y hermosura que es tan característica de esta región del mundo. Tucacas está ahí gracias a esa joya del Caribe que es el parque nacional Morrocoy, que sobrevive gracias al esfuerzo de unos pocos -funcionarios y trabajadores locales- y pese a la presión de todos los demás. Hace siglos que vive gente en esa costa -en la que Conquista flechaban ahí mismo a los adelantados españoles- pero son esos cayos y esos manglares los que hacen el lugar tan valioso. Esa última noche de 2009, los albatros tijereta y los alcatraces se escondieron durante el crepúsculo en los árboles del morro antes de que se propagaran las explosiones, planeando transversalmente entre las masas de viento que venían del mar. Y cuando se acercaba la medianoche, subió el vallenato desde la casas de bloque, se intensificó la música de Los Melódicos en el complejo de apartamentos donde celebraban una fiesta común, y se multiplicó en el cielo variable, con nubes rápidas que de vez en cuando nos salpicaban de llovizna, la nube de relámpagos de colores, racimos de estrellas artificiales y ráfagas de truenos chinos que la gente encendía en los patios, las aceras y las terrazas.
Unos cuantos encendieron grandes globos de papel. A medida que se calentaban sus atmósferas interiores, subían por los costados de los edificios hasta que los superaban en altura, y entonces el viento de la playa los metía tierra adentro, hacia la ciénaga a oscuras. Los globos avanzaban un par de kilómetros y luego perdían altura, como preguntas que no encontraban respuesta. Llegaba 2010 con todas sus interrogantes y el mar rugía despacio, siempre por su cuenta, ajeno a sus vecinos humanos y sus problemas, sus malas decisiones, sus miedos y sus esperanzas.

sábado, enero 02, 2010

feliz año 2010

No sé, no veo cómo decir que 2009 fue un año bueno para Venezuela. Fue seco y caluroso, incluso en diciembre. Fue más conflictivo que los anteriores, más tenso, más violento, con una notable contracción económica y una también muy evidente pérdida de libertad y de calidad de vida.

Nuestra capital no pudo salvarse más de los apagones y los racionamientos de agua que tenía tiempo sufriéndose en el interior, y esta provincia, a su vez, copia cada vez más la inseguridad y el tráfico de la capital. Por desgracia, en 2009, en general, se profundizaron nuestros problemas nacionales y nuestros defectos como sociedad: más ruido, más sinrazón, más mentiras, más abuso y más devastación moral.

Dicen las encuestas al menos las que han caído en mis manos que la mayor parte de la población ya no cree en nadie ni veo que vayamos por buen camino. Pero unos cuantos tenemos la sensación de que hay muchos bastante conformes, o al menos indiferentes, con el modo en que se encuentra el país. Esa sensación nos produce una dolorosa orfandad, por no decir desarraigo, desconexión. Unos cuantos sentimos que ya no podemos reconocer el país en el que nacimos y nos criamos, que no lo entendemos, que no nos escucha. Y que este país que nos formó ahora nos resulta impredecible y hostil.

Creo que recordaré 2009 como el año del exilio interno y externo, y el año en que muchísima gente (mas que en otros años) preguntaron a mis padres si no pensaban en irse. El año de Twitter, de las idas de agua y luz, de muchas noticias buenas y malas. Un año de frustración y de desesperanza en lo que concierne a los asuntos colectivos, en el que no obstante vi todavía muchos esfuerzos individuales por salir hacia delante, incluso en la cultura y en los medios, que tantos golpes sufrieron. Probablemente sea un año de transición, en el que algo ha empezado a cambiar. Pero no tengo idea de en cuál dirección se ha hecho ese cambio.

Creo que son tiempos en que uno debe tomar decisiones importantes, hacerse preguntas que nunca se ha hecho, buscar dentro de sí la humildad, la valentía y la claridad que tanto cuesta encontrar fuera. Creo que hay que reunirse con los más cercanos y hablar de lo que nos pasa. Revisar las prioridades. Proteger, como a una rara flor de invernadero, la decencia.

