jueves, agosto 18, 2011

Respetar gustos, respetar derechos...

El otro día conversando con un instalador de "sistemas de car audio" le planteaba la agresión que significa para los demás el hábito predominantemente masculino de pasearse por la calle, de día y de noche, con una música a volumen extremadamente alto reproducida en el sistema de sonido de un carro, el instalador le dijo ­en un tono muy respetuoso y obviamente al decir las cosas y que respetara los gustos de quienes quieren escuchar música a alto volumen. He pasado varios días pensando en ese reclamo del instalador, en cuanto a que yo debo respetar los gustos de quienes quieren escuchar música a alto volumen en sus vehículos, y obligarnos a los demás a escucharla también cuando se pasean con ellos con las ventanillas abiertas o se instalan bajo un edificio, en la orilla de una playa, en un espacio público cualquiera. Según él, soy yo el que está vulnerando los derechos de esas personas al cuestionar ese hábito, y no ellos los que se han tomado la atribución de despertar a quien sea en medio de la noche, o impedir el disfrute de un espacio público, o simplemente estar en el ámbito doméstico haciendo cualquier cosa o haciendo nada, sin que la música de otra persona nos invada.

Según ese señor, al parecer, debería yo respetar ­o sea, hacer silencio, no pronunciarme públicamente contra eso­ los gustos de los demás aunque constituyan una agresión. Porque para mí lo es, y no soy el único que lo piensa. Es un ataque a los derechos a la tranquilidad. Pero para él yo estoy equivocada, y siguiendo ese argumento suyo, debo yo respetar también el gusto de quien quiere beber en medio de la calle, porque es su gusto. U orinar en ella, también, porque le gusta. O, no sé, comer perro asado, martillar en medio de la noche, cualquier cosa que quepa en la casi infinita variedad de los gustos individuales.

Éstos están, en su visión de las cosas, encima de los derechos de los demás. Así que como a mí me gustan las playas solitarias, tendría, según él, el derecho de impedir por el medio que se me ocurra, violencia incluida, que otras personas usen la misma playa que yo mientras esté yo ahí.

Definitivamente, nuestra democracia falló al enseñarnos qué son los deberes y los derechos, qué hace que una sociedad funcione. Y lo que vino después de ella no parece haber hecho mucho por corregir esa falla histórica. ¿Soy yo la equivocada por hacer ver que sobre el gusto de un individuo por volverse sordo están los derechos a la tranquilidad de muchísimas personas más? No; lo que es un logro de la civilización moderna, la cultura de los derechos y los deberes en los que se basa la convivencia democrática, no es un error, sino que es nada menos que el cemento que mantiene unida a una sociedad e impide que degenere en el salvajismo de todos contra todos.

No, respetado instalador: los gustos individuales no están por encima de los derechos colectivos. Su expresión es válida hasta donde vulneran aquellos derechos. La libertad del individuo es otra cosa.

No es la libertad para agredir a los demás.

miércoles, agosto 03, 2011

La emboscada


A veces sobreviene ese ataque súbito, violento, de los buenos recuerdos, de una sensación de plenitud que antes teníamos. Emboscadas de la nostalgia, feroces, entrañables. Nostalgia de la inocencia, del desconocimiento, que ahora parecen tener otros con mucho más ruido y más sustancias, con mucho menos sensibilidad y belleza, con velocidad y placeres instantáneos. Algo que sólo la música y el alcohol nos devuelven como un querido fantasma que queremos abrazar y atar a este presente, pero que inevitablemente se desvanece.
¿Apego excesivo al pasado? Puede ser, pero ciertas condiciones del presente son las que producen esa conexión con el pasado, del mismo modo en que ciertas condiciones de aquel pasado producían unas conexiones con un futuro imaginado que no resultó, que vino a ser bien distinto.
Y qué importa que no sea real, ni racional en absoluto. Suelo predicar sobre que se debe hacer contacto con la realidad, que hay que poner atención al presente y poner los pies sobre la tierra. Pero a veces cómo provoca huir de ella, refugiarse en la fantasía del paraíso perdido, adentrarse en el delicado laberinto de espejos que es la memoria depurada, la que ha preservado los mejores recuerdos y ha guardad en el sótano más oscuro lo que no queremos revivir.
Con esa nitidez que habla de épocas en las que las reglas eran más claras y la realidad más predecible, con ese brillo que nos remonta a los mejores años de la infancia cuando creíamos en que las cosas tenían siempre detrás una sombra mágica, la luz de enero promueve esas fantasías, esos vértices, esos vértigos. A mí me hace recordar esa escena de una película e Bernardo Betolucci en que un viejo poeta, al entrar a una fiesta crepuscular en una maravillosa villa toscana, dice "beauty wounds the heart".
Porque para muchos de nosotros hubo años en los que pensábamos que todo era posible. El país y la edad nos desmintieron, claro, y no nos quedó otra que aceptarlo (otros, sin embargo, no lo hacen , no lo admiten: parecen aferrarse a esas y otras quimeras mientras aturden las calles con la música de sus carros, mientras pasan la noche entera bebiendo y gritando en una triste parodia de inmortalidad).
Esas emboscadas de la nostalgia nos inyectan mercurio en el pecho, una cosa plateada e inaprensible que se nos vierte por dentro y tarda algún rato en diluirse. Es algo que en ese momento no podemos transmitir a los demás y que se atraviesa en la percepción: entonces escucho las voces de los otros como una sordina, como si estuvieran del otro lado de una ventana.
Es una intoxicación temporal, que luego pasa, para dejar que la realidad del presente recupere su prosaica precisión espacial, sus alarmas y sus ruidos, sus presagios, sus temores y rumores, sus gritos en medio de la noche. Son momentos fugaces, esporádicos, pero hacen parte de tu vida, parte de ti, de tu visión del mundo. Están ahí, esperando la siguiente oportunidad, y ojalá regresen siempre. Ojalá no llegue uno a un momento en que ni eso pueda tener y la aridez de la realidad tangible lo reseque todo. Sobre todo, ojalá que uno pueda recuperar la serenidad que no permitía percibir el ritmo hondo de las cosas, que las angustias puedan quedarse al menos por unas horas tras la puerta para que sintamos al cielo girar sobre nosotros, y nada más.

sábado, marzo 12, 2011

Una noche más oscura


Llovió mucho. Demasiado. Y en medio de eso, la noche que cubría el país se hizo más profunda. Había una amenaza de luz a principios de este año, así que los administradores de la penumbra se apresuraron a rematar ese terrible 2010 con unos buenos disparos a los faroles. 
La noche había llegado ya, pero muchos prefirieron ignorarla, creyendo que la oscuridad era para los demás y no también para ellos, o que contaban con buenas linternas. Pero no: cuando una nube como ésta sepulta una nación entera, lo ensombrece todo y a todos, aunque haya quienes se beneficien de ella vendiendo luces que apenas alumbran o comerciando con la amenaza de más oscuridad. La Historia es enormemente abundante en las crónicas sobre la noche, sólo había que asomarse, aunque fuera un poquito a ella. Sólo había que atreverse a pensar. Pero no lo hicieron. Y los que sí habíamos previsto que todo se estaba tiznando como si lloviera carbón no fuimos suficientes para proteger las ventanas. Siempre había algo más importante para quienes seguían aturdiendo los cristales con el reguetón que salía de sus carros, sin darse cuenta de que la ceniza iba tapando las huellas de sus cauchos nuevos. 
Para muchos de nosotros, es la noche más profunda que hemos conocido. Los mayores recuerdan otra, pero a veces con increíble nostalgia, como si ciertas bondades de aquella época no hubieran sido producto de determinados factores económicos, sociales y hasta geográficos, sino obra de quienes habían apagado la luz. Para los que no vivimos aquellas sombras, las que ahora nos ocultan el cielo nos generan muchas preguntas, porque no sabemos vivir así, aunque nuestro paisaje nunca haya sido plenamente luminoso. Pese a que crecimos en una especie de tenue libertad atravesada por el riesgo, carecemos de experiencia propia sobre una existencia nocturna. Como las plantas, necesitamos el día. Pero ahora no nos queda otra que invertir la fotosíntesis. Cómo respirar en un espacio que a pesar de que tiene casi un millón de kilómetros cuadrados se vuelve cada vez más claustrofóbico, por ejemplo. Cómo salir adelante si uno no puede ver el camino. Cómo resguardar las velas de lo más sagrado cuando hay que apagarlo todo como si se esperara un bombardeo. 
 Las respuestas a esas preguntas serán lentas y difíciles. Pero debe haberlas. Debe haber el modo de sobrevivir a esto sin abrirle las puertas del espíritu a la negra inundación, sin hacerse cómplice. Líbreme el cielo de pedirle el martirio a los demás: sí puedo pedir que pongan atención, que abran bien los ojos, que como los de los gatos aprenderán a ver en las tinieblas. Mejorar el tacto para no dejar de percibir el contorno y la magnitud de las cosas. Afinar el oído para escuchar cómo se susurra la verdad bajo la gritería del ruido de lo permitido. Aprovechar la riqueza de la lengua para introducir cuñas de ironía en las pocas grietas que todavía quedan en las murallas de silencio, para que se resquebrajen. 
 Lo importante es que la vida siga. Aunque siga con los signos al mínimo, en espera de que vuelva a amanecer, porque algún día lo hará. Aunque siga en otra parte.

jueves, febrero 24, 2011

Desprecio al conocimiento


Acabo de culminar una parte importante de mi vida. Me gradúe de Odontólogo y fue una semana muy especial, disfrutando un sinfines de celebraciones que tomaban diferentes formas (almuerzos, cenas, misas y fiestas), tuve un acto de grado majestuoso y el rector pronunció un discurso que me hizo llorar. Luego, entre abrazos y felicitaciones, lo primero que la gente (familia, amigos, conocidos) me preguntaba es ¿y qué piensas hacer? Lo único que les podía decir y que sé que podía contestar es que quisiera irme del país. Lejos de Chávez, lejos de la inseguridad que se respira.

Viajar siempre me ha gustado, y me faltan muchos países por conocer, pero entre lo que conozco y lo que he leído, definitivamente mi próximo destino, es un lugar que ya conozco pero que podría vivir muy feliz, y ese país sería EEUU. Es un país mágico, y claro que tiene sus miles de defectos, pero es un país que aprecia el valor de estudiar, que constantemente te motiva para aprender cosas, que tiene las mejores universidad del mundo con un tipo de enseñanza eficiente y que es, a pesar de su economía no tan estable últimamente, un país que te ofrece certitud. Certitud en que trabajando honestamente, constantemente y sin despistarse serás exitosa. Más de lo que puedes decir de Venezuela.

Hay países (son unos cuantos, pero no muchos) que tienen el respeto al conocimiento como una norma. También tienen gente que reniega de los científicos y de los intelectuales, por supuesto, a todo nivel: Silvio Berlusconi en la cultísima Italia, por ejemplo, o el reaccionario movimiento Tea Party en esa inmensa fábrica de investigación en innovación que es Estados Unidos. En todos lados hay personas poco educadas que desconfían de quien tiene títulos universitarios y los usa. O de quien no los tiene, pero sabe su oficio, mantiene viva su curiosidad, se afana para resolver problemas. Estos países, algunos de ellos con mucha historia y otros con tanta como puede tener el nuestro, producen ciencia y cultura y las exportan, defienden una idea de progreso. Cuidan sus universidades y sus laboratorios, protegen la propiedad intelectual. Cuando sufren una crisis política o económica, o una catástrofe natural, tienen más posibilidades de defenderse, como lo hizo Chile con el terremoto del año pasado, o como lo hace Japón con el tsunami/terremoto/crisis nuclear desde el pasado viernes.

Y hay países (que sí son muchos más, me temo) donde una historia de exclusión, pobreza y precaria construcción de instituciones ha mantenido a anchos sectores de la población ajenos a los incuestionables beneficios de la buena educación (digo buena, porque no basta con alimentar las estadísticas oficiales: hay que proveer a esos millones de estudiantes una educación que verdaderamente les sirva para vivir mejor). Y en estos últimos, sobre todo cuando no hay una relación directa entre el nivel educativo y el éxito económico como es el caso de Venezuela, pasa que abunda la gente que no sólo no se preocupa por aprender y por pensar, sino que se enorgullece de no hacerlo. Que manifiesta una verdadera aversión a meterse información en la cabeza. Y también, repulsión hacia quienes sí quieren hacerlo. Repulsión que se manifiesta en la escuela, en la casa, en la calle, en los medios, en la industria, en el comercio, en el gobierno.

Se apoyan en la mayoría. Se apoyan en que, aquí, la ignorancia es aparentemente el paradigma, aunque suelan predicar lo contrario. Dicen que los que piensan son amargados, o amanerados, o inútiles, o cobardes. Aquí, la inteligencia ha sido insultada, siempre, por la izquierda y la derecha, por los gobiernos y por las oposiciones, por los civiles y por los militares, por los pobres y por los ricos. El antiintelectualismo, núcleo de los regímenes totalitarios, alimento de las dictaduras, ha estado aquí siempre. Claro, hoy vive una época dorada. Pero el uso que de esa fobia al conocimiento hacen en el presente el mercado y la política, ha existido aquí desde la Independencia.

Es algo que ha validado nuestra condición de país petrolero - y eso que sacar petróleo y venderlo bien requiere mucho conocimiento - porque el país ha vivido de eso, mal que bien, sin sentir mayor necesidad de ser competitivo ni verdaderamente productivo. Nos encanta decir que la educación es lo primero, pero luego, siempre nos oponemos a que construyan una escuela en la calle de enfrente.

La situación atraviesa los siglos y los gobiernos. Y mientras tanto, asfixian a las universidades y a instituciones como el IVIC. Y la gente que sí está preparada para manejar el país, o para levantar nuestra economía, o para mejorar nuestra calidad de vida, se harta y se va.

viernes, julio 02, 2010

Esa pantalla omnipresente


Hace poco leí un artículo viejo de 1995 sobre las estadísticas de consumo cultural y medios de comunicación en América Látina. Me llama  la atención que se medía la cantidad de habitantes por equipo de radio o por equipo de televisión, igual que cuántos educadores o médicos había por cada 1.000 ó 100.000 personas. No sé cuál es la relación entre equipos de televisión y número de habitantes hoy en Venezuela, pero debe haber aumentado considerablemente a favor de los televisores.
En este país no sólo hay uno o más televisores en cada casa, por lo general, incluso en las muy humildes, sino también abundan en restaurantes, cafés, clínicas, agencias bancarias, laboratorios, bares, aeropuertos, terminales. Con cada mundial de fútbol o campeonato de béisbol, se multiplican. No importa que cuesten una fortuna o que gasten mucha electricidad: al parecer, tiene que haber una pantalla ahí, en esa pared, porque si no los clientes no se detendrán en el local o los usuarios se pondrán histéricos.
Cada vez que me toca recalar en una sala de espera donde hay televisores, cosa que me pasa con enorme frecuencia, siento que esa pantalla está puesta ahí para que los pasajeros, ususarios, clientes o ciudadanos no nos pongamos fastidiosos. O sea, para que nos mantengamos distraídos, absortos, y no se nos ocurra pararnos a preguntar cuándo carrizo nos van a atender, por qué no hay más personal trabajando, por qué un proceso en apariencia simple tiene que quitarnos medio día. Siento que nos están tratando como a esos niños hiperactivos -o simplemente niños- a quienes plantan frente a un televisor para que no anden por ahí haciendo preguntas, paseando por la casa, viviendo. Lo menos que siento es que esa pantalla es una consideración para con nosotrs, sino una versión moderna y a la escala del "pan y circo" de los emperadores romanos, un populismo en miniatura.
Será porque éste es un país que gira en torno al televisor. Su política, su publicidad, su mercado de la fama está ahí. Claro que es un rasgo de la modernidad presente en casi todas las naciones de de la tierra, pero da la impresión de que Venezuela es particularmente afecta a pensar que sólo lo que sale en la tele es la que vale. Ahí está la estética reguetonera de la gorrita terciada, los grandes lentes de sol y los carros envenenados que definen la juventud y la virilidad en un nuestras ciudades. Ahí están la masiva exhibición de piel y la anatomía de la voluptuosidad obligatoria que ordena cómo debemos ser las mujeres. Ahí están la grosería, la gritería, los placeres instantáneos y el dinero fácil que caracterizan la única ideología que de verdad parece conquistar a las mayorías.
Mi problema no es con la televisión por sí misma. Es un medio que respeto y que también disfruto cuando encuentro en él cosas de calidad, que las hay. Mi problema es con la dependencia de ella, con su omnipresencia, con su bombardeo de saturación. Con su papel en nuestra cultura del ruido, en nuestra historia contemporánea y en nuestro desdén por el conocimiento. Nos obligan a ver televisión, todo el tiempo, en casi todas partes. A que nos pongamos atención en lo que ocurre a nuestro alrededor y nos atemos a lo que ofrece la pantalla. Como muchachitos fastidiosos.

viernes, mayo 28, 2010

Tú me entendiste


Trata de corregir a alguien que dijo algo mal. Te saldrá, muy probablemente, con un arma defensiva rabiosamente venezolana: "Bueno, tú me entendiste". Te está diciendo con eso que igual te hiciste una idea general de lo que quería comunicarte, y que decirlo bien o mal, con faltas graves a las normas de la lengua o usando palabras con pleno desconocimiento de su significado, no es lo que importa.
Pero parte de una premisa falsa: que se ha llegado al objetivo de comunicarse aunque las palabras no hayan sido las mejores. Y eso no está en absoluto garantizado. Puede haber dicho algo bien diferente de lo que quería decir. Mi profesora de teatro del bachillerato llamaba a eso "vomitar el parlamento".
Fuera de esa manía nacional porque uno diga "buenas tardes" y no diga "buenos días" despues de las doce del mediodía, el qué digamos y cómo lo digamos no parece tener mayor relevancia entre nosotros. Usamos las palabras como billetes de valor variable, que en un momento quieren decir una cosa y al siguiente otra. Todo el tiempo se llama aquí "exóticas" a las mujeres morenas con rasgos africanos o indígenas, cuando son justamente las menos exóticas, la más comunes, y todo el mundo parece haberlo aceptado así: que una palabra haya sido invertida por completo en su significado porque a las mayorías les suena bien. Y es un caso entre cientos.
Es muy cómodo para algunos que manejamos el lenguaje con tanto descuido, como sino fuera en absoluto importante. Es muy cómodo para los mediocres y los necios, y también para los pillos. En la ambigüedad, se puede colar siempre la mala intención. Por eso el lenguaje legal es tan obsesivo con dejar las cosas claras-aunque en una jerga cargada de siglos de tradición, y por lo común oscura para los legos-, porque si no, se pueden cometer injusticias. Por eso es tan importante, también, escribir muy bien una Constitución Nacional.
Es típico de las mala épocas de una sociedad, de sus épocas de decadencia y de atraso, que las cosas pierdan su significado. Toda nuestra cultura parece haberse impregnado del síndrome del "bueno, tú me entendiste", desde la publicidad comercial hasta la propaganda política, desde los noticieros hasta los salones de clase. Nos aferramos a verbos que no existe, a malas traducciones de palabras en otros idiomas, a absurdas interpretaciones recientes de palabras que nos eran familiares. Todo por lucir más modernos, más cosmopolitas, qué sé yo. Como decían los andinos de hace un siglo, mas "fiznos".
No se trata de que todos seamos lingüistas. Se trata de que adquiramos el valor de pensar, hablar y escribir con la misma precisión con que debemos manejar los cubiertos o el volante del carro, con la misma atención con que sacamos cuentas en la calculadora o nos aprendemos las funciones de un smartphone. Sin precisión, no seguimos instrucciones y no resolvemos los problemas con la eficiencia que merecen. O sea, no progresamos. Mientras esté tan extendido entre nosotros ese desgano por un mínimo de exactitud al relacionarnos, gobierne quien gobierne, cueste lo que cueste el barril de petróleo, estaremos pegados en el mismo hueco. Si nos conformamos con que "exótica" signifique lo contrario, también puede hacerse lo mismo con "democracia" o con "justicia".