Los tiempos mejores que estamos esperando no parecen estar a la vuelta de la esquina, así que hay que ser fuertes, disciplinados y atentos. Mi deseo es que usemos un poco más la cabeza, que gritemos menos, toquemos menos la corneta y pongamos más atención. Que contemos hasta diez antes de reaccionar y que tratemos, una vez más, de ponernos en lugar del otro. Mi deseo es que este año abramos más los ojos y los oídos, que aprendamos aceptación y flexibilidad, que no nos caigamos a cobas. A lo mejor así logramos que 2010 sea mejor que 2009. Ojalá.

jueves, diciembre 31, 2009

frecuencia alterada

Más allá de sus colas, sus ruidos y sus agobios, que también los tiene, el cambio de año suele colocarnos en una frecuencia distinta. Es una especie de conspiración benévola. Para muchos, baja la presión del trabajo o el estudio, se suspende la rutina y hasta hay algún dinerito de más. A unos cuantos los moviliza la música que suena por todas partes, hasta en los pasillos burocráticos; a otros, nos anima la luz prodigiosa, el cielo despejado en el que de noche hasta se ven las estrellas.

Nos sentimos distintos, pensamos distinto. El encontrarnos con los amigos, la familia y los exiliados que vienen de visita nos suelta la lengua y cuando le cuento lo que ha sido de mi termino descubriendo en mi pasado reciente coincidencias que habían pasado desapercibidas.

Uno construye con los demás un relato del año, un capítulo nuevo de la autobiografía que mal que bien vamos redactando para consumo propio y de los interesados.

Ahí es que formulamos las famosas promesas, el dejar de fumar, la dieta y el ejercicio y lo que tendremos que hacer y el dinero que esperamos ganar, todas esas cosas que vemos enormemente factibles la noche del treinta y uno pero que empiezan a mostrarse menos factibles en la mañana del siete de enero. Pero también podemos llegar a decisiones más drásticas: sobre la pareja o la ausencia de ella, sobre la carrera, la casa, la ciudad en que se vive o se malvive, el país.

Leyendo los libros atrasados, viajando si se puede o redescubriendo la habitación propia, en estos días, siento como que abro más los ojos. Veo menos las tragedias de alrededor, o por lo menos intento hacerlo, y me veo un poco más a mi mismo.

A mí me intriga mucho esa frecuencia extraña en que nos meten diciembre y enero, el modo en que uno se siente el primer día del nuevo año, la mezcla tan curiosa que, si se está atento, aparece en el paisaje interior: algo de melancolía, algo de optimismo, conciencia de la pérdida, conciencia de lo que se puede tener que antes no se ha tenido. En estos meses, la suspensión parcial o total de las rutinas permite que esa luz fantástica que baja del cielo despejado nos fracture la cáscara que nos oculta de nosotros mismos. Lo cual puede ser agradable o no. Pero es, sin duda, una oportunidad de conocimiento y de crecimiento si se la sabe aprovechar.

Me pregunto si esa persona que uno descubre en sí mismo durante esta época es una ilusión, una personalidad alterada por las circunstancias, o por el contrario el ser más verdadero, el auténtico.

Me pregunto si uno es más la persona más lenta, reflexiva y eventualmente alegre de diciembre y enero, que la agobiada, acalorada y furibunda de mayo o septiembre. Me pregunto por qué es tan difícil sostener esa atención y esa mirada hacia dentro que podemos obtener a fin de año. Y qué pasaría si lo lográramos, si lográramos ser todo el año tan audaces para querer cambiar y ser mejores, tan dados a llamar a la gente que se quiere, y también tan despilfarradores y un poco más irresponsables. Tal vez no trabajaríamos nunca, es verdad. Pero tal vez seríamos, por otro lado, distintos, distintos para bien.