domingo, abril 04, 2010

El trabajo como valor


Lo que ha pasado en torno a nuestra relación con el trabajo en los últimos 10 años forma parte del núcleo de nuestros problemas no sólo económicos, sino también sociales, políticos y hasta psicológicos. En un proceso de decadencia nacional que bien podría describirse como la profundización sistemática y constante de todos nuestros defectos colectivos, muchísima gente se ha ido acercando más al negrito de El Batey que a las folklóricas imágenes de pescadores, arrieros y oficinistas de los típicos videoclips del Himno Nacional. Aquel viejo merengue dice que el trabajo, para él, es un enemigo, que se lo deja todo al buey. Pues bien, en una sociedad urbana donde casi no quedan bueyes, ese buey es el Estado, que ha tendido a intercambiar iniciativa individual por dependencia crónica; es el compañero que debe trabajar doble; o es el cliente, el usuario, el ciudadano al que se supone que se debe atender y servir, que termina haciéndose justicia por su propia mano, buscando algún "camino verde" o yéndose para no volver.

El trabajo es mucho más que una actividad que hay que emprender para obtener recursos con los que sobrevivir o progresar materialmente. Es una enorme fuente de relaciones con los demás: en el trabajo uno encuentra grandes amigos y, con suerte, hasta su gran amor. Es una poderosa herramienta de crecimiento personal, que te ofrece la invaluable oportunidad de aprender más, de ser abierto y flexible, de entender qué es la ética, de conocerte a ti mismo y de ser mejor persona. Y por eso, aunque nuestra idiosincrasia nos induce a identificarlo con la esclavitud, como una humillación, es en realidad una vía de libertad individual: sólo puede ser libre para vivir como quiere quien decide esforzarse por ganarse las cosas a punta de conocimiento y de tenacidad, respetando a los demás y a sí mismo. No se puede ganar libertad si se depende de la limosna de otros, si se carece de una fuente de ingresos propios. Eso que llamaban antes "realizarse" se consigue con trabajo, y éste no debe depender del capricho de otros que te venden empleo a cambio de que les des siempre la razón, como es tan común entre nosotros. Por eso es tan importante que el Estado no secuestre la iniciativa personal, ni que lo hagan tampoco esas corporaciones que apuestan a que todos sus empleados sean iguales, una masa uniformada que repite eslóganes y debe conformarse con obedecer.

Nunca como en estos años se ha hecho tan evidente el modo en que nuestra manera de ver el país como si fuera una mina, o más bien un pozo petrolero, impide que éste progrese. Porque el que mira el lugar donde vive como un sitio al que hay que extraerle toda la riqueza de la tierra y luego levantar campamento, no ahorra, no estudia, no construye. El trabajo es disfrute del presente y levantamiento de futuro, es fortalecimiento del espíritu y energía intelectual, es negociación con los demás, búsqueda de normas que nos sirvan a todos y producción de libertad, de ciudadanía y de paz. Mientras sigamos viéndolo como una condena por la expulsión del paraíso, como algo que nos somete a la voluntad de otros o como una tarea insoportable a la que hay que boicotear con innumerables recesos y postergaciones, no saldremos adelante. Hay mucho que hacer en esta sociedad para alejarla del abismo. Y hay que empezar por trabajar mejor, con gusto y con inteligencia.

viernes, abril 02, 2010

Desarraigándonos


La severa dislocación , el descoyuntamiento de Venezuela de los últimos años la cuenta de cuándo comenzó la fractura es personal, al igual que la evaluación de esos daños, si los hubo ha comenzado a producir en algunos de nosotros una sensación de exilio, de yo no soy de aquí, de yo no pertenezco a esto.

Una sensación que se nos clava en el pecho y que nos hace preguntarnos, mirando a nuestro alrededor, qué es ser venezolano. Y si ser venezolano es eso que uno ve en la calle, o en la televisión, o en la prensa. Si ser venezolano es lo que el "gobierno" llama ser patriota o ser bolivariano. O es burlarse de toda norma. O es negarse a toda reflexión, a toda duda, a todo enfrentamiento con los muchos enigmas que nos tira la realidad a la cara, aunque tratemos de ver hacia otro lado. Si ser venezolano es sumergirse en el creciente río de gente que ha aceptado formar parte de la gran complicidad en cuanto a profundizar nuestros defectos colectivos.

Es algo más que la reclusión voluntaria, por cansancio del mundo exterior o por miedo a la inseguridad. Es la dolorosa vivencia de quien ha tenido que dejar su tierra y ha empezado a vivir entre extraños, ante un idioma que apenas comprende, ante un montón de reglas y de códigos que todavía no domina. Es comenzar a sentirse un exiliado sin haber salido de aquí, sin haber dado el paso que otros están dando: encaramarse en un vuelo internacional sin pasaje de regreso.

Sé que una vez más me insultarán los nacionalistas de escapulario y los que se creyeron Venezuela heroica, pero lo que me importa es que ustedes me entiendan. Intentaré explicarme: no es que a nosotros, los que nos estamos desarraigando, nos estén dejando de gustar las arepas o el queso Palmizulia. Nada que ver con eso. Ni que hayamos botado nuestros discos del Ensamble Gurrufío o nos haya cambiado el acento.

El problema va por otro lado: los valores. El conservarlos, el no poder convivir con los miles de tipos que los amenazan y que se burlan de ellos. Va por el lado del paisaje: parte del entorno físico de nuestra infancia o adolescencia ha sido demolido o contaminado hasta lo irreconocible. Nos cuesta mucho tomar la decisión de ir a una playa para verla en el estado en que está y someternos al clima de violencia que impera en la cola y en la arena. El problema es que nos criaron para una Venezuela que ya casi no encontramos por ninguna parte, salvo en nuestra memoria. Y esa Venezuela anterior, ese pequeño país nuestro, no estaba exento de mentiras ni de injusticias, no era ninguna Dinamarca, pero sin duda era preferible a este interminable reguetón, a esta siniestra adivinanza, a esta ruleta rusa.

Nos cambiaron todo, desde el escudo hasta la cédula, desde el billete de cinco hasta el reloj de La Previsora, el presupuesto personal, el simple hecho de tomarse un café con azúcar y leche. De paso, nos insultan, cada día, sin falta, en todos los periódicos, en los semáforos, en la cola del banco.

Y nos dicen, oficialmente: "Si no les gusta, que se vayan". Pero resulta que si ya no somos de aquí, tampoco somos de ninguna otra parte. No tenemos otra nacionalidad ni otro léxico. El país que al parecer perdimos era el único que teníamos. Ya no tenemos raíces: se las comieron las termitas, las cercenó una inundación. Estamos desarraigados, o en trance de serlo.

martes, febrero 02, 2010

apoyo a nerds


No todo es reguetonero machista y anoréxica orgullosa de su estupidez. No todo puede ser Daddy Yankee y Paris Hilton. La gente enormemente inteligente, aunque torpe y poco sexy, también está de moda. Sobre todo en Estados Unidos, donde el concepto de nerd tomó su forma, donde la nerdería la nerdness es una cultura y un mercado, y donde la producción de conocimiento que hace a ese país tan poderoso corre por cuenta, en muchos casos, de los nerds. The Big Bang Theory, una de las comedias televisivas más populares del mundo en este momento y que se ve mucho en Venezuela, es una celebración del universo nerd; uno de sus personajes principales, por cierto, viene de un país que está cambiando muchísimo gracias a un crecimiento económico basado en gran parte en producir miles de nerds en sus universidades cada año, India. Una historia agridulce y divertidísima sobre un nerd incorregible, La maravillosa vida breve de Oscar Wao, de Junot Díaz, ganó el premio Pulitzer en 2008. Películas de culto como Juno y Napoleon Dynamite o muy comerciales como Superbad reivindican no sólo la posibilidad que tienen los adolescentes tímidos y estudiosos de encontrar el amor o de salir de la soledad, sino también su derecho a ser diferentes, a no dejarse aplastar por el conformismo o la brutalidad de las mayorías.

Claro, eso es allá. Aquí, la verdad, es difícil decir que se premie al conocimiento o se respete la inteligencia, y menos ahora. Los distintos autoritarismos necesitan tener enfrente a cerebros débiles y manejables, no a mentes críticas e independientes que insisten en tener criterio propio sobre las cosas y en aprender continuamente para ser mejores. Los nerds no van mucho a los malls ni se alistan en las milicias. A ellos les gusta que los dejen en paz con sus juegos de rol, sus computadoras, sus libros y sus películas. Un nerd, pese a lo pedante que puede ser, es un libertario que quiere vivir y dejar vivir a los demás, que intenta proteger su habitación para que no se le meta la bulla de la bailoterapia o los insultos del tráfico. Un nerd quiere poder ver una película y vestirse como le parezca sin que nadie se meta en su vida. Cuida su libertad tanto como abarrota su cerebro de información que a los otros puede parecerles inútil. Por tanto, en un país como el nuestro, también el nerd tiene las cosas difíciles.

Pero cómo serían las cosas de distintas si aquí no sólo se les respetara más sino que se les apreciara y convocara, si se les escuchara. Si aquí hubiera también una gran rebelión nerd, una "venganza de los nerds", para invocar aquella tonta pero entrañable película de los años 80. Creo que no nos haría nada mal tener un poquito de nerdería, como sociedad. Sólo con grandes sonrisas, con chistes de doble sentido y con bailar bien no se progresa demasiado, ¿verdad? La pobreza no se resuelve con sex appeal. La economía no va a avanzar porque vayamos a sacar "papa" en un gimnasio o ponernos curvas en un quirófano. Ganar concursos de belleza no incide en el PIB ni en el Índice de Desarrollo Humano de la UNESCO. Podremos ser los más populares de la clase, pero si seguimos sacando tan malas notas nos vamos a quedar repitiendo el mismo curso por siempre. Persiguiendo la inteligencia una generación tras otra, una bonanza petrolera tras otra, sólo conseguimos hundirnos más.

¡Nerds de Venezuela, uníos!

domingo, enero 31, 2010

incertidumbre


¿En qué consiste esta incertidumbre? Parece ser tan omnipresente que uno no puede ni determinar dónde empieza y dónde termina. Ni siquiera es fácil explicarla, no digamos escribir sobre ella.

Pero es una característica central de la vida en Venezuela en este momento, aunque podría decirse con razón que todo el mundo está sumido en ella.

Sin embargo, éste debe ser ahora uno de los países más inciertos del planeta: no sabemos exactamente cuántos somos, cuánto petróleo vendemos ni qué se hace con esa plata. No sabemos cómo hacer para ahorrar, para invertir, para pensar a mediano o largo plazo. No sabemos cómo convertirnos en independientes, en emprendedores, en dar el siguiente paso del progreso; ni cómo crear un entorno verdaderamente seguro para nuestros seres queridos; ni cómo hallar el modo de vivir sin conseguirse problemas con un Estado que nos considera enemigos o con un sector privado al que la psicosis de supervivencia ha vuelto en muchos casos más agresivo y avaricioso.

Todo horizonte se nos ha enturbiado, ensombrecido, tanto el del futuro como el del pasado.

Tenemos sobre nosotros tantas mentiras y rumores que no alcanzamos ni a ver con claridad el mismísimo presente. De hecho, la misma incertidumbre nos ha volcado a medidas desesperadas, como a creer en especies sin ningún fundamento que nos llegan por e-mail en lugar de a una pieza periodística bien sustentada. O nos dejamos llevar por la fantasía infantil de que el pasado ­al que por otra parte hemos idealizado, olvidando deliberadamente lo malo que también tenía­ puede en un buen día restaurarse intacto; esa ensoñación late bajo esa frase común de que vivimos una pesadilla, tras la cual despertaremos para seguir viviendo como si nada. Pero no; tristemente, como en el famoso minicuento de Monterroso, cuando despertemos el dinosaurio todavía estará allí. El país cambió, irremediablemente, aunque no podemos todavía saber cuánto.

Llegará, porque siempre llega, una época en la que se despeje la humareda y podamos distinguir con nitidez el paisaje que tenemos por delante.

Podremos entonces diseñar un presupuesto familiar, abrir una empresa, estudiar con ganas, planificar algo, cualquier cosa, a cualquier nivel.

Hasta entonces, hasta que arriben esos días en que tendremos que pagar la certeza con las malas noticias que significará darse cuenta del estado en que quedó Venezuela tras estos largos años de más pérdidas que ganancias, no nos queda sino vivir en la incertidumbre. Ser como esas monedas chinas, cuadradas por dentro (el mandato taoísta de la rigidez moral) y redondas por fuera, capaces de adaptarse y de rodar en cualquier condición. Tendremos que ser flexibles e inteligentes, pacientes y despiertos, enormemente cautelosos. De nada nos servirá empeñarnos en creer que las cosas no están cada vez peor. Pero sí nos hará bien tener presente que nada dura para siempre, que algunos misterios al final se resuelven, que los grandes mentirosos eventualmente pierden la voz y que, si uno ha podido resguardar dentro de sí lo más valioso de la sensibilidad y la cordura, podrá contar con que será capaz de prosperar en cualquier entorno ­o lugar­ mejor que éste.

viernes, enero 29, 2010

sans espoir



Lo han notado nuestros padres, parientes y profesores universitarios: esa masiva desesperación que manifestamos los jóvenes por dejar el país apenas nos gradúemos. Desesperación que en muchos casos es compartida por nuestros padres, hartos de la inseguridad. Y pueden entender las razones que tenemos para sentirnos así. Pero no deja de ser alarmante que precisamente nosotros, en esta edad en que solemos creer que cualquier cosa es posible y que el mundo nos pertenece, que tenemos tanta energía y menos responsabilidades que los que somos mayores, hayamos decretado el fin de este país.

Claro, no somos todos. Deben haber unos cuantos que no piensan en eso, que en realidad no piensan mucho. Y conocemos también a los luchadores del movimiento estudiantil que han intentado inyectarle al resto de la sociedad la idea de que sí se pueden mejorar las cosas. No obstante, el número de venezolanos entre 18 y 25 años que consideramos que Venezuela no va para ningún lado, o para ningún lado bueno, y que en lo que a nosotros nos concierne lo único que se nos ocurre es tratar de emigrar, debe ser bastante alto. No tengo una cifra que publicar aquí, pero no creo estar exagerando. Sean cuantos sean, al parecer son muchísimos.

Algo muy hondo se debe haber roto en esta sociedad para que se nos esté ocurriendo eso. Porque unos cuantos de nosotros sumidos en la desesperanza precoz somos talentosos, aplicados e ingeniosos. Somos gente con valores, obligada a madurar por la fuerza ante la violencia y el miedo, que no dejo de pensar en las ideas de qué puedo hacer una vez tenga mi título en la mano, y que muchas veces trasmito repugnancia por todo lo que me rodea, en casa, en el aula de clases, en la calle, en la televisión.

He visto ancianos a los que no les queda mucha vida con más optimismo que nosotros. En las colas de votación, por ejemplo. Hasta en la generación alrededor de mis papás, traumatizada por el intenso declive nacional que ha podido atestiguar desde los años 80 para acá, tiende a tratar de matizar el alcance de los daños.

Pero mis panas y yo no conocimos el país anterior a 1989, y ya tenemos demasiadas ganas de tirar la toalla por esto. No doy ni medio. Mis papas, los que llegaron antes, pueden al menos recordar un país mejor y confiar en que no se haya perdido del todo; yo no confío.

Así que renuncio a seguir esperando. No quisiera desperdiciar mi juventud aquí.

Y mientras tanto, hay quien nos dice que, bueno, si no nos gusta esto, que nos larguemos, que aquí nadie nos quiere. Quien se nos ríe en la cara, que no sabemos nada, que este país está lleno de oportunidades para quien las sabe aprovechar. Hay quienes nos escuchan como las únicas voces intáctas, las únicas conciencias puras e incontaminadas, y nos asignan un papel de oráculos que no queremos, pero mientras estémos en Venezuela lo asumimos. Y hay quienes nos persigue y nos caza.

Pero qué duro es oír a mis panitas hablar así. Verlos ir a clases con ese desgano, o trabajar de mala gana. Qué duro es verlos desarraigados. Una generación de desesperanzados. Una generación que ya renunció. Aunque estén haciendo música o graffiti, aunque estén aprendiendo lo que quieren aprender y viendo cómo hacer salir sus talentos. En una nación demográficamente joven, hay demasiados jóvenes que queremos crecer en otra parte. Algo muy malo debe estar ocurriendo aquí. Algo que no se puede ocultar.

jueves, enero 07, 2010

31 en Tucacas


"Recibí" 2010, como solemos decir, en la posada de Rene en Tucacas, oyendo con parte de mi gente viejos números de La Sonora Matancera y explosiones de pólvora, sin ponernos de acuerdo sobre cuál de nuestros relojes debíamos seguir.
Alrededor de esa posada sabemos que estamos en un pueblo violentamente contradictorio, todo una representación física y social de lo que es Venezuela.
Entre las calles - que cuando no son de tierra son de asfalto quebrado y descolorido - se alzaban frente al mar edificios en los que abundan apartamentos de un cuarto de millón de dólares, de gente que sólo se mete al pueblo a comprar hielo y empanadas, antes de abordar sus yates en las marinas cercanas, embarcaciones que en los cayos compiten no sólo en tamaño, sino también con el volumen del reguetón que sale de sus cornetas.
Esas viviendas vacacionales se comprar y se venden en un pueblo donde prácticamente no hay policía y donde hay asesinatos cada semana. Un pueblo con mucha gente refugiada en lo que fueron prósperos hoteles para la clase media y donde los negocios de comida son asaltados, a plena luz del día, con una frecuencia exasperante. Tucacas tiene sus médicos cubanos, sus malandros, sus pequeños empresarios y sus dramas sanitarios como cualquier barrio de Caracas. Sólo que todo esto está a metros del lujo y del despilfarro, a orillas de un mar que trae brisa como trae contaminación, la que le vierten a él desde las costas cercanas. Hay mucho dinero en Tucacas, pero casi ningún desarrollo. La electricidad va y viene, las inundaciones lo han aislado del país y lo han sumergido en agua maloliente, la inseguridad lo tiene aterrado. 
Pero junto a todo eso, estaba también la belleza. Esa ligazón entre injusticia y hermosura que es tan característica de esta región del mundo. Tucacas está ahí gracias a esa joya del Caribe que es el parque nacional Morrocoy, que sobrevive gracias al esfuerzo de unos pocos -funcionarios y trabajadores locales- y pese a la presión de todos los demás. Hace siglos que vive gente en esa costa -en la que Conquista flechaban ahí mismo a los adelantados españoles- pero son esos cayos y esos manglares los que hacen el lugar tan valioso. Esa última noche de 2009, los albatros tijereta y los alcatraces se escondieron durante el crepúsculo en los árboles del morro antes de que se propagaran las explosiones, planeando transversalmente entre las masas de viento que venían del mar. Y cuando se acercaba la medianoche, subió el vallenato desde la casas de bloque, se intensificó la música de Los Melódicos en el complejo de apartamentos donde celebraban una fiesta común, y se multiplicó en el cielo variable, con nubes rápidas que de vez en cuando nos salpicaban de llovizna, la nube de relámpagos de colores, racimos de estrellas artificiales y ráfagas de truenos chinos que la gente encendía en los patios, las aceras y las terrazas.
Unos cuantos encendieron grandes globos de papel. A medida que se calentaban sus atmósferas interiores, subían por los costados de los edificios hasta que los superaban en altura, y entonces el viento de la playa los metía tierra adentro, hacia la ciénaga a oscuras. Los globos avanzaban un par de kilómetros y luego perdían altura, como preguntas que no encontraban respuesta. Llegaba 2010 con todas sus interrogantes y el mar rugía despacio, siempre por su cuenta, ajeno a sus vecinos humanos y sus problemas, sus malas decisiones, sus miedos y sus esperanzas.