No sé, son cosas para los que no tengo respuestas sino preguntas. Será la influencia de estos días, y la sospecha que traen, de que lo que vemos es en realidad algo más.

sábado, diciembre 12, 2009

la odisea de cadivi

El actual gobierno venezolano me parece que le gusta desafiar, en exceso, economicante a su pueblo. Si sometiera a votacion como venezolanos mas angustiar cuando vamos a hacer unos tramites de banco, estoy segura que ganaria las carpetas de los codiciados dolares de Cadivi.

Hace nada cerraron el Banco Canarias en el cual yo tenia mis ahorros y mi tarjeta de credito de Cadivi. Ahora tendre que meter papeles en otro banco para sacar mi tarjeta de Credito y luego esperar 6 meses de uso para poder pedir mis cupos de Cadivi. No puedo culpar al Estado por esto, ahora me tuviese que meter con la falta de consideracion y de sentido de comunidad que se caracteriza los presidentes banqueros venezolanos ante situaciones de crisis (se robaron toda la plata).

Pero bueno a lo que voy, ya la lista de requisitos de Cadivi cada dia se pone mas quisquillosa e inexplicable (sobre todo para mis amigos extranjeros que tienen la dicha de no poder vivir aca) pero ademas esta disenada para hacerte sentir el poder de una casta burocratica que pareciera odiarte desde entrada, como si hubieras hecho algo gravisimo, un misterioso pecado original. Que es no te gusta tu pais?, parece decirte el Estado.

Es una normativa cada vez mas engorrosa que cambia con desesperante frecuencia, forzando a toda la nacion a seguir su paso de elefante enloquecido. Y a ti, a preguntarte si estas cometiendo algun crimen por querer viajar unos dias a otro pais. Crimen que comenzaste a expiar con la lucha para obtener un pasaporte y que, si logras tomar ese avion, te acompanara en la angustia que sentiras cada vez que entregues la tarjeta de credito para pagar una cuenta, sin saber si pasara o no.

El relato de la "odisea de Cadivi", con sus anecdotas de gente gritando fuera de si en el banco y de empleados abrumados por los insultos que reciben de ocho y media a tres y media, se ha instalado entre nosotros como el del conductor violente, el del trafico inviable o el la sociedad peligrosa. emas muchos mas importantes que este? Cuantos venezolanos en realidad necesitan esos dolares para viajar al exterior? Eso podria discutirse. Pero el asunto de los dolares etos afecta a toda la economia, a la de quienes viajamos con frecuencia por lo menos (sin hablar de las importaciones necesarias en un pais que solo se produce Petroleo).

Cadivi te obliga a callarte y aguantar porque tienes un bozal de arepa; esos dolares estan subvencionados. Un bozal de arepa obligatorio, porque de los otros dolares no se puede ni hablar. Te impregna de burocratismo, intenta hacer de ti un funcionario necio y un poco sadico. Te inocula la logica del tu sabes como es todo, del ayudame con algo, de la suspension de la transparencia y la razon a favor de lo imprevisible y lo caprichoso, ese pantano innavegable en el que no tienes mas que renunciar o acceder a la sonrisita, el chocolatico, el mi amor, la resignacion. O te la calas y te adaptas, o no viajas.

Es la "organizacion" del Estado. Cadivi nos dice que el poder de ese Estado nos alcanza en Caracas o en Estambul. Y nosotros, sin saber que mas hacer, nos adaptamos.

miércoles, noviembre 11, 2009

Oración a San Marcos de Leon

San Marco Bravo de Leon, bravo en el monte, vos que dominasteis la daga y el dragon, quiero que amanses el corazon de la Profesora Ana Teresa Fleitas y el Profesor Juan Carlos Vielma.

Ah San Marcos! Bravo en el monte, vos que amansasteis tigres, leones, serpientes y panteras por este gran poder que Dios te dio, pido que si por justicia, ellos quisieran hacer alguna traicion me los pongas mansos y humildes, asi como Santa Maria puso a la serpiente, por tu gran poder, por la verdadera magia que tienes.

Oh poderoso Santo, quiero que me los devuelvas manso y humilde hasta el ultimo dia de su gloria (o por lo menos hasta el 26 de noviembre).

Amen.