sábado, enero 02, 2010

feliz año 2010

No sé, no veo cómo decir que 2009 fue un año bueno para Venezuela. Fue seco y caluroso, incluso en diciembre. Fue más conflictivo que los anteriores, más tenso, más violento, con una notable contracción económica y una también muy evidente pérdida de libertad y de calidad de vida.

Nuestra capital no pudo salvarse más de los apagones y los racionamientos de agua que tenía tiempo sufriéndose en el interior, y esta provincia, a su vez, copia cada vez más la inseguridad y el tráfico de la capital. Por desgracia, en 2009, en general, se profundizaron nuestros problemas nacionales y nuestros defectos como sociedad: más ruido, más sinrazón, más mentiras, más abuso y más devastación moral.

Dicen las encuestas al menos las que han caído en mis manos que la mayor parte de la población ya no cree en nadie ni veo que vayamos por buen camino. Pero unos cuantos tenemos la sensación de que hay muchos bastante conformes, o al menos indiferentes, con el modo en que se encuentra el país. Esa sensación nos produce una dolorosa orfandad, por no decir desarraigo, desconexión. Unos cuantos sentimos que ya no podemos reconocer el país en el que nacimos y nos criamos, que no lo entendemos, que no nos escucha. Y que este país que nos formó ahora nos resulta impredecible y hostil.

Creo que recordaré 2009 como el año del exilio interno y externo, y el año en que muchísima gente (mas que en otros años) preguntaron a mis padres si no pensaban en irse. El año de Twitter, de las idas de agua y luz, de muchas noticias buenas y malas. Un año de frustración y de desesperanza en lo que concierne a los asuntos colectivos, en el que no obstante vi todavía muchos esfuerzos individuales por salir hacia delante, incluso en la cultura y en los medios, que tantos golpes sufrieron. Probablemente sea un año de transición, en el que algo ha empezado a cambiar. Pero no tengo idea de en cuál dirección se ha hecho ese cambio.

Creo que son tiempos en que uno debe tomar decisiones importantes, hacerse preguntas que nunca se ha hecho, buscar dentro de sí la humildad, la valentía y la claridad que tanto cuesta encontrar fuera. Creo que hay que reunirse con los más cercanos y hablar de lo que nos pasa. Revisar las prioridades. Proteger, como a una rara flor de invernadero, la decencia.

Los tiempos mejores que estamos esperando no parecen estar a la vuelta de la esquina, así que hay que ser fuertes, disciplinados y atentos. Mi deseo es que usemos un poco más la cabeza, que gritemos menos, toquemos menos la corneta y pongamos más atención. Que contemos hasta diez antes de reaccionar y que tratemos, una vez más, de ponernos en lugar del otro. Mi deseo es que este año abramos más los ojos y los oídos, que aprendamos aceptación y flexibilidad, que no nos caigamos a cobas. A lo mejor así logramos que 2010 sea mejor que 2009. Ojalá.

jueves, diciembre 31, 2009

frecuencia alterada

Más allá de sus colas, sus ruidos y sus agobios, que también los tiene, el cambio de año suele colocarnos en una frecuencia distinta. Es una especie de conspiración benévola. Para muchos, baja la presión del trabajo o el estudio, se suspende la rutina y hasta hay algún dinerito de más. A unos cuantos los moviliza la música que suena por todas partes, hasta en los pasillos burocráticos; a otros, nos anima la luz prodigiosa, el cielo despejado en el que de noche hasta se ven las estrellas.

Nos sentimos distintos, pensamos distinto. El encontrarnos con los amigos, la familia y los exiliados que vienen de visita nos suelta la lengua y cuando le cuento lo que ha sido de mi termino descubriendo en mi pasado reciente coincidencias que habían pasado desapercibidas.

Uno construye con los demás un relato del año, un capítulo nuevo de la autobiografía que mal que bien vamos redactando para consumo propio y de los interesados.

Ahí es que formulamos las famosas promesas, el dejar de fumar, la dieta y el ejercicio y lo que tendremos que hacer y el dinero que esperamos ganar, todas esas cosas que vemos enormemente factibles la noche del treinta y uno pero que empiezan a mostrarse menos factibles en la mañana del siete de enero. Pero también podemos llegar a decisiones más drásticas: sobre la pareja o la ausencia de ella, sobre la carrera, la casa, la ciudad en que se vive o se malvive, el país.

Leyendo los libros atrasados, viajando si se puede o redescubriendo la habitación propia, en estos días, siento como que abro más los ojos. Veo menos las tragedias de alrededor, o por lo menos intento hacerlo, y me veo un poco más a mi mismo.

A mí me intriga mucho esa frecuencia extraña en que nos meten diciembre y enero, el modo en que uno se siente el primer día del nuevo año, la mezcla tan curiosa que, si se está atento, aparece en el paisaje interior: algo de melancolía, algo de optimismo, conciencia de la pérdida, conciencia de lo que se puede tener que antes no se ha tenido. En estos meses, la suspensión parcial o total de las rutinas permite que esa luz fantástica que baja del cielo despejado nos fracture la cáscara que nos oculta de nosotros mismos. Lo cual puede ser agradable o no. Pero es, sin duda, una oportunidad de conocimiento y de crecimiento si se la sabe aprovechar.

Me pregunto si esa persona que uno descubre en sí mismo durante esta época es una ilusión, una personalidad alterada por las circunstancias, o por el contrario el ser más verdadero, el auténtico.

Me pregunto si uno es más la persona más lenta, reflexiva y eventualmente alegre de diciembre y enero, que la agobiada, acalorada y furibunda de mayo o septiembre. Me pregunto por qué es tan difícil sostener esa atención y esa mirada hacia dentro que podemos obtener a fin de año. Y qué pasaría si lo lográramos, si lográramos ser todo el año tan audaces para querer cambiar y ser mejores, tan dados a llamar a la gente que se quiere, y también tan despilfarradores y un poco más irresponsables. Tal vez no trabajaríamos nunca, es verdad. Pero tal vez seríamos, por otro lado, distintos, distintos para bien.

No sé, son cosas para los que no tengo respuestas sino preguntas. Será la influencia de estos días, y la sospecha que traen, de que lo que vemos es en realidad algo más.

sábado, diciembre 12, 2009

la odisea de cadivi

El actual gobierno venezolano me parece que le gusta desafiar, en exceso, economicante a su pueblo. Si sometiera a votacion como venezolanos mas angustiar cuando vamos a hacer unos tramites de banco, estoy segura que ganaria las carpetas de los codiciados dolares de Cadivi.

Hace nada cerraron el Banco Canarias en el cual yo tenia mis ahorros y mi tarjeta de credito de Cadivi. Ahora tendre que meter papeles en otro banco para sacar mi tarjeta de Credito y luego esperar 6 meses de uso para poder pedir mis cupos de Cadivi. No puedo culpar al Estado por esto, ahora me tuviese que meter con la falta de consideracion y de sentido de comunidad que se caracteriza los presidentes banqueros venezolanos ante situaciones de crisis (se robaron toda la plata).

Pero bueno a lo que voy, ya la lista de requisitos de Cadivi cada dia se pone mas quisquillosa e inexplicable (sobre todo para mis amigos extranjeros que tienen la dicha de no poder vivir aca) pero ademas esta disenada para hacerte sentir el poder de una casta burocratica que pareciera odiarte desde entrada, como si hubieras hecho algo gravisimo, un misterioso pecado original. Que es no te gusta tu pais?, parece decirte el Estado.

Es una normativa cada vez mas engorrosa que cambia con desesperante frecuencia, forzando a toda la nacion a seguir su paso de elefante enloquecido. Y a ti, a preguntarte si estas cometiendo algun crimen por querer viajar unos dias a otro pais. Crimen que comenzaste a expiar con la lucha para obtener un pasaporte y que, si logras tomar ese avion, te acompanara en la angustia que sentiras cada vez que entregues la tarjeta de credito para pagar una cuenta, sin saber si pasara o no.

El relato de la "odisea de Cadivi", con sus anecdotas de gente gritando fuera de si en el banco y de empleados abrumados por los insultos que reciben de ocho y media a tres y media, se ha instalado entre nosotros como el del conductor violente, el del trafico inviable o el la sociedad peligrosa. emas muchos mas importantes que este? Cuantos venezolanos en realidad necesitan esos dolares para viajar al exterior? Eso podria discutirse. Pero el asunto de los dolares etos afecta a toda la economia, a la de quienes viajamos con frecuencia por lo menos (sin hablar de las importaciones necesarias en un pais que solo se produce Petroleo).

Cadivi te obliga a callarte y aguantar porque tienes un bozal de arepa; esos dolares estan subvencionados. Un bozal de arepa obligatorio, porque de los otros dolares no se puede ni hablar. Te impregna de burocratismo, intenta hacer de ti un funcionario necio y un poco sadico. Te inocula la logica del tu sabes como es todo, del ayudame con algo, de la suspension de la transparencia y la razon a favor de lo imprevisible y lo caprichoso, ese pantano innavegable en el que no tienes mas que renunciar o acceder a la sonrisita, el chocolatico, el mi amor, la resignacion. O te la calas y te adaptas, o no viajas.

Es la "organizacion" del Estado. Cadivi nos dice que el poder de ese Estado nos alcanza en Caracas o en Estambul. Y nosotros, sin saber que mas hacer, nos adaptamos.

miércoles, noviembre 11, 2009

Oración a San Marcos de Leon

San Marco Bravo de Leon, bravo en el monte, vos que dominasteis la daga y el dragon, quiero que amanses el corazon de la Profesora Ana Teresa Fleitas y el Profesor Juan Carlos Vielma.

Ah San Marcos! Bravo en el monte, vos que amansasteis tigres, leones, serpientes y panteras por este gran poder que Dios te dio, pido que si por justicia, ellos quisieran hacer alguna traicion me los pongas mansos y humildes, asi como Santa Maria puso a la serpiente, por tu gran poder, por la verdadera magia que tienes.

Oh poderoso Santo, quiero que me los devuelvas manso y humilde hasta el ultimo dia de su gloria (o por lo menos hasta el 26 de noviembre).

Amen.

domingo, octubre 25, 2009

C'est suffix

It's been five years. And now it's the beginning of my future. The beginning of another chapter of my life.

El capitulo se cerro hoy, en ingles se le dice Closure. Y significa cerrar un ciclo, un capitulo, enterrar y olvidar (con la ventaja de conservar lo aprendido) y hoy me arme de valor y con el dolor en el corazon hice algo que debia haber hecho hace dos anyos. Lo hice. Y me siento bien, estoy tranquila y muy feliz. Fue algo muy bueno para todos. Siento haber recibido un buen karma. Hay que vivir el presente, el ahora. Ser feliz con lo que tengas a mano pero sin dejar de planificar, de sonyar, de organizar, se que queda un pelo de tela por cortar, pero cada vez menos.

Y ahora que? La vida sigue.

viernes, octubre 23, 2009

Tres en una moto

Voy bajando hoy al mediodia, justo a la hora en que terminan clases los colegios, y salen los chiquillos corriendo por ahi. Recorde cuando mi papa me buscaba, hace unos 8 años atras, y me enfurecia si me dejaba esperando mucho tiempo. Ahora corre el segundo mes del año escolar 2009-2010 y hoy el sol ametrallaba las carrocerías de los carros atrapados en una de las muchas colas que en ese momento se habían formado en la Av. Las Americas. Ésta en particular no era de las más graves, entre Los Samanes y La Trinidad. Había camiones de reparto obstaculizando la visión de los semáforos, conductores impacientes que corneteaban en vano y uno que otro motorizado que serpenteaba como podía entre los vehículos de cuatro ruedas e, incluso, de vez en cuando, se pasaba al canal contrario para superar la tranca.

Ella apareció despacio, casi centímetro a centímetro. Nunca le vi la cara, sino los brazos, el casco, los zapatos atentos sobre el asfalto, suspendidos como las puntas de la vara de un equilibrista. Iba sobre una moto roja y tenía, delante de ella, a un niño de unos cuatro años en uniforme escolar, con su morral delante del pecho y un casco negro cuya tira le apretaba el mentón. Y detrás, una niña algo más grande, con un bolso rosado de Barbie, pantalón de mono azul y una cola de cabello castaño oscuro cayendo sobre su franelita blanca.

Esa madre no practicaba la audaz agresividad de los demás motorizados. No tomaba ningún riesgo.

Prefería aguardar bajo el calorón a que la cola se moviera. Pude observarlos durante un largo rato, mientras la fila se diluía lentamente a medida que el semáforo de unos pocos metros más adelante liberaba a algunos carros hacia las otras vias. Ella no le pegó al retrovisor de nadie, no se comió la flecha, no hizo ninguna pirueta de las que hacen que un motorizado aparezca a la izquierda de uno por arte de magia (y que hace que se molesten tanto cuando el conductor, comprensiblemente, no logra adivinar que ellos surgirían por allí de un segundo a otro). Ella esperaba, con sus dos niños abrazándola, aguantando con ella la hostilidad del mediodía, seguramente cansados, sedientos, con hambre. No parecía una mujer particularmente aventurera, que haya recorrido en moto todas las playas desde Pui Pui a Los Cocos, sino una madre más que no encontró otra opción para buscar a sus chamos en esta ciudad, que comprarse una moto y tres cascos, y armarse de valor.

Otro motorizado que llegó junto a ellos pegado del canal contrario se detuvo delante de la madre y le pidió con señas que se detuviera, para hacerle fotos con el celular. No sé qué le dijo. Esperó un momento junto a la familia y luego siguió adelante, desapareciendo con rapidez. Ella, en cambio, siguió optando por lo seguro, sin mirar a los lados, pendiente del semáforo, de los costados, de los imponderables. Con todos los sentidos alerta pese a que estaba en una de las zonas más prósperas del país. Hasta que llegó la oportunidad de avanzar sin riesgos, ella ganó un par de cuadras más y luego cruzó a la izquierda para ascender por una cuesta, una delgada calle llena de curvas que los llevaría a casa.

Y yo me quedé pensando en esas madres que han buscado el modo de adaptarse a esta vida cotidiana nuestra que consiste en vencer obstáculos desde la mañana hasta la noche, de lunes a domingo, una vida de colas, de retrasos, de negativas, de minúsculas, interminables batallas. Me quedé pensando en esa mujer con sus dos muchachitos protegidos y pendientes, bajo el sol, calculando cada paso. Me pareció que eran un símbolo de lo que estamos viviendo. Un símbolo de (casi) todos nosotros.

lunes, octubre 05, 2009

La partida

De unos meses a esta parte, creo que no pasa un mes sin que sepa que alguna persona que conozco parte del país. Me he ido acostumbrando a escuchar la noticia, me he familiarizado con su gramática. "Me voy". O "nosotros nos vamos". Cuando oigo la frase, de pronto, en medio de una conversación, o la leo en un mensaje de Internet, no necesito preguntar qué es lo que me quieren decir, porque tiene un tono reconocible, una música particular, en la que no encuentro júbilo pero tampoco miedo. Encuentro resignación, rabia, frustración y, a veces, alivio. Pero es una noticia que se da desde una decisión firme.

Los destinos son bastante diversos. México, el DF o una ciudad secundaria. Barcelona, Madrid. Bogotá. Ciudad de Panamá. Algún lugar de Estados Unidos, que va desde Nueva York hasta Tucson o incluso El Paso. Londres. El mecanismo por el que se produce el exilio varía entre el postgrado o la oferta de trabajo, que incluso en recesión global algunos consiguen.

Mucho menos variados son los motivos: "Nos cansamos de la inseguridad", "nos cansamos del gobierno", "esto no tiene remedio". Y aún menos varía la clase de gente que se va: estudiantes aventajados o profesionales de entre 23 y 40 años, sobre todo, al menos en mi experiencia; gente muy bien capacitada, muy trabajadora, muy responsable. Gente que sabe que hay que detenerse ante un semáforo en rojo y que hay que usar el cinturón de seguridad. Que no roba y que cree en el progreso, al menos en el progreso individual y familiar. Justamente por esto último es que decide irse, porque cree que en Venezuela no es posible conseguirlo.

La revista Newsweek, que leen millones de personas en todo el mundo, publicó un reportaje sobre el tema, que tuvo en su tapa. Aquí, me parece, se habla muy poco de eso, aunque lo veo cada vez con más frecuencia en artículos de opinión y en una que otra nota que produce algún medio. Es un tema más privado que público, que no es masivo como en países como Ecuador o Colombia, pero que está alcanzando niveles alarmantes, porque Venezuela está perdiendo a parte de su mejor gente.

Me parece que hay que dejarse de consignas patrióticas que no ayudan a nada y que hay que mirar el asunto a la cara, enfrentarlo. Reconocer que aunque allá afuera hay un mundo muy distinto a éste y que en muchos casos puede ser bastante hostil, también hay posibilidades que en este momento son nulas o muy reducidas en nuestro país, muchas de las cuales no son nada espectaculares sino simples, modestos indicadores de calidad de vida que alguna vez nosotros también tuvimos (aunque nunca los tuvimos todos).

He visto encuestas recientes en las que la mitad de los consultados dicen que la situación nacional está bien. Yo no entiendo cómo pueden llegar a semejante conclusión. Frente a ellos, estamos millones de venezolanos que no estamos nada conformes. Y que ante nuestra inconformidad y nuestra tenaz incapacidad para satisfacerla, año tras año, nos estamos haciendo preguntas que antes no nos habíamos hecho. Creo que hay que hablar de esas preguntas. Creo que no hay que avergonzarse de eso. Creo también que quien decide quedarse y luchar tiene todo el derecho de hacerlo y nadie puede criticarlo por eso. Pero en todo caso, reconozcamos que muchos están por anunciar, también ellos, su partida.

domingo, agosto 09, 2009

El reino de los mediocres

Pasa en todos los estratos socioeconomicos, en las grandes ciudades y en los pueblitos. En el sector público y la empresa privada. Pasa en los palacios de gobierno, en las universidades, en las ONG, en las iglesias, los restaurantes, las líneas de taxi. Pasa en las aulas de clase, desde primer grado hasta los estudios de postgrado. Pasa en el hogar.

Pasa en Venezuela en todos lados. Y pasa también en el exterior (sólo que hay países que no se entregan a su peor gente). Es una enorme conspiración de los mediocres que se extiende por doquier para ahogar a la inteligencia y al talento. Una política sistemática que se vuelve más sofisticada con los nuevos tiempos y que aprovecha todo recurso a su alcance, aunque viene dándose, tal vez, desde 1498. No es exclusiva de estos tiempos terribles, aunque ahora vive unas condiciones ideales que se han explotado y promovido desde lo más alto.

A Venezuela no la están invadiendo ni los cubanos ni los gringos: se la están comiendo los mediocres. La están sofocando en un pantano de mentiras compulsivas, de operaciones morrocoy, de negocios turbios que involucran desde una resma de papel robada en la oficina o una vacuna disfrazada de limosna a cargo del "bien cuidao" de la acera, hasta la pérdida de la rendición de cuentas con las reservas internacionales. E insisto, no es un asunto sólo político, ni son los únicos los chavistas.

Los mediocres se han unido para invertir los significados de las palabras, borrar los linderos entre lo lícito y lo ilícito, despojar a la ambición individual de todo lo que no sea acumulación de signos de riqueza y frustrar la instalación de los mecanismos del sentido común: el respeto a las leyes consensuadas, la resolución de problemas por la vía del diálogo sincero y el progreso de quienes trabajan con seriedad y acumulan conocimiento productivo.

Los mediocres tienen una economía muy bien desarrollada, que reemplaza a la economía real y la maneja desde adentro, como un íncubo, un Mr Hyde. Usan la democracia para asfixiarla y deformarla. De hecho, ése debe ser el mayor defecto de la democracia: que la apertura que constituye su esencia permite el acceso de los ignorantes y los sinvergüenzas al poder. Los mediocres tienen una institucionalidad que les funciona, una estructura que pervive y que, paradójicamente, lleva su ingenio, su "talento": es el producto de una inteligencia colectiva dirigida al mal.

Fíjense cómo se les enseña a los niños a ser mediocres, en tantas escuelas y colegios: repite lo que te repite el profesor y pasarás; punto. Fíjense cómo prosperan los mediocres en los centros de trabajo con sólo halagar al jefe, como en la serie The Office. Así llegan a dominar una nación entera.

Y los demás, cuando no luchan, se aíslan o se van. Dejando a los mediocres sin resistencia, a sus anchas. Entonces, el reino de los mediocres celebra su victoria de cada día haciendo ruido para no pensar, cobrándote hasta por saludarte, rayando las circulares en los ascensores o quebrándote la paciencia en las taquillas burocráticas.

Pero tiene que haber un modo de derrotarlos. E incluso de vaciar sus filas, de reducirlas por lo menos. Tiene que haber un modo de que los mejores tengan más influencia sobre nuestro destino. Y de que el talento individual, el esfuerzo de los dignos, alcance el lugar que se merece.

domingo, junio 21, 2009

Irán con ojos venezolanos

Irán y Venezuela no podrían ser países más diferentes. Piadosos chiíes, rezos diarios y ley seca en uno; rumberos caribeños, salsa y mucho ron, en el otro. Las iraníes con trajes y velos que todo lo cubren; venezolanas con biquinis que todo lo descubren. Irán es república islámica y Venezuela, república bolivariana. El jefe supremo de Irán es un clérigo poco amigo de hablar en público. El de Venezuela no para de hacerlo y le anuncia por televisión a su mujer que se prepare, porque al llegar a la casa le "va a dar lo suyo". Mientras que la civilización persa es una de las más antiguas de la humanidad, la historia de Venezuela es, digamos, algo más breve. En fin, la lista de diferencias es larga: estos dos países no deberían tener nada en común.

Pero lo tienen. El parecido es tal, que la experiencia venezolana aporta interesantes claves para entender la crisis iraní.

Las imágenes de las marchas de la oposición en Teherán -multitudinarias, pacíficas, sin jerarquía clara y con la participación de gente de todas las edades y estratos sociales- son idénticas a las que solían ocurrir en Caracas antes que el Gobierno y la frustración las asfixiaran. Oír la desesperación en la voz de los jóvenes iraníes es oír las de los estudiantes venezolanos que llenaron el vacío político creado por una oposición largamente ineficaz. Y oír a Mahmud Ahmadineyad decir que quienes protestan su victoria son sólo un "polvillo irrelevante" es oír a Hugo Chávez llamando "escuálidos y vendepatrias" a los millones de venezolanos que no votan por él.

Ver los vídeos de los basiyís, las milicias islámicas, disparando a mansalva contra quienes marchan pacíficamente reclamando una elección limpia es volver a ver el vídeo donde las milicias chavistas -plena-mente identificadas- disparan contra opositores desarmados. Los motociclistas que recorren las calles de Teherán repartiendo bastonazos se parecen demasiado a los que aparecen cada vez que la oposición sale a las calles de Caracas. Enterarse de que el Tribunal Electoral iraní es un apéndice del Gobierno de Ahmadineyad es recordar que el jefe de ese mismo organismo en Venezuela, después de las elecciones, pasó a ser el vicepresidente del Gobierno cuya victoria había certificado días antes.

Tanto Hugo Chávez como Mahmud Ahmadineyad llegaron al poder gracias a su mensaje de lucha contra la corrupción y la desigualdad y por las esperanzas que generaron entre los más pobres. Sin embargo, en Irán y Venezuela la magnitud de la corrupción es hoy sólo superada por la impunidad con la que operan los corruptos del régimen. Los dos líderes han facilitado una fastuosa acumulación de riqueza en manos de una nueva élite. Y gracias al petróleo se pueden dar el lujo de ocultar que han devastado sus economías. Sus tasas de inflación están entre las más altas del mundo y las dádivas gubernamentales y el empleo público improductivo son la única esperanza de ingreso para millones de familias iraníes y venezolanas.

Pero los parecidos van más allá de la economía. Si Ahmadineyad apoya a Hezbolá, Chávez apoya a las FARC. Mientras Ahmadineyad intenta controlar Líbano, Chávez lo hace con Bolivia. Ambos sueñan con presidir una potencia regional. Ahmadineyad promete la desaparición del Estado de Israel y la caída del Gran Satán. En Venezuela, donde no se sabía qué era el antisemitismo, ahora se profanan sinagogas y Chávez se queja de que el estrado de Naciones Unidas donde le tocó hablar después de George Bush le huele a azufre satánico. El Gobierno venezolano es hoy más hostil hacia Israel que los de Egipto o Libia.

De todas las semejanzas, quizás la más sorprendente es la obsesión de ambos regímenes por parecer democráticos, plurales y progresistas. Esto no les es fácil, ya que en sus prácticas cotidianas son autoritarios, sectarios y militaristas; 14 de los 21 ministros de Ahmadineyad son miembros de la guardia revolucionaria o de las milicias basiyís. Los gobiernos locales, las empresas públicas y cientos de entes públicos son manejados por guardias revolucionarios compañeros de Ahmadineyad. Exactamente lo mismo pasa en Venezuela, donde la militarización del Estado es una característica fundamental y donde familiares, socios y camaradas de armas del presidente dominan todas las esferas del poder.

En ambos países, los violentos están en el Gobierno, no en la oposición. Tanto en Irán como en Venezuela, son las milicias gubernamentales quienes detentan el monopolio de la violencia como instrumento político. Pero lo esencial es entender que, en Irán y Venezuela, las elecciones no significan el posible cambio de un presidente por otro. Significan la posibilidad de sacar del poder a quienes han decidido perpetuarse en él. Y eso no es fácil. No lo ha sido en Venezuela; no lo será en Irán.

sábado, abril 18, 2009

Silvia Sophia se nos casa...

Mis amigas y yo nos enteramos que este maravilloso y abrumante acontecimiento ocurriría pronto, yo regresaba de mis vacaciones con mi abuela y ella regresaba de sus vacaciones en Cancún, y nos dijo con lagrimas en los ojos que su futuro esposito le había propuesto matrimonio con anillo incluido y fecha en mente, el pasado 21 de agosto del 2008. Y ella no ha tenido ni que pensárselo, ha aceptado sin mas.

Para cada una de nosotras su decisión nos hace pensar en muchas cosas, nos hace plantear muchas preguntas, que hasta ella misma se las plantea tales como: ¿no estará muy joven nuestra amiga para casarse?, ¿no debería de esperar un poco, quizás hasta que se gradué?, ¿no sera solo un impulso del momento por su situación idílica del amor?, ¿como sabe ella que con este chico es con quien quiere pasar el resto de su vida?, al analizar tal situación, para buscarle una explicación, llegamos por supuesto a la pregunta que todos nos hacemos pero que cada uno tiene una respuesta diferente y que puede ser relativa dependiendo de muchos factores: ¿que es el amor? así que para cuando se le encuentre racionalización al amor es cuando podremos entender y responder.

La situación está en que el está perdidamente enamorado de nuestra querida amiga y con su alto nivel de perseverancia, insistencia, su inmenso sentido de familia (origen vasco) y su gran sentido de humor, ha hecho que nuestra Silvia en menos de dieciocho meses haya decidido tomar ese gran paso en su vida, y aceptado el tremendo desafío que ambos están asumiendo. Solo pensar en esto me entran unas inmensas ganas de llorar por lo emocional que me pongo. Es tremenda la alegría que invade mi alma y se me pone hasta la piel de gallina solo pensar en el momento que ellos expresen sus convicciones en compartir el resto de sus vidas juntos. Y no es por nada, pero mi intuición dice que ellos duraran por siempre, que no se separaran, que serán tan felices como perdices, esta intuición viene acompañada por supuesto de todas las pistas que ellos nos brindan: verles la cara de tórtolos y sus ojos de enamorados, el respeto con el que se tratan, lo justito que se reprochan y la infinidad de besos que se dan.

Lástima que no podré tomar fotos, se extravió mi cámara en la despedida de soltera de mi amiga, pero seguro que cámaras sobraran y los buenos recuerdos los llevare siempre conmigo. Así que nos preparamos unas semanas para celebrar junto con sus familias y las amigas por la felicidad y prosperidad de ellos.

jueves, marzo 26, 2009

Echo de menos a mis hermanos


Es oficial y aunque me cueste admitirlo: extrano a mis hermanos. La casa se siente vacia, la comida siempre sobra, el silencio es sobreacogedor sin las peleas, sin mi hermano duchandose por 2 horas, sin mi hermana hablando por telefono. Me hacen mucha falta. Y todavia queda tela para que regresen. Que sera de mi! Soportando a los cursis de mis padres que ademas se llevan mejor que nunca ya que no tienen que discutir sobre la crianza de sus hijos. Y ahora todo lo que esta fuera de lugar es mi culpa (ya no le puedo echar la culpa al otro). Eso si no puedo evitar protestar en la consentidera tan abrumante la que me cargan. En menos de 6 meses, he engordado 6 kilos. Y ha sido muy facil: mi mama no se acostumbra a cocinar para dos, asi que entre mi padre y yo nos terminamos comiendo la racion de Manolito y la racion de Made, ademas que mi mami trata de destacarse en las comidas que ha querido cocinar toda su vida pero por monerias de mis hermanos no comiamos: ya no hay nadie quien ponga carotas por ningun tipo ni de vegetal ni de fruta, en esta casa se come de todo, y se deja limpiecito el plato.

Si es que esta llegando una recesion economica y que habra que apretarse los pantalones, estoy segura que en mi caso con la comida no tendra que ser asi por mucho tiempo, hasta que mi hermana regresa de la India por lo menos.

Regresa pronto hermanita, Duquesa y Condesa te echan mucho de menos.

jueves, febrero 05, 2009

Diez años

El reflejo de algunos venezolanos, no de todos­, es responder con desaliento a la pregunta de qué han significado para nosotros los últimos 10 años en Venezuela. Seguramente diran lo mismo unos cuantos habitantes más de este planeta. No hay que recordar cuántas cosas aterradores han sucedido desde 1999 para acá, o cuántas buenas expectativas se frustraron sobre el rumbo que tomaría Venezuela o el mundo.

Pero concentrarse en las pérdidas no arroja sino una cuenta muy parcial de la realidad. Hay que anotar también lo que hemos ganado. Del mismo modo en que puede ser peligroso negarse a ver los problemas y las fallas, me parece que es una decisión equivocada hacer un balance de una época o un momento que omita sus buenas noticias (que siempre, o casi siempre, las hay, aunque en principio pasen desapercibidas).

No podemos hablar de este periodo sin mencionar cómo se han multiplicado las oportunidades de comunicarse, con sus respectivas consecuencias culturales, económicas y hasta políticas, gracias a las nuevas tecnologías de información y comunicación. En 1999 ya estaban extendiéndose Internet y los celulares pero entonces no se habían incorporado a nuestras vidas como lo están ahora.

No veo cómo no podamos anotar como una ganancia para todos esos avances técnicos, así como los que nos ahorran viajes al banco y colas en el cine, o nos permiten en ciertas circunstancias trabajar desde casa o desde la playa.

Hay que considerar también el progreso técnico en la medicina y las posibilidades que ofrece la investigación en torno a las células madre; el enriquecimiento, pese al lado malo de la globalización, del menú cultural al que tenemos acceso en la televisión por suscripción o cualquier buena librería venezolana, mucho mejor surtida que en el pasado.

Sobre todo, creo que las sacudidas de los últimos 10 años nos han enseñado muchas cosas. A nivel global, nos han permitido darnos cuenta de la magnitud del problema ambiental y de que el cambio climático es real; nunca, como ahora, ha estado más extendida la sensibilidad en torno a la necesidad de mejorar nuestros patrones de consumo y de detener la destrucción de la biosfera, pese a que queda muchísimo por hacer y muchísima gente por convencer. Creo que, aunque persistan tantos conflictos, hay un poco más de consenso en torno al valor de la democracia como el menos malo de los sistemas de gobierno, y hasta me parece positivo el que se haya matizado la celebración casi universal del capitalismo que había en 1999, que haya hoy más personas argumentando con seriedad en cuanto a que deben moderarse sus excesos y corregirse sus muchos defectos.

En cuanto a Venezuela, estos años nos han enseñado mucho sobre nosotros mismos, nos han ayudado a despejar algunas de nuestras más antiguas mentiras colectivas. Sí, claro que seguimos cayéndonos mucho a cobas sobre lo que somos o lo que tenemos ­e incluso confundiendo ambas cosas, que lo que somos es lo que tenemos. Pero estoy seguro que unos cuantos de nosotros se han preocupado por aprender, por comprender y por reflexionar, que han progresado mucho espiritual e intelectualmente, y eso lo veremos cuando llegue la reconstrucción de nuestro país.

jueves, noviembre 20, 2008

Xenofobia en Caracas hacia venezolanos

Tuve que pasar un par de días por Caracas porque tenía cita en la embajada americana. Cuando llego el tan esperado dia, me presente a mi cita con una mezcla de tranquilidad y angustia, la respuesta del oficial que me atendió fue negativa, que no califico para una visa de turista de los Estados Unidos de America.

La verdad es que he tenido que hacer demasiados trances por culpa de los benditos pasaportes extraviados que a veces me pregunto si vale la pena.

Pero como al final en Estados Unidos se encuentra el 50% de mi familia (California, Colorado, New York, Florida, Texas, Minneapolis, Pennsylvania, Connecticut, Massachussetts, Illinois, New Jersey, etc) no me queda otra que sacar una visa si los quiero visitar.

Así que tuve que hacer la guacharanga de sacar una visa americana, primero pagas la cita que haces por telefono (con los preciados cupos de CADIVI), te la dan para dentro de 6 meses, esperar 6 meses para recolectar toda el papeleo que me hace falta (con el trabajon burocratico de este país), luego decirle a mi tía que iré a incomodarla un par de días a su casa y por fin, llega el esperado día, y me la negaron, me dieron ganas de llorar, pero igual se me ocurrio preguntar algo muy importante así que le dije "Señor, el próximo año seré española y tendré pasaporte español, ¿Influirá que Ud. me haya negado la solicitud en mi pasaporte español?" el oficial no supo contestarme. Muy politely le dije "Thank You", me dí la vuelta y llamé a mi tía, y me consolo diciendo "C'est la vie".

martes, noviembre 18, 2008

El sindrome de Bogota

No sé a cuántos les puede estar pasando, pero en mi experiencia, son ya unos cuantos. Por trabajo o por placer han pasado por Bogotá y vuelven encantados. Cuánta limpieza, cuánto orden, cuántos policías por doquier. Qué ricas son las frutas, qué agradable es el clima, qué bonitos los edificios de ladrillo, el barrio histórico de La Candelaria y el Museo del Oro. Y sobre todo, qué cortés es la gente, qué bueno el servicio en todas partes, qué educada cada persona desde el botones hasta el taxista, desde el funcionario de inmigración en el aeropuerto hasta la chica que me hace comprar tres pares de botas de cuero.

Ninguna de esas apreciaciones me parece exagerada ni injusta. En efecto, la capital colombiana tiene zonas muy agradables donde se respira un orden y una tranquilidad bastante exóticas para un habitante de Caracas, Valencia o Maracaibo. Por supuesto que las frutas son maravillosas y que, por lo general, la gente es amable y uno se complace con esa cortesía virreinal que tanto contrasta con la informalidad del Caribe, esa informalidad nuestra que, como sabemos, degenera con mucha frecuencia en la mera falta de respeto. Uno percibe que los bogotanos quieren trabajar y quieren trabajar bien, que quieren a su ciudad y a su país, y que allá hay un gobierno interesado en que eso pase.

Lo que me llama la atención es cómo estas apreciaciones producen una decisión más compleja: irse a vivir a Bogotá. Se está extendiendo entre el grupo de la población venezolana que ya no se halla en el país o que está harta de la delincuencia o la inseguridad en todos los ámbitos, y que tiene cómo exiliarse. Una aproximación parcial a esa ciudad induce a algunos compatriotas a pensar que allá encontrarán una vida casi ideal. Es lo que pasó en un momento con Costa Rica, lo que sigue pasando con Panamá y lo que ha comenzado incluso a pasar con Perú. Sin saber mucho sobre esos sitios, algunas personas viajan allá con bajísimas expectativas iniciales y se encuentran con ciudades que tienen prosperidad, cultura y buenos gobiernos. Cuando esa primera impresión se mezcla con un coctel emocional en el que se han ligado la angustia por la situación venezolana y la necesidad de huir de ella ante la imposibilidad de vislumbrar una solución a corto plazo, surge a veces esta medida de partir a Bogotá para encontrarse un nuevo destino.

Pero las cosas pueden no salir nada bien. Porque bajo la cortesía andina, está también la desconfianza. Y detrás de los centros comerciales con tiendas de marca, hay una crisis económica en la que no sobra el empleo. Porque ese síndrome de que Bogotá es un impulso, a veces es un salto al vacío. Es cierto que la capital colombiana tiene muchas virtudes, pero también muchísimos problemas, como el país entero. Yo no puedo negar a estas alturas que la opción de dejar Venezuela tiene mucho sentido, pero una decisión tan relevante no puede tomarse en una chiva rumbera ni un tour de compras.

Lo que deberíamos ver es cómo Bogotá ha salido adelante pese al conflicto armado y la pobreza.

Cómo nuestros vecinos tratan de reconciliarse consigo mismos y cómo han apostado por el esfuerzo y el trabajo. Unos días en Bogotá podrían darnos ideas sobre cómo una sociedad, no sólo un gobierno, puede hacer un esfuerzo colectivo por estar mejor